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Mil Novecientos treinta y nueve
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Ruben Nohuitol
Capítulo 0
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18

Capítulo 11

Ser instructor de tenis en el Junior Club era un privilegio que solo se concedía a pocos; por lo que Jaime estaba feliz de que su hermano estuviera ya dando clases, a pesar de su escasa edad, en parte por su buen tenis, y en parte debido al buen corazón de Lucio y de Rubén Baltasar. Y ya que había ido a México, quería hacerle una visita sorpresa a su hermano Manuel, para mostrarle su nueva camioneta, cosa de la que se arrepentiría más tarde, pues los policías de tránsito lo detuvieron más veces ese día que en toda su vida de camionero.
Al llegar al club, esperó que llegara un socio con cara de buena gente, después de decirle que era hermano de Manuel, le pidió que lo hiciera pasar por su invitado, aunque él pagara lo de la admisión. El socio no tuvo reparo alguno, y después de anotarse en el libro, los dos pasaron a los vestidores.
Después de cambiarse, Jaime se dirigió a las canchas de tenis, en donde, caminando por el corredor distinguió a la criatura más bonita que había visto en toda su vida, tendría dieciocho años, de pelo negro, de un negro tan intenso que parecía azul, recibiendo de espalda el sol de la mañana. Sus largas piernas la llevaban elegantemente hacia la cancha. Jaime se dio cuenta de que ya no la miró con aquel sentimiento de inalcanzabilidad que le parecía tenían las socias cuando el era entrenador, después de todo él era alto y delgado, siempre bien rasurado, bien vestido, con buenas raquetas, tenis nuevos, camisa Lacoste, lentes Ray Ban; se dio cuenta de que algunos de los socios que pasaban por ahí, no solo no iban tan bien vestidos, sino que cualquiera diría que los otros habían sido los boleros y no él.
Todo eso iba pensando cuando se dirigía caminando hacia donde estaba la caseta de entrenadores, cuando escuchó unos pasos apresurados atrás de él, al volverse se dio cuenta que era su hermano:
—No te grité porque no estaba seguro de que fueras tú—, dijo con acento claramente leonés, antes de estrecharle la mano calurosamente.
—Desde que eres rico hasta la forma de caminar te cambió—.
—No inventes, vente, te invito un refresco—.
—No puedo, tengo que entrenar a Malena, ―dijo con pesadumbre—, y cincuenta pesos son cincuenta pesos―, invitándolo a caminar a la cancha. Todavía no llegaban cuando Malena se les acercó, era la muchacha que se había encontrado momentos antes. No salía de su asombro cuando, conservando la distancia ella dijo.
—¿Qué pasó, ya listo?—.
Manuel notó el asombro de su hermano, y entonces se dirigió a Malena divertidamente:
—¿No te importa que te entrene mi hermano? Yo estoy un poco lastimado del tobillo—.
Malena no se mostró muy entusiasmada, pero aceptó, Jaime estaba en un apuro, puesto que hacía mucho tiempo que no jugaba y no quería que se dieran cuenta. Para sorpresa suya, al empezar a bolear en la red, sintió que no había perdido el toque, a pesar del tiempo que llevaba sin jugar. Malena no jugaba muy bien y tenía muchos detalles en su juego que se podían corregir, de los cuales Jaime no le dijo ninguno, pues lo que quería no era que Malena subiera de juego, sino serle agradable. Después de treinta minutos de jugar, pasaron a practicar el saque, ya del mismo lado de la cancha, Malena le dijo a Jaime,
—Oye, ¿tú quien eres?―, le dijo directamente. Jaime se mostró descontrolado con lo directo de la pregunta.
—Ese reloj no es de un entrenador de tenis—.
—Es imitación—.
—No, m´hijo—, dijo riendo altiva pero graciosamente— yo conozco un original desde veinte metros de distancia, créeme, tengo experiencia, tú no eres entrenador, ¿ver-dad?—.
—Lo que pasa es que hablabas con mi hermano en la entrada al club y yo venía caminando atrás—. Dándose vuelta de un pequeño saltó se alejó, y a los pocos pasos se detuvo, y con un extraño gesto le preguntó:
—¿Te debo algo?—.
—Claro, me lo pagas la próxima vez—.
Los dos sonrieron a forma de despedida. Después de medio minuto llegó Manuel, y encontró a Jaime viendo todavía a Malena alejarse a lo lejos.
—Bueno, ya puedes cerrar la boca—, le dijo su hermano.
Se rieron los dos mientras se encaminaban a tomar un refresco. Después se fueron a comer a un buen res-taurante que había cerca del club. Pasaron un buen rato comentándose anécdotas, Jaime le dio doscientos pesos “por si tenía algún antojo”, después de resistirse un poco Manuel los aceptó, siempre habían sido buenos hermanos, y se buscaban siempre que había oportunidad.
Iba Jaime de regreso en la carretera pensando en Male-na, tenía ganas de comentar lo sucedido con Don Paco, nunca lo había conocido como consejero en esos campos y tenía curiosidad por saber lo que opinaba al respecto.