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Mil Novecientos treinta y nueve
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Rubén Hernández Herrera
Capítulo 0
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18

 

 

 

 

 
Versión en inglés bajo el título "Creole" por el Dr. Ignacio Nohuitol.

Capítulo 0



San Just Desvern era un pueblo pequeño al norte de España, cerca de Barcelona. La plaza de la Creu bordeada por la parroquia, el mercado y las masías, granjas enclavadas en las montañas, que le daban vida al pueblo. Calle arriba se distinguía la Can Bassols , masía del notario, con despacho en la planta baja y tres hermosos balcones con herrería churrigueresca, con macetas que dejaban caer las begonias adornando la fachada.

El notario Bassols, todavía de luto por la muerte de su hijo, tenía visita: su joven nuera, recién viuda. La acompañaba la madre y su pequeña hermana, Lucha.

Salió el notario a recibirlas al patio, Toña y Samuel llevaban las maletas de la tartana al cuarto "del calor", recámara orientada hacia el sur y la única con ventana al poniente, que la hacía la más agradable en esa época de invierno, los cuatro observaban junto a la fuente cómo subían el equipaje, dos baúles negros y dos maletas de piel, una todavía con las iniciales de Fernando.

La visita de su nuera no era precisamente de cortesía, esa parte del norte de España era asolada por la guerra y ante la entrada de los nacionalistas temían que tomaran venganza por Fernando, bien conocido idealista republicano.

El notario, de poco menos de cincuenta años, con canas incipientes, se conservaba en forma por los diarios recorridos a caballo por las tres masías, paseo que aunque forzado, disfrutaba todas las mañanas. Su traje de tres piezas le daba la formalidad necesaria para lo que fuera su oficio en tiempos de paz.

Las relaciones con la familia de su nuera habían sido buenas, aunque escasas; la belleza y elegancia de Carolina no pasaban desapercibidas al notario, su gracia, casi infantil, lo había cautivado desde el día en que se la presentó su hijo. Terminaron de subir el equipaje, después de agradecer la hospitalidad, las tres se retiraron a la recámara.

Ya caída la tarde se reunieron para la merienda en el comedor pequeño, de los pájaros, le decían, por el decorado. La luz tenue de la tarde, que entraba por las dos ventanas enmarcadas en cantera, apenas dejaba notar la iluminación del candil. Carolina, totalmente de negro, conservaba su juvenil gracia aún en los trances más angustiantes, su ascendencia andaluza parecía resaltar en cuanto caminaba, se recogía su abundante cabello a manera de chongo como complemento de su vestido formal, hace poco niña que saltaba con el aro, ahora señora viuda.

La plática transcurrió evitando el tema de Fernando. Carolina no podía dejar de observar que su suegro era mejor parecido de lo que recordaba, trataba de adivinar en él los rasgos de su difunto marido, todo lo que le había contado Fernando de su padre venía a su mente, a veces le costaba seguir la conversación por estar observándolo.

Transcurrió la merienda con fluida amenidad. A pesar de la escasez, Toña se dio maña en conseguir galletas y lujo inaudito para los recién llegados: leche, misma que disfrutó especialmente la niña, Lucha, después de varias semanas de probar solo té de hierbabuena.

Así pasaron varios días, las tertulias se extendían hasta después de las diez de la noche. Era frecuente recurrir a las velas para continuar las veladas, los cortes eléctricos eran frecuentes.

Doña Carolina solo observaba callada el conversar de su hija. Una noche, al requerirla para marcharse a su habitación, Carolina le respondió con un inesperado "adelántense, ahora las alcanzo".

Carolina se mostraba muy serena y el notario parecía estar especialmente dispuesto a permanecer con ella todo el tiempo que se le permitiera.

Había en la plática muchos momentos de silencio, nunca desagradables. El notario, aprovechando uno de esos momentos, le pidió que tocara el piano; pasaron a la estancia, junto a la sala; el notario encendió la lámpara grande ubicada en la esquina y el candelabro de cristal francés de la sala.

Ofreciéndole una copa de coñac que Carolina rechazó elegantemente, el notario levantó la tapa del piano de media cola, apoyándola en el bastón, para después deslizar el atril y levantar su tapa. Después de preparar el piano, se sentó en una silla estilo Luis XV, mientras Carolina se sentaba en el banco del hermoso instrumento checo "Petrof" que dominaba la estancia. Levantó la tapa del teclado. Sus largos dedos se deslizaron sobre el mármol ensayando "Claro de Luna", hizo una pausa, y después empezó en tono bajo Kanon en Do mayor.

La música envolvía el ambiente; desde el patio de la masía, Jesús María el caballerango detenía sus deberes con la pastura para deleitarse con el sonido del piano. Su patrón, músico renombrado en su juventud, no tocaba desde que había muerto su hijo. Acababa de llover, el aroma de las pacas de pastura y la tierra recién mojada del empedrado daban la mejor ambientación a la música que se oía a través de las grandes ventanas de la estancia.

La corriente eléctrica falló de nuevo, Carolina siguió tocando en la oscuridad la pieza de Pachebel. El notario se acercó para encender las velas de los candelabros rusos que le habían regalado junto con el piano. Los colocó en su lugar, a ambos lados del atril. Carolina seguía tocando. El notario retrocedió dos pasos para observar la escena. El perfil de Carolina, todavía juvenil, iluminado por la luz de las velas y enmarcado por el vestido negro, hacía de cada uno de sus movimientos una imagen digna del más sofisticado retrato. Terminando la pieza se recargó suavemente sobre el teclado.

-El piano es bonito, pero prefiero el violín, dijo mirando el estuche que estaba sobre una pequeña mesa cuadrada, como pidiendo permiso; el notario accedió con la mirada, Carolina bajó la tapa del teclado y se levantó hacia el violín. Al acercarse, Carolina se detuvo para observar la base de caoba manufacturada especialmente para sostener el estuche, reparó en la mesa, sobria, sin más adornos, ni siquiera el muy usado mantelillo de encaje; tenía los mismos motivos que la base.

El estuche de piel color negro, sin adornos, reflejaba un cuidado muy especial. Con cuidado retiró los dos broches y abrió el estuche. Al ver el violín Carolina se emocionó, la luz de las velas reflejada sobre la carátula del violín le provocó un deja-vú. Estaba segura que ese momento ya lo había vivido antes, quitó el broche que sujetaba al mango y tomó el violín.

Carolina volvió a dejar el violín en su estuche, no sin antes balancearlo para ver la luz reflejada en su tapa color vino, difuminado en varios tonos.

-¿Qué haces?, no, no, continúa.

Carolina dudó.

-Es una lástima que nadie toque ese violín.

Adelante, por favor -insistió el notario.

Carolina ajustó las cuerdas girando firmemente las clavijas que iban a tener la responsabilidad de sujetar las cuerdas. Tomó con cuidado el arco, que retiró del estuche con una suave presión.

Tardó poco más de diez minutos en afinar. Después, en silencio, se dirigió a la vitrina de la estancia donde estaba una charola con una jarra de agua, tomó uno de los vasos que estaban boca abajo, lo llenó hasta la mitad y tomó dos tragos.

Volvió al violín, el caminar firme en sus zapatos con tacón sevillano resonaba en la duela.

Tocó varios armónicos para checar la afinación.

Tchaikovski, concierto en Re mayor. Carolina sintió que el violín le pedía más fuerza, la caja no se alcanzaba a llenar, el sonido era puro y poderoso, sin ninguna distorsión. Carolina se tuvo que poner de pie para moverse más libremente. Sentía que necesitaba de todo su cuerpo para alcanzar el violín, después de varios intentos, sin dejar la melodía y sudando copiosamente, alcanzó todo el sonido. La sala se llenó con el embeleso del sonido puro y potente. Carolina sabía que si disminuía solo un poco el esfuerzo, se saldría de la zona. Al acabar la pieza, Carolina estaba extenuada, pero emocionada.

-¿Quién toca este violín?

-Nadie.

-¿Nadie?

-Ninguna persona, nunca.

-¿Cómo nunca?

-Nadie había tocado ese violín antes.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque yo estuve en la laudería, en Cremona, cuando lo terminaron. Es la primera vez que sale un sonido de su caja.

-¿Para quién lo compró?

-No lo compré, lo mandé fabricar -dijo sonriendo mientras la veía profundamente-. Para hacer un regalo muy especial.

Carolina no se atrevió a seguir con el diálogo.

-Qué privilegio... -cambió el tema Carolina-, para Tchaikovski, claro -bromeó mientras se limpiaba el sudor de la cara.

Se despidió amablemente, el notario dio dos pasos para despedirse con un respetuoso beso en la mano. Ninguno de los dos concilió el sueño hasta altas horas de la noche.

Carolina estaría en la masía de los Bassols más de lo que habían pensado originalmente y mucho más de lo necesario.



Capítulo B

El lodo hacía que el camión que llevaba el pesado cargamento resbalara a un lado del camino que llevaba de la troje hasta la carretera, haciendo que sus ocupantes, y los del coche que venía custodiándolo, tuvieran que bajar a pesar de la tenaz lluvia; descargaron las pesadas cajas para que el camión pudiera volver al camino, el Licenciado Bassols no escapó de la lluvia. Acordaron hacer el viaje en dos etapas hasta la carretera principal. De las quince cajas, subieron siete en el primer viaje una vez desatascado el camión, cuando se cargaba el segundo cargamento la lluvia arreció de tal forma que difícilmente se veían los unos a los otros, con el chubasco que apenas dejaba ver el camino avanzaron hasta la carretera, en donde esperaron a que amainara la tormenta; en el primer respiro que les dio juntaron las cajas en el camión y prosiguieron su viaje hasta el muelle de la guardia en el embarcadero oriente, donde ya los esperaba el barco con bandera rusa. El capitán, con una guardia de cinco hombres, recibió la carga, la lluvia continuaba, aunque muy menguada; el capitán le dijo en mal español que esperaba los papeles, el notario se los extendió, viendo sin entender los documentos, hizo un garabato en uno de ellos y lo devolvió con gesto ?rme, al volver al coche el notario vio que las cajas estaban apiladas de dos en dos, cosa extraña, pues debería haber una non, puesto que eran quince, decidió no aclarar el punto en esas circunstancias, sobre todo cuando la lluvia arreciaba nuevamente y el capitán subía por la escalerilla envuelto en su gruesa gabardina negra.

El notario esperó en el coche por si había alguna reacción por parte del capitán, pasó el tiempo y no percibía ningún movimiento, subió por una empinada calle hasta donde se encontraba una hostería desde donde se podía ver el muelle; pidió una habitación con ventana al mar, pasando la ropa mojada a la señora de la hostería para ponerla a secar contra el fuego de la chimenea.

Todavía no habían restaurado el agua corriente en esa zona, por lo que pidió los jarros de agua para tomar un baño, todo mientras observaba el buque, que, contra el cielo oscuro bamboleaba en el muelle, se quedó dormido en la tina, al despertar se paró a ver el barco por la ventana, ya no estaba en el muelle, alejándose en la lejanía distinguió el barco a lo lejos al iluminar un rayo el horizonte.

Se cubrió con una sábana y fue a recoger su ropa, todavía húmeda, pero ya no mojada, dejó varias pesetas sobre la mesa de atención y salió a la calle nuevamente, donde el aire frío con la brisa le recordaba que ya se acercaba el invierno. Llegó con prisa hasta el lugar donde se había atascado el camión, iluminando el lugar con el faro de mano, notó la caja faltante, una tabla estaba desprendida, con la tormenta se les había pasado subir la caja al camión. Tomó la llave de cuña de su auto y quitó la tapa de la caja, a pesar de que estaba enterado del contenido, no dejó de impresionarse al ver las barras de oro, que alcanzaban a re?ejar el brillo del faro del coche. Subió las veintitrés pesadas barras a su coche. Las hojas de muelle quedaron totalmente horizontales con el peso.

Era seguro que se las reclamarían, lo mejor era tenerlas a la mano, en esos tiempos los republicanos ya estaban muy nerviosos, por mucho menos habían matado a más de cien, las metió repartidas en la parte trasera del coche junto con los restos de la caja y se fue manejando cuidadosamente durante más de una hora hasta la parte trasera de su propiedad, antes de llegar volteó el coche en dirección contraria, hacia la orilla del río, en donde había un pequeño sauce, a sus pies estaba un cobertizo escondido entre la hierba, en donde guardaba papeles confidenciales que no consideraba destruir, sacó los papeles y metió el oro, para después acomodar los folios en la parte de arriba con el ?n de evitar el olfato de los perros curiosos, cerró nuevamente el cobertizo, lo cubrió con la misma hierba y dio vuelta para tomar la gran vía y salir a su casa por la parte de adelante, el sol todavía tardaría en salir en esa larga noche de invierno.

Los rumores de que los falangistas estaban cerca eran insistentes, se vieron confirmados cuando la municipalía fue abandonada y quemada por los republicanos en huida. Marcos, el vecino de enfrente, fue a avisar que los muelles ya habían sido tomados. Era solo cuestión de horas para que llegaran las tropas nacionalistas al pueblo, había incertidumbre por todas partes, se decía que en el pueblo vecino habían diezmado a todos los sospechosos de ser rojos. En todo caso, en el puerto se hablaba de más de quince mil ejecutados, unos por haberla y otros por tenerla, los que no por los republicanos, ahora por los nacionalistas, desde el treinta y seis había sido tarea del padre Antoni esconder gente, y disfrazarse él mismo, murió fusilado por la gente de Azaña.



Capítulo C

Se hizo una junta en casa del notario con las personas del pueblo que pudieran aportar algo de dinero para ofrecer a los falangistas, con el ?n de que no arrasaran la plaza, de los que estaban allí, solo unos pocos no habían perdido todo con la guerra, sin embargo se juntaron monedas de oro suficientes para lograr que no se hiciera allanamiento raso, y, lo que era más importante, que no se fusilara a los que de alguna forma habían colaborado con el gobierno republicano.

Carolina grande quería conseguir el salvoconducto para llegar a Cádiz, los cambios eran muchos y frecuentes, la situación en Madrid todavía no se normalizaba y viajar era un riesgo grave para cualquiera.

-Licenciado, lo buscan en su despacho, un señor Bruno -Toña hizo el gesto que hacía cuando no le agradaba el visitante.

El Notario cruzó el patio hasta llegar a la puerta lateral de su despacho, cuarto amplio y oscuro, con las ventanas cerradas. Después de sentarse en su sillón de piel, recibió a una persona alta, mal rasurada y con ropa que en algún tiempo fue elegante.

-Yo soy uno de los que iban cargando las cajas hasta el puerto -al oír las palabras "cajas" y "puerto" pronunciadas en la misma frase, el licenciado sintió que por el estómago le corría un escalofrío y el vacío detrás de las rodillas casi lo vence.

El notario no respondió, se le quedó viendo inquisitivamente.

-Yo también me di cuenta de que había faltado una caja, de hecho, tomé una barra de oro antes de que usted llegara, con la que salí de muchos apuros, me he dado buena vida, pero me robaron y ahora he tenido que venir hasta usted a ver si me presta dinero para comer.

-¿Cuánto quieres? -le respondió secamente.

-Con tres mil duros estaría bien.

-¿Y cuánto tiempo te durarán?

-Mucho, he aprendido a cuidarlos.

-No los tengo, tendrás que volver en unos días.

-Usted me dirá.

-Ven en una semana.

-Deme cien pesetas para no pasar hambres.

El notario sacó su cartera y le dio las pesetas.

-Hasta el lunes; ¿su nombre?

-Bruno.

El notario se dejó caer pesadamente en su sillón, sabía que de este problema no iba a salir fácilmente.



Capítulo D

Pasaron los meses, la situación se fue normalizando paulatinamente con la llegada de los nacionalistas, que impusieron a un capitán al mando de la plaza. Doña Carolina había decidido partir al sur con su familia, el gran descontento fue darse cuenta de que su hija Caro no la acompañaba, ella se quedaría en la masía, para vender una finca que le había dejado Fernando en el centro de Barcelona. Doña Carolina hizo uso de todo su poder de convencimiento y hasta de chantaje para llevarse a Caro, pero no fue posible, tuvo que partir acompañada solamente por Lucha.

Había tenido noticias de que su hijo Patxi había escapado y se había ido a esconder a Madrid, ahora que Franco había llegado al poder su hijo estaría en peligro aún mayor. Ya habían matado a Fernando, su amigo y cuñado. Solo era cuestión de tiempo, tenía la esperanza de que hubiera huido a México, decían que había muchas posibilidades, pero no había noticias. Dejó los papeles de sus propiedades firmadas al notario para que las pusiera a la venta, los documentos llenaban dos cajas medianas de cartón, con agradecimiento hacia el notario, quien les adelantó una buena suma a cuenta de la venta de sus propiedades.

El notario Bassols había resultado muy favorecido con las ventas ficticias que le había hecho mosén Tenas, para evitar que les confiscaran sus propiedades, buena cantidad de casas y terrenos que nadie sabía que eran propiedad de la iglesia quedaron en manos del notario, quien no se apresuró a devolver ninguna, sobre todo porque no había quien se las reclamara, el fraile con el que hizo la operación había muerto desde los primeros días en que entraron los rojos.

La situación económica distaba mucho de ser buena, las carencias eran muchas, el hambre era generalizada, los hurtos eran cosa de cada día, los campos de las zonas afectadas todavía no producían más que unas pocas patatas, los caminos estaban destrozados; Alemania, que había ayudado a Franco, estaba en guerra con media Europa. El gobierno de Estados Unidos veía con recelo al Generalísimo: había que rascarse con sus propias uñas.



Capítulo E

Pasó el tiempo, el entendimiento de Carolina con el notario Bassols era evidente.

Carolina resultó embarazada: lo que no había podido con Fernando resultó con su padre, tuvieron una hija.

El notario ideó un plan, Carolina fue a vivir a la masía "Verns", que había dado en vida a Fernando, su hijo. Casó en papeles a Carolina con un soldado aragonés, mismo que murió convenientemente dos meses después de la boda, era uno de tantos nacionalistas que nadie conocía y que había dado la vida por su patria, solo que oficialmente todavía estaba vivo, era uno de tantos que tenían su tarjeta de difunto, que al notario correspondía oficializar junto al capitán en turno de lo forense. Eran tantos que nadie notó que faltara la tarjeta. Una fotografía tomada del archivo general puesta en un elegante marco daba algo de credibilidad al matrimonio, harto sospechoso para todos en el pueblo.

Carolina tuvo a su hija amparada por una conveniente viudez, de un marido al que nunca conoció, y con un retrato de otro del que no tenía idea de su existencia. Para su hija siempre sería su padre.

Almudena ya tenía dos años, al notario le decía "tiíto", diminutivo poco comprometedor.



Capítulo F

Bruno se había conformado con módicas cantidades mensuales, era lo que se podría llamar un chantajista mesurado, solo utilizaba el dinero para vivir sin privaciones, su sueldo de oficinista en correos no era tan malo y el dinero que le daba el notario no era poco, vivía él solo, vivía bien. Esta vez llegó con un comentario que inquietó al notario:

-Están buscando los papeles del oro que salió para Rusia, en pago de las armas que nunca llegaron, si se enteran que usted fue el que dio fe de la salida del oro, lo pueden acusar de traición a la patria.

-Esos papeles se quemaron antes de que llegaran los nacionalistas.

-No le digo que no, lo que pasa es que están preguntando, un teniente llegó de Madrid haciendo muchas preguntas, solo le aviso para que esté prevenido.

Después de un tiempo, el notario fue a revisar su baúl enterrado, no se veía nada removido, con una varilla picó para constatar que estuviera el baúl, no escarbó más. Solo notó que en la superficie en donde estaba enterrado el baúl crecían plantas distintas al resto del prado.

-Habría que venir algún día a sacar el oro antes de que la naturaleza ponga un letrero -pensó el notario.



Capítulo G

Los planes para ir a vivir a México estaban avanzados, solo el notario y Carolina lo sabían, llevaban tiempo arreglándolo, ya tenían pasaportes con otra identidad, hasta una cuenta de cheques en el banco de Londres y México, Almudena estaba cada día más graciosa, empezaban a llamarla Blanca, el notario sería Abraham, querían que todo el cambio estuviera bien hecho, por supuesto los nombres debían cambiarlos por unos que no se prestaran a sospechas o que dieran pistas para que los encontraran, querían una nueva vida de todo a todo, donde fueran abuelo y nieta.



Capítulo H

-El teniente quiere hablar con usted -le dijo Bruno.

-Conmigo, ¿sabe mi nombre?

-Por lo visto sí, según dicen estuvo también en Cádiz, en donde encontró documentos de oro salido a Rusia.



Capítulo I

Carolina le dejó la niña al licenciado, solo iba a recoger su ropa a la masía, se tardó mucho en llegar, el licenciado fue a ver qué pasaba, llevándose a la niña.

Carolina nunca regresó, el carro había sufrido una fuerte explosión, por algo salió el coche del camino y se encontró con una mina. Carolina había muerto.

Era el segundo golpe de la vida para Bassols, pensó en quitarse la vida, era tanto su dolor. Una cosa lo mantenía en el mundo, Almudena, su hija.



Capítulo J

Tenía que dar la noticia de la muerte de Carolina a su mamá, Almudena había sufrido una crisis, se negaba a hablar palabra alguna desde que se enteró.

Estaba el notario esperando con el forense para el papeleo, frente al descuidado escritorio, las paredes amarillas, sin pintar desde antes de la guerra, el piso con partes de raído mosaico y partes con la amarilla tierra aplacada por un poco de agua.

En el escritorio estaban las formas de defunción y los anuncios para los deudores, las dos en papel amarillento con el sello de la capitanía.

Al dolor del notario se le unía el que doña Carolina iba a reclamar el cuidado de su nieta, quedándose súbitamente, de un día a otro, sin ninguna de las dos personas que más amaba. El mundo se le venía encima, Bruno le había dicho que ya estaba listo el citatorio que lo obligaba a comparecer, nada bueno podía esperarse de eso.

Al ver nuevamente los avisos de defunción se le ocurrió un plan desesperado, pero muy de su estilo; tomó varias formas y las escondió en la bolsa interior de su saco.

Pasaron todos los trámites, no podía caminar, había vuelto el estómago dos veces, al llegar el teniente le pidió permiso para llevarse el cuerpo a Barcelona, el teniente hizo un gesto de indiferencia.

Llamó a Toña por teléfono, quien lo alcanzó en la capitanía y se llevó a la niña a la masía Verns, donde vivía con su mamá. Le dio dinero suficiente y las vio partir.

Al día siguiente fue a Barcelona, hizo los arreglos con la facilidad que su oficio le brindaba, aunque en el camposanto tuvo que dar dinero a los sepultureros para que no hicieran preguntas, dejar dos lugares más en el mismo apartado no parecía tan extraño a los cansados excavadores.

Llegó a la misma posada en donde se había hospedado el día del embarco del oro. La señora no hizo preguntas.

Pasó la noche urdiendo su plan mientras miraba cómo jugaba la luz de la vela en la teja del techo, arriba de su cama.

Al día siguiente puso en práctica su plan, le dio la noticia a doña Carolina, diciéndole que habían sido los franquistas los que habían matado a su hija y a su nieta, que las habían matado a las dos el mismo día que a Patxi, y que ella y su hija Lucha no estaban seguras, que no debían permanecer más tiempo en España, y que no le debían decir a nadie de su futuro destino. Él se encargaría de conseguirles los papeles falsos para salir del país, aparte, para su manutención, les daba una cantidad bastante importante, mientras pasaba el gobierno de Franco. Lo importante era que salieran a Buenos Aires.

Había dos barcos, el "Cristóbal Colón", que partía al día siguiente haciendo escala en Cádiz, el "Marqués de Comillas" zarpaba en dos semanas, en él saldría hacia México.

Así se hizo, doña Carolina y su hijita, después de llorar en las dos tumbas, se retiraron para pasar su última noche en España.

Quedaba el cabo suelto de Patxi, que en cualquier momento se aparecería, la última noticia que tenían de él era que estaba en Madrid.

Partió el "Cristóbal Colón" llevando a la desconsolada señora y a su pequeña hija llenas de temores y angustias, agradecidas con el notario que muy bien se había portado con ellas.

El barco hizo la escala programada en Cádiz, ya para entonces doña Carolina había hecho amistad con una familia asturiana que desembarcaba en Cuba, y partiría luego a México. Lucha se entretenía en el salón de juegos, le gustaban las carreras de caballos con dados, el primer dado, el número de caballo; el segundo dado, las casillas que avanzaba: ganó dos bolsitas de chocolates Godiva.

Al llegar a Cuba les dieron la noticia de que el gobierno argentino había negado la entrada a los inmigrantes españoles, la familia con que habían hecho amistad en el barco les ofreció llevarlas con ella, iban con una familia bien acomodada en alguna parte del centro del país, Irapuato se llamaba.

Muchas personas que iban a Argentina se quedaron en Cuba para arreglar sus papeles, Carolina tomó el "Juárez II" rumbo a Veracruz. Se le hizo extraño que tardara tanto en llegar, casi dos días, según ella sabía, Cuba estaba bastante cerca.

El notario salió como esperaba en el siguiente viaje del "Marqués de Comillas", mucho más rápido que el "Cristóbal Colón". Los pasajeros eran una buena parte de la carga. El notario y Almudena viajaban en clase "cubierta A", junto con otros pocos pasajeros. La mayoría estaban acogidos a un ofrecimiento del presidente mexicano Cárdenas para recibir a cuantos refugiados llegaran, prácticamente todos venían huyendo de Franco. Los compañeros de la clase acomodada eran antiguos funcionarios republicanos que estaban saliendo con todas sus pertenencias de España.

El notario llevaba bastante equipaje, incluyendo una caja que cuidaba sobremanera: un violín en su estuche de piel.

Una vez en México, el notario se enteró que todo había salido según lo planeado, Patxi llegó, se enteró de la muerte de su hermana, sobrina y también de la muerte de su mamá y de su hermana, y una más, la del licenciado, cuyos "restos" descansaban del otro lado de la calzada interior del cementerio. Todo fruto de esa persecución franquista, según Bruno le dijo a Patxi. Bruno acompañó a Patxi al cementerio a despedirse de "sus seres queridos".

Bruno le embarcó, por encargo del notario "como última voluntad", a Nueva York, dándole una letra de cambio contra el First New York Bank por una cantidad bastante importante en dólares.