Capítulo 12
…no es cierto que los borrachos y los niños digan la verdad, eso lo sabe cualquier cantinero.
Llegó el sábado y Pepe estaba puntual a las cinco de la tarde en casa de don Abraham. Mientras esperaba en la biblioteca, revisaba los títulos de los libros, le llamó especialmente la atención un mueble que contenía la Enciclopedia Espasa Calpe, las enciclopedias que conocía, junto a esa, parecían de juguete. También tenía la Barsa y el Tesoro de la Juventud, sonrió al recordar que su papá decía que era tan viejo que tenía el Derecho Romano sin la última actualización. En el mueble más grande estaban, a forma de adorno, libros antiguos con grabados florales, encuadernados en piel, a Pepe le llamaba mucho la atención el lenguaje tan exacto que usaban. Un gran retrato parecía vigilar la mesa del estudio, llamaba la atención que el señor estuviera vestido de etiqueta y que la pintura tuviera como fondo un paisaje mexicano, que, por la casita que se veía, bien podía ser Michoacán.
—Dice el señor que si puede hacer favor de pasar—.
La casa se veía muy distinta sin gente, pero lo que le parecía más extraño era estar ahí sin Maclovio ni Malena. Caía en la cuenta de que no conocía a sus papás.
Don Abraham estaba en su sillón negro, vestía un impecable traje gris con una corbata roja de seda que llamaba la atención por lo bien hecho del nudo. Después se enteraría por Maclovio que siempre se vestía de traje. Decía Maclovio que nunca lo había visto cenar sin corbata. Recordó ahí que le había dicho que había estado sin dinero y enfermo de los nervios.
—Manías de gente grande—, pensaba Pepe, mientras se alegraba de no haber faltado a su compromiso, pues notó que lo había estado esperando. Se respiraba un olor a tranquilidad, un aroma que tal vez daban los muebles antiguos y finos, o tal vez lo daba también el barniz del piso de madera, lo cierto es que se podía estar muy bien en esa especie de recibidor que tenía don Abraham afuera de su recámara.
El señor saludó a Pepe con cortesía, pero sin excesivo entusiasmo, como guardando toda señal de apresura-miento, podía saludar igual al barrendero o al dueño de un banco.
Después de sortear las blancas, salió don Abraham con peón cuatro dama, Pepe se descontroló con esa salida, estaba acostumbrado a la salida con peón de rey, en todo el juego no logró recuperar la iniciativa.
Don Paco llegó a Barcelona, parecía que el puerto era un gran teatro para la macabra escena de la visita al cementerio, no paraba de llover. Tomó un taxi, cada vez que estaba cerca de una situación tensa sentía un hueco en el estómago y las córcovas de las rodillas le parecían débiles. Las grandes puertas verdes estaban abiertas, recorrió el pasillo adoquinado, tal vez si no estuviera lloviendo y no se tuviera que distraer protegiéndose de la lluvia hubiera notado una tumba que le habría llamado particularmente la atención, tenía la inscripción Francisco (Patxi) Cuervo Orendáin. ¡Era su propia tumba!, siguió caminando hasta el rincón donde 37 años antes había visto la lápida de su madre y de sus hermanas.
Dos de las tres tumbas no estaban, solo estaba la de Carolina, la llave de agua estaba en el mismo lugar, goteando, igual que cuando la vio hace tanto tiempo, en el lugar donde antes se suponía que estaban las tumbas había un pequeño desnivel en el que asomaba una losa de concreto, que no era de ninguna tumba, sino de una cisterna, que debería llevar ahí una buena cantidad de años. Removió con una piedra la losa de su hermana, estaba completa y sin ninguna anomalía visible, pero de las otras dos no existía ni el menor rastro.
Tomando el sombrero que se había quitado para quitar el lodo se dirigió caminando hacia la pequeña construcción que guardaba al velador, se encontró a un joven de escasos veinticinco años, tras pedir referencias se encontró con que no tenían documentación alguna, más que de las entradas de ese año, preguntó por las tumbas ausentes, el joven no tenía ni idea, en los años que tenía no había visto en ese lugar más que la cisterna. Don Paco estaba perturbado ahora por no saber siquiera en dónde estaban los restos de su madre y su hermana, en caso de que hubieran muerto. Le dejó una tarjeta al cuidador, con el encargo de que si encontraba algo nuevo, le avisara. Este tomó la tarjeta descuidadamente hasta ver el nombre, lo encontró muy conocido, pero no sabía de dónde. Una vez que se retiró Don Paco se acordó del lugar donde había visto ese nombre, a pesar de la lluvia que todavía caía insistentemente, se fue hasta la tumba que contenía el mismo nombre de la tarjeta: Francisco Cuervo Orendáin. Volteó para ver si veía todavía a su visitante, espantado, creyendo que lo había visitado un muerto, salió corriendo del panteón, dejando que los muertos se cuidaran solos.
Don Paco, muy inquieto, no pudo dormir en toda la noche, tratando de deducir lo que había pasado.
No esperó más de las seis de la mañana para ponerse en marcha a San Just, ahí buscó a la señora Lucero, que había sido la amiga de toda la vida de doña Carmen.
El pueblo se había convertido en un suburbio de Barcelona, demasiado temprano para llamar, caminó por las calles abajo hasta llegar a la que había sido su casa, sintió un gran desasosiego, recordando la semana que había cambiado toda su vida y apretando sus manos enguantadas sollozó al acordarse de los tiempos en que vivía allí con su familia.
Volteó calle arriba, en la esquina, en una casa grande de dos pisos ahora estaba una posada para turistas, pero antes había sido la notaría del Lic. Bassols, de pronto cayó en la cuenta de que él era el que le había informado de todo, tantos años que le había vivido agradecido, y ahora aparecía como un personaje intrigante y con oscuros intereses. Antes de tocar a la puerta de la señora Lucero subió por la calle todavía mojada de la lluvia de la noche pasada, preguntó por el abogado, nadie le dio razón, fue a la tienda de abarrotes, en donde encontró a una anciana quien al verlo se turbó, recobrando el aliento dijo:
―¿Diga?—, Don Paco recordó de pronto.
―¿Es usted la esposa de don Octavio?, ¿La señora Mercedes?―.
—¿Patxi?, ¿muchacho travieso?, te fuiste sin pagarme, ¡me debes dos duros! Muchacho, te creía muerto. Cuéntame, ¿cómo está tu madre? ¿Y Lucha, cómo está Lucha? ―, notando la cara de extrañeza le preguntó, ¿murieron en América?―.
―Mejor cuénteme usted, ¿qué fue lo último que supo de mi madre?―.
―Pues que se fueron a América. Y eso lo supe porque me pasó a pagar unas pesetas que me debía, su madre siempre tan honesta, eso sí―.
―¿No murieron mi madre y Lucha?―.
―Que yo sepa no, por lo menos no aquí en el pueblo, lo que si te digo es que se fue con Lucha para América, con lo que traían puesto y lo que cabía en dos maletas. El que se quedó con todo fue el maldito de Bassols, pero de poco le valió, apenas vendió se murió a las dos semanas―.
―¿Vio usted el cuerpo del notario?―.
―Claro, con estos ojos que se van a comer los gusanos―.
―¿Le vio la cara?―.
―Nadie se la vio, ¿no ves que se la destrozaron los de la falange?―.
Don Paco volvió a mirar hacia arriba, levantando la ceja: —Una muerte muy oportuna, —continuó—. ¿Y la señora Lucero?—.
―¿Lucero Fernández?, huy m´híjo, lo que queda―.
―¿Vive?―.
―Sí, pero como si no viviera —dijo mientras hacía la seña con la mano de que estaba mal de la cabeza—. Está con su hija Mariana, que nunca se casó, yo creo que se quedó esperándote, muchacho. ¿Quieres un pan?, ¿algo de comer?―.
―No, gracias, ¿don Octavio?―.
―Murió de viejo, este septiembre cumple un año, yo le sigo para Navidades, ya le dije que ahí nos veíamos―.
Don Paco le sonrió:
―Le dejo una tarjeta con mis datos, estoy en México, por favor llámeme si sabe algo de mi madre―.
―Ve con Mariana, la pobre, a ver si no la asustas―.
Avanzaba Paco calle abajo cuando se acordó y se regresó:
―Aquí están los dos duros—, dijo sonriendo.
La señora abrió una caja de madera y sacó una nota.
―Aquí tienes—, ya no me debes nada.
―¡No es posible!, ¿guardó todos esos años el papel?
Claro, me sirve para acordarme de las personas, y también de lo que me deben, je, je—, Don Paco sacó un billete y se lo puso en la cajita.
—Esto es por los intereses, ¿vale? —
La señora sonrió, ―¡vale!, saludos a tu madre— Don Paco volteó, la vio a los ojos, eran unos ojos pequeños, con brillo y picardía.
—Si la veo le doy saludos de su parte—. La viejita sonrió nuevamente.
Don Paco bajó veinte pasos por la calle, se acercó al portal grande de madera, estaba igual que hace tantos años, lo único que se veía nuevo era el aparato de intercomunicación empotrado en marco de cantera. Don Paco se acercó, tocó con la aldaba como acostumbraba: dos toquidos, espacio, dos toquidos. Mientras respondían miraba la enorme puerta de madera dura, cuantas veces había cantado pidiendo posada durante las Navidades, la misma puerta “duran más las puertas que los hombres”, pensaba. Se oyó una voz por el intercomunicador:
—¿Diga?—, al mismo tiempo que una señora elegantemente vestida de peinado de chongo, con suéter color vino y falda de casimir gris abrió la puerta, sus ojos cafés miraron a Don Paco confirmando la emoción que le dio al oír los dos toquidos.
—¿Patxi?, yo pensaba..., pero pasa, pasa..., ¿cómo está Lucha?, cuéntame de tú mamá, hace tantos años—, decía mientras caminaban por el patio.
Las mismas jaulas con canarios, el mismo aroma de cantera mojada. Pasaron a la sala:
—Mamaaaá, mira quién está aquí, es Patxi—.
La señora se acercó a la sala con pequeños pasos en su andadera.
—Patxi hijo, dejaste tu suéter, un día lo vas a perder, ¿dónde está tu madre?, me dijo que ibas a venir—.
Mariana hizo un gesto a Patxi, indicándole que estaba inventando:
—Me dijo que ella iba a traer las castañas para Navidad―.
La señora Lucero que Patxi recordaba era otra, sus grandes ojos azules, su piel blanca y sonrojada en las mejillas, su alegría de vivir, su alegre paso y su forma de entonar las letanías, mucho más guapa que cualquiera de sus hijas, de esa señora había que ver lo que quedaba. Noventa y dos años.
—¡Ya me he muerto dos veces!—, dijo como noticia la señora.
—¿No te ha contado Mariana?, ¿ya terminaste tu escuela?, ¿cómo está Madrid?—, continuó.
—No alcancé a terminar, tuve que salir, me fui a Estados Unidos y ahora vivo en México. Estoy casado, mi esposa está allá—.
Mariana parpadeó nerviosa.
Pero siéntate, ven mamá siéntate aquí. Ahora sí, cuéntanos, cómo está tu madre y tu hermana.
—¿Lucha?, no la veo desde hace treinta y tantos años, me parece que ustedes la vieron después que yo—.
Mariana juntó las manos, dejándolas arriba de su falda, mientras echaba el cuerpo para adelante.
—Me dijo el licenciado Bassols que había muerto junto con Lucha y Carolina—.
—Puros cuentos—, gritó doña Lucero, ella me habla a cada rato, dice que va a traer las castañas para Navidades.
—Patxi, a nosotros nos dijeron que tú habías muerto y que tu mamá y Lucha habían tenido que huir por cosas que tú habías hecho—, dijo Lucha.
—¿Quién les dijo?—.
—Bassols, pero ni modo de reclamarle, murió al poco tiempo. No hemos vuelto a saber de ellas—.
Patxi se quedó en el pueblo cuatro días más averiguando lo que pudo, después fue a Barcelona a preguntar por los barcos de pasajeros que en esas fechas habían salido para América. Encontró las listas del “Marqués de Comillas”, y de otros barcos, ningún nombre que se pareciera.
Regresó a México vía Madrid.
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