Capítulo 13
—Vente, vamos a decirle a la señora nos regale un cafecito y deja sacar unas galletas de la tienda—.
Estaban con el mejor ánimo, platicando sobre los planes futuros cuando se acercó doña Mati a dejarles el periódico, era raro, pues nunca se acercaba, si no era a traer más café. Al ver el encabezado, Don Paco supo por que Mati le había traído el Excélsior: “El Peso, a Flotación; el nuevo valor lo fijará el Mercado”.
Anoche anunció Mario Ramón Beteta que el peso deja de tener paridad fija...
Ahora sí ya la amolamos, —dijo Don Paco—, por lo menos en un rato, olvídate de comprar camiones nuevos —siguió Don Paco—. ¿Cuánto debes en dólares?
No sé exactamente, pero no es mucho, comparado con lo que debía, sólo el Kenworth y una caja Fruehauf.
Bueno, pues ya debes el doble, por ese lado, ¿y cuánto debes en pesos?
Ahí sí está más duro, para empezar dos camionetas completitas que saqué ayer, algo de los camiones de Celaya, más o menos la mitad de los camiones de la fábrica, y las tres cuartas partes de la casa que le acabo de comprar a mis papás.
Dale gracias a Dios de que la tasa de interés es fija, si no, todo lo que hiciste se habría esfumado en este minuto.
Fue un mes de entero desconcierto, las tarifas de flete subieron, las refacciones, las llantas, las autopistas, el diesel; todo subió, pero seguía habiendo trabajo, lo que sí se paró fueron los pagos; mientras eran peras o manzanas, nadie pagaba nada; al mes siguiente, la gente de la KW, Trailmobile y de la Fruehauf empezaron a llamar para cobrar, por supuesto en dólares, también por supuesto, nadie les pagaba, empezaron a salir calcomanías de “Cumpliremos en pesos”, pegadas a los trailers. Los documentos en pesos se volvieron cada vez más fáciles de pagar, era una situación peculiar, como nadie pagaba nada de lo que debía en dólares, y además, las tarifas habían subido, todos los transportistas tenían dinero, los pagos de la gente que debía en pesos nunca fueron más puntuales.
Jaime se presentó en la agencia Kenworth, habló con Alfredo Martos, que ahora sí lo recibió inmediatamente, le dijo que él estaba dispuesto a pagar, pero que entendiera que no le alcanzaba para pagar lo doble, aunque no llegaron a ningún acuerdo, el hecho de haberse presentado, no solamente esa vez, sino muchas otras, le sirvió muchísimo para mantener buenas relaciones.
La tarde caía nuevamente sobre León, chocolate con churros, nada mejor a las seis y media de la tarde.
—Hola—.
—Hola, qué milagro—, le dijo en tono más que amigable, Jaime se sentía entre nubes de algodón por su buena suerte.
—Vine a jugar contigo, pero no me dejan entrar—.
—Voy por ti en diez minutos, ¿Ok? —
Tras esperar un poco, apareció bajando las escaleras, era como un sueño, la mujer perfecta. Después de registrarse, se dirigieron a las canchas, pero, sin que ninguno de los dos dijera nada, cambiaron el rumbo para un pequeño jardín que había atrás del restaurante.
—Ven, siéntate, oye, me dejaste intrigada, ¿a qué te dedicas? —
—Soy camionero—.
—Pues se ve que te va bien de camionero—.
—¿Eres chofer?—.
—No exactamente, aunque lo fuí, tengo varios camiones—, Jaime pensó en lo curioso que funciona la mente femenina, va de un lado a otro como chapulín que brinca en el jardín, por otra parte, pensó, “transportista” se hubiera oído mejor.
—¿Es difícil manejar camiones? Me gustaría subirme en uno de esos enormes que tienen remolque, me gustaría aunque sea ir a Cuernavaca—, dijo, como dando órdenes.
—Me gustaría sentirme importante en la carretera, ver a todos los coches para abajo—, decía con entusiasmo de quien tiene todo, pero le ha faltado lo más simple.
—Si de veras tienes ganas, yo te llevo—.
—¿En serio?—.
—¡Claro!—.
—¡Estás bromeando!—.
—No, si quieres nos vemos en una semana. No, mejor de este sábado en ocho, te vienes temprano, y nos vemos aquí—.
—¡Sale!, ¿En verdad?—, decía mientras los ojos se le iluminaban con el brillo de quien va ha hacer algo emocionante.
—Ten, te traje un regalo—, Jaime sacó un estuche con un hermoso anillo de oro con un rubí.
—¿Oye, qué te pasa?, no te puedo aceptar esto, apenas te conozco—, Malena lo dijo casi de dientes para afuera, porque el anillo estaba precioso, además, no era, ni con mucho la primera vez que le regalaban una joya, algunas mucho más costosas, no tenía la costumbre de dejarlas ir, si no era por algo mayor.
Esta vez no se trataba de un viejo libidinoso que la quería conquistar, era un muchacho inteligente, tal vez sería así si hubiera sido hombre.
—Me tengo que ir, nos vemos a las ocho, ¿está bien?—,
Jaime asintió con la cabeza, jugando con el anillo.
Le diría después Don Paco:
“Ten cuidado con las muchachas, para ellas solo la pobreza es peor que el aburrimiento”.
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