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Mil Novecientos treinta y nueve
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Ruben Nohuitol
Capítulo 0
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18

Capítulo 10

…no te contratan para que les incrementes su capital, te contratan para que lo cuides.

Después de tres semanas, Pepe fue a ver a sus padres, un poco porque tenía ganas de verlos, otro poco porque ya no tenía dinero.
En casa lo recibieron como si tuvieran un año sin verlo, su madre, queriéndolo saber todo, su padre, un poco sorprendido de que su hijo hubiese conseguido trabajo tan rápido, se mostraba orgulloso, aunque no hacía preguntas. Fue hasta que Pepe le pidió un poco de dinero para regresar a México cuando, de buena forma, le llevó a su cuarto y le enseñó los sobrecitos color amarillo que conocía desde chico, Pepe puso cara de “ya lo sé, papá” mientras le contaba de las cosas qué su mamá había conseguido comprar sin comprometer la economía familiar, Don Pepe llevó a su hijo a las oficinas, que ya ocupaban todo lo que había sido su casa. Después de pedirle al contador varios documentos, entró a la oficina con Pepe, quien no paraba de corresponder el saludo a todos en la oficina, a quienes les parecía que hacía años que se había ido a la universidad.
Al entrar en la oficina, Don Pepe extendió una gran hoja amarilla:
—Mira, esto es lo mismo que los sobrecitos, se llama presupuesto de gastos, está hecho de esta manera, porque llevarlo con sobrecitos sería un lío; pero es la misma cosa..., tú tienes que planear todos los gastos para un año, aunque los ajustes cada mes, pero hacer un esfuerzo heroico para no salirte de ahí; te verás de pronto tomando decisiones aparentemente ilógicas, por estar defendiendo tu presupuesto—.
Pepino inconscientemente puso nuevamente cara de ―ya lo sé—. Don Pepe le dio una buena cantidad de dinero, —si necesitas más, llámame y te envío al día siguiente—, este era un cambio radical, toda su vida había estado restringido de dinero, y de pronto, sin más, le dicen “llámame y te envío dinero”, de cualquier forma tardaría mucho en volver a pedirle dinero a su padre. También era la primera vez que le daba consejos de “tómalo o déjalo”, el de los sobrecitos fue uno, no hablar mal de nadie, otro, no te unas a comentarios de alguien que está hablando mal de alguien, otro, no seas chismoso, otro, separa tu vida personal de los de la oficina...no tomes vino, los borrachos suelen decir muchas estupideces, no verdades, como dice el dicho, sino estupideces. Además de que, tarde o temprano, alguien te lo echará en cara, en cambio si no tomas, tal vez te hagan burla al principio, pero luego te tendrán respeto, no hagas cosas de más, no pongas nerviosa a la gente, especialmente a tus jefes, tú sabes por dónde vas, pero ellos no; y eso los puede hacer pensar muchas cosas. No te van a contratar para que les incrementos su capital, te van a contratar para que lo cuides, por eso la gente más miedosa es la que dura más en los puestos importantes, por eso los miembros más viejos de cualquier consejo son los que dicen a todo que no, que siempre alegan prudencia, y que nunca se comprometen con nada, en cambio los que se arriesgan, están arriesgando su pellejo en cada proyecto. Es como un juego, en donde si ganas, ganas un poco, y si pierdes lo pierdes todo. El mundo es así, no lo trates de cambiar, si quieres arriesgar fuerte, hazlo con tu dinero, si ganas, te cae en la bolsa, y si pierdes, no lo pierdes todo. No contradigas a nadie directamente, dile: “no lo había pensado de esa manera” o alguna forma similar. Cuando alguien te presente algún proyecto, invítalo a que te lo amplíe por escrito, el 90 % de las ocasiones no te va a presentar ni siquiera una cuartilla; cuenta con que la mayoría de la gente mediocre se mueve por entusiasmos, en cuanto se les termina el entusiasmo, se termina el proyecto. Una forma más elegante que rechazar algo es pedirles que te lo presenten por escrito; alguien que después de pedírselo, hace las correcciones y ampliaciones más de tres veces, es alguien a que vale la pena que le dediques más tiempo—.
Su desayuno favorito: huevos rancheros en tortillas pasadas por aceite, no los cambiaba ni por los desayunos en Delmonico's, el Heraldo de Irapuato en la mesa, como todos los días. Su papá acompañaba a todos a desayunar mientras tomaba su café con leche. Lucha leía el periódico después de comer, a la hora de la siesta. Dual-meet en Villas de Irapuato. El golf, perseguir una bolita por todo el campo, difícil de entender para Lucha; volvió a ver la foto, el parecido era extraordinario, juraría que era Patxi, no había nombres en el pie de foto, tampoco el artículo los mencionaba, solo el tradicional “Foto Witrago”. Hacía mucho que no le pasaba, el doctor Puente le dijo que tenía que controlar su imaginación, que debía guardar las cosas en el pasado, acababa de pasar por otra temporada de pesadillas, los recuerdos de la guerra iban y venían. Pero esta vez era diferente
—Pepe, vas a decir que estoy loca, pero este señor esta igualito a Patxi, ve el parado, ve la cabeza caída de un lado, ve... —.
—Mi reina, yo no conocí a tu hermano, pero debes hacerle caso al doctor, ya deja al pasado que se vaya...—.
Estaban en Villas, ―hazme un favor, Pepe, arráncate ahorita y averigua quién es este señor—, se hizo un silencio en la mesa, habían pasado por varias crisis de depresión de Lucha, tenían miedo que comenzara otra.
Eran semanas completas de angustia, Don Pepe miró a Pepe condescendiente:
—Está bien, ¿dónde están las llaves del coche?—.
—Yo te acompaño—, salieron los dos rumbo a Villas, en el camino fueron platicando de la situación de su mamá.
—Mira, hijo, lo que le pasó en la guerra no es para me-nos, tu abuela todavía se mete debajo de la mesa cuando oye un avión, nosotros no sabemos lo que es eso, pero ha de ser horrible. Vamos a ver un terreno que me venden ahí cerca, por donde era la granja de los Vanzzinni—.
No es la primera vez que le pasaba, en los quince años de Rosi creía haber visto a su hermano, era un chofer de trailer, ahora en una foto de un golfista de León.
Después de un rato llegaron al departamento.
—No tenía nada que ver, hablamos con el pro, era un zapatero, nació ahí en León, él lo conoce de toda la vida —le dijo, mintiéndole—, no te lastimes con esas cosas—.
Llegó Doña Alicia a calentar agua para Nescafé, con ella nadie tocaba el tema de la guerra, solo a veces contaba algo de su vida en Barcelona, siempre terminaba en llanto. Cuánto mal hace la guerra, a los que se van y a los que se quedan, son heridas que siempre quedan abiertas y duelen más cuando más se debería ser más feliz.
Subió sus maletas al coche, esta vez metió en la cajuela su violín.
En la casa de bolsa todo iba de maravilla; siguiendo los consejos de su padre, Pepe no ofrecía grandes rendimientos a sus clientes, les repetía cada vez:
—Si usted quiere podemos invertir en acciones de compañías más riesgosas, pero yo le recomiendo que mantenga su dinero seguro—, ese comentario le valió el respeto y la recomendación de muchos clientes, muchos de los cuales se sorprendían de lo joven que era, tales comentarios de prudencia solían asociarlos con gente mayor. Además, era una época en que aun con los criterios más conservadores, los incrementos en los valores de las acciones eran excelentes. Es fácil ser genio financiero cuando todo va para arriba.
La identidad de su amiga secreta ya lo tenía confundido, puesto que Pepe ya conocía a todas las muchachas en la casa de bolsa y no había ninguna señal clara de quién pudiera ser. Es más, lo normal era que la chica se identificara, pero no lo hacía, aunque ya le hablaba mucho menos, todavía lo hacía, estaba enterada de todas sus operaciones, de sus clientes, del poco dinero que tenía invertido en un fondo, parecía que tenía micrófonos en todo el edificio.
En la oficina, se iba integrando más al grupo, incluso una vez lo invitaron al Quetzal, algo inaudito para un recién llegado; le daban resultado los consejos de su padre, especialmente el de no hablar mal de nadie.
Malena invitó a Pepe y a otros amigos a una posada en su casa. La posada fue muy distinta a las que estaba acostumbrado, para su sorpresa conocía a varias personas, algunas de la escuela, y otras de la casa de bolsa. También estaban en el rincón varios tipos vestidos de negro, con apariencia hosca y de rasgos duros. Nadie parecía hacerle caso. En cuanto se medio acercaba a una bolita, la gente se le quedaba mirando con cara de “pareces bueno, pero esta plática no es para ti”, de repente vio su salvación, apareció Miguel, con una muchacha rubia espectacular. Pepe creía que por lo menos iba a tener con quien hablar esa noche, pero todo lo que hizo al pasar por su lado fue un: ―Pepito―, a forma de saludo, sin siquiera mirarlo por más de un segundo, la rubia le hizo un gesto de simpatía.
Sorprendido, más que enojado, buscaba a Malena, casi para despedirse, aunque no la había visto en toda la noche, lo mismo que a Maclovio, a pesar de ser los anfi-triones.
Buscó distraído en donde sentarse, escogió una silla que hacía juego con una mesita estilo Luis XV; en la mesa había un ajedrez, el tablero y las piezas eran de ébano y marfil, y tenía algunas piezas acomodadas, al principio le pareció que estaban colocadas solo como adorno, pero pronto descubrió que no era así. Y se entretuvo más de media hora junto a la mesa, totalmente absorto.
—Si tocas una pieza eres hombre muerto—, oyó una voz que le hablaba en tono agradable. Volteó y vio a Malena, con un vestido negro, muy entallado.
—¿En dónde andaban?—, dijo viendo de reojo pasar a Maclovio.
—Cosas familiares—, dijo, sin prestar mucha atención.
—Mi bis no ha encontrado la solución, juegan blancas y ganan—, le dijo con su peculiar acento cortante. Pepe se quedó pensando poco más de un minuto, después de lo cual dijo:
—No estoy seguro, pero tal vez comiendo ese peón con la torre—.
—Pues te la come con el peón, ¿y luego?—.
—Avanzamos el peón —si quita el caballo adelantamos el otro peón y coronamos—.
—¿Y si no lo quita?—.
—De cualquier forma avanzamos el otro peón—.
—Negras se queda con una torre, te come el peón avanzado en cuanto quiera—.
—No puede, mira. No sé cómo exactamente, pero por ahí va la cosa—.
—Pues sí, puede ser, ¿te gustaría conocer a mi bis?—.
—Si quieres otro día—.
—No, vamos ahorita, ¿sabes?, me estoy acordando que mi bis me pidió que te trajera a la casa, no sale desde que le dio cáncer—.
—Ok—, respondió nuevamente Pepe.
—Ven, acompáñame—, le dijo tomándolo de la mano, a lo que Pepe no opuso ninguna resistencia, llevándolo escaleras arriba hasta un pasillo amplio que daba al jardín. Malena se dio cuenta de la turbación de Pepe al tomarlo de la mano, hizo una mueca de agrado, le gustaba controlar la situación y jugar con las emociones de los hombres, a su edad ya tenía bastante experiencia en ello. Entraron a una sala de tamaño regular, anterior-mente era una recámara, ahora convertida en despacho y conectada al cuarto de don Abraham por una puerta interior.
Las ventanas estaban cubiertas por gruesas cortinas color vino, toda la luz provenía de tres lámparas ubicadas estratégicamente. La pared lateral estaba cubierta por un gran librero. En el centro, reposando sobre el cuerpo principal del librero estaba un violín con su arco cuidadosamente acomodado sobre terciopelo negro. Arriba del violín un retrato de una bella dama, con vestido negro vista de perfil, tocando piano. Le notó parecido a su hermana Graciela. A los pies del banco del piano se veía un perro maltés mirando celosamente al pintor, el perro tenía un listón por collar y cosa rara, un cascabel. Tres lámparas de luz fría iluminaban el cuadro y el violín.
—Bis, te presento a Pepe—.
—Mucho gusto, joven—, dijo Don Abraham, mirándolo fijamente; buscaba un parecido familiar con Lucha, que no le costó mucho encontrar: la forma de la cara y los ojos pequeños eran los mismos.
—Pepe dice que puede hacer que ganen las blancas— dijo Malena.
Si antes lo había visto con extrañeza, ahora lo miraba con incredulidad, don Abraham no esperaba encontrar al muchacho tan pronto, saliendo de su estupor dijo:
—Mira, ¿Pepe?—, fingiendo no acordarse bien de su nombre.
—Aunque no resuelvas todo, si me das alguna pista te lo agradecería muchísimo. Este es el problema semanal del club de ajedrez al que pertenezco, pero no creas que es el de esta semana, es el de hace dos meses, y todavía no lo resuelvo. A ver, vamos a ver tu jugada—.
—Toña, ofrécele un café al joven—, pasaron a su habitación, en donde estaba un ajedrez tallado en madera y marfil, con las piezas en la misma posición que el otro. Pepe se sentó en una pequeña silla, de frente al Reposet de don Abraham, Pepe repitió los movimientos, don Abraham se quedó pensando unos momentos.
—Tienes razón, un final hermoso—, tomó un sobre lacrado con un escudo verde y lo abrió, sacando la hoja membretada por el Club Acede, la desdobló mientras se ponía sus lentes—.
―Sí, efectivamente, era por ahí, yo lo había intentado, pero deseché la posibilidad de coronar sin piezas fuertes, dejando al contrario con torre y caballo, en fin, siéntate muchacho, ¿qué estudias?—.
—Economía—.
—Te das cuenta muchacho que me he pasado resolviendo este problema por muchas horas, y llegas tú, y de repente lo resuelves, ¿sabes cómo me siento?...— dijo, volviendo a la conversación del ajedrez. Sonriendo amablemente le dijo:
—Ojalá puedas venir el próximo sábado por la tarde, no estarás muy ocupado con tu familia ¿verdad?—.
—No, vivo aquí enfrente con una tía, soy de Irapuato—.
—¿Hermana de tu mamá?—.
—No, de mi papá—.
—Creo que te confundí con el hijo de unos amigos, el nombre de tus padres ¿es...? —
—José Correa y Luz, le dicen Lucha, ¿los conoce?..., —mientras decía esto don Abraham tuvo que recargarse en el sillón.
—No, no lo creo, no hagas caso de los viejos, nos volve-mos muy preguntones—, le dijo mientras le extendía su mano a manera de suave pero firme despedida.
Salió de la sala y se encontró a Malena, que le estaba esperando a una buena distancia, pero no a tanta como para no poder escuchar lo que platicaba con su “bis”.
—Estuvo enfermo varios años, ahora ya está bien, lo único que tuvo fue un ataque al corazón, pero de eso se alivia cualquiera—, dijo en tono enigmático.
—Ya le urge que Maclovio termine la carrera para que lo ayude con sus negocios, pero parece que Maco no quiere, dice que tiene otros planes. Ahora, no lo vayas a dejar plantado el sábado, es muy raro que invite a alguien, y estaría bien que vinieras para que se distraiga un poco—.
Llegaron a la estancia, y siguieron platicando hasta el garage, donde estaban también tres o cuatro invitados platicando animosamente, ahí les ofrecieron algo de tomar y se quedaron sin hablar por unos momentos, pero sin ser un silencio pesado, sino más bien una pausa natural en una conversación entre amigos de confianza. Malena observaba, era raro que ella externara una opinión.
Para Malena, Pepe era como un experimento, un niño que no había sufrido nada en la vida, dedicado a hacer las cosas bien.
Los que habían tenido una infancia feliz necesitaban tratamiento psicológico, —pensó irónicamente Malena—, de otra forma nunca se iban a adaptar a el mundo real.