Capítulo 1
…qué bien soporta la comadre el dolor ajeno.
Eran las 9 de la noche; a todos los niños los habían sacado de la casa, pues iba a nacer su hermanito; doña Cuca daba gritos exigiendo el agua hervida que había encargado mientras remojaba sus trapos en una olla de peltre. El nacimiento estaba siendo difícil. Mari ya sabía que iba a tener complicaciones, este embarazo era distinto a todos los demás; doña Dolores, su suegra, le decía que eso era porque iba a ser niña, que no se apurara, que todo era normal, que las muchachas de ahora se la pasaban quejando, ya no eran como antes. De cualquier forma prefería no decir nada; pues, en caso de ser algo anormal, iban a necesitar dinero; y ya sabía que no había de dónde sacarlo.
El parto estaba tardando mucho, se veían salir trapos y más trapos llenos de sangre, el foco Philips de ciento cincuenta watts, comprado especialmente para la ocasión, pendía sobre el maltratado vientre de Mari, una pequeña ventana con marco pintado de color verde apenas dejaba pasar algo de aire al congestionado dormitorio. Doña Cuca decía que venía “volteado” el niño, y daba masajes para tratar de corregir su posición, pero no se acomodaba. Mari tenía los labios blancos; se encomendaba a la Virgen, y entre sus penas, se acordaba de su madrina; no quería que le pusieran María, porque todas las Marías que ella conocía habían sufrido mucho. Le dijo a la Virgen: “Tú que sufriste tanto, ayúdame para que todo esto pase rápido...”. También se acordaba de lo que le decía entre murmuraciones su vecina: ―ya tienes muchos hijos―, que había de ir con el doctor para que la operara. Luego venía a su mente el padre Javier, que le decía que no hiciera caso de tonterías, que siempre el último hijo era el que se quería más, cada hijo trae su torta bajo el brazo.
Afuera en la calle apenas empedrada, los niños jugaban futbol, ajenos al drama que se estaba viviendo adentro de aquella casita de dos cuartos. El futuro papá, Domingo, tomaba cerveza en la tienda de “El Vaca”, su compadre, acompañado por Lupillo , que estaba por salir a Estados Unidos a trabajar en una pizzería, riéndose de los chistes relativos a esas circunstancias, se decían que, como no podían ayudar, para qué estorbar, además ya había pasado por eso cuatro veces, y el resultado había sido el mismo: su hermana le corría a avisar que ya había nacido el niño, luego él preguntaba nervioso si “todos” estaban bien. Siempre le habían dicho que sí, y hoy no tenía por qué ser diferente.
El barrio, colonia Hidalgo, era típico de la clase trabajadora del Bajío, hermético, no cualquiera se atrevía a entrar sin asunto, una excepción era El Chicano, bueno para los golpes, podía pelear con dos al mismo tiempo, se había ganado el respeto de los vecinos, que en cierta forma lo estimaban y lo consideraban como vecino aunque no viviera ahí. La casa de Domingo estaba en la calle de Pozos, que desembocaba en el Club Atenas, club de tenis, en donde trabajaban algunos vecinos del barrio y muchos niños ayudando a recoger pelotas y otras tareas en el club.
Mari empezaba a sentir coraje contra Domingo, su esposo, que la había metido en ese lío. También se acordaba de su mamá, quien le había pedido que se casara con alguien del pueblo, de La Unión de San Antonio, para que no se fuera lejos; de repente al acordarse de su mamá, que estaba en el rancho, se sintió tremendamente sola, ella sabía que en ese momento, si quería, acabaría todo: en pocos momentos podía quedar inconsciente y no regresar, pero pensó en su nuevo hijo y se le ocurrió otra idea: y le empezó a decir, ahora a Jesús, que le cambiaba su vida por la de su hijo, doña Cuca ya no hablaba, ni gritaba, solo trataba de acomodar al niño, doña Dolores, la suegra, ya no platicaba alegremente como antes. Había llevado a Tere , la menor de sus hijas, para que viera el parto, ella decía que era para iniciarla en las cosas de la vida, pero en verdad lo que quería era disuadirla de su próximo matrimonio; y a juzgar por la cara de la muchacha, lo estaba logrando a la perfección.
―Ya, ya..., todo pasa, todo pasa...—, dijo la señora Rea.
―Qué bien soporta la comadre el dolor ajeno―, pensaba Mari, ojalá saliera todo bien, o que ella se muriera, no importaba, lo importante era que viviera el niño y que pasara ya, pero ya. Empezó Mari a acordarse de sucesos de su infancia.
Mari, ya delirante, se acordó que su comadre Pita, una vez le había dicho que, estando en esos trances, rezara tres Salves a la Virgen y el niño saldría como de rayo; a pesar de su casi inconsciencia, se rió al darse cuenta de que no se sabía la Salve, por lo que decidió cambiarlas por Aves Marías.
Justo al acabar sintió como si le jalaran al niño, que salió con gran facilidad de su maltratado cuerpo, luego de que la sorprendida comadrona, empapada en sudor, le diera sus nalgadas, haciendo un gesto de sabiduría y desdén pueblerino, como de quien sabe lo que hace, volteó a ver a Mari, la vio sonreír, con el trapo blanco que tenía mordiendo: se recuperaría, su expresión de dolor se mezclaba con el sudor y la felicidad de ver a su hijo llorando, sano como todos los suyos.
Al poco tiempo ya tenía al niño recargado en su brazo izquierdo, después de preguntar si estaba completo, lo llenó de besos en su cabecita; que tenía mucho más cabello que sus otros vástagos. La hija de la señora Pita estaba asombrada de ver la cara de alegría de Mari, luego de haberla visto delirar de dolor, tiene que ser mucha la alegría, pensó.
La señora Rea se alistaba para hacer los chilaquiles y dar de cenar a los que venían a ver a su comadre. Juan, su pequeño hijo, al oír de los chilaquiles se puso a dar pequeños saltos de gusto, preguntaba alegre si les iba a poner quesito arriba, haciendo con su manita la señal de espolvorearlo. Su mamá lo tomó con ternura, que momentos tan felices podían dar un poco de queso arriba de unos chilaquiles, pensó. Lo mandó a darle la nueva a Domingo, despidiéndolo con una pequeña nalgada.
El chiquillo llegó a avisarle a Domingo, quien después de hacer las preguntas de rigor, se levantó del banquito que estaba junto al mostrador de la pequeña tienda, don Pancho se apresuró a darle su abrazo, lo mismo Lupillo, y cambiaron de cerveza a brandy. Lo mismo que en años anteriores. |