Capítulo 14
…edad avanzada es cuando se te hace más fácil llegar a Nueva York que alcanzar tus agujetas.
El fin de semana se fue a Irapuato, no quería saber nada de la oficina. Llegó a su casa en la noche del viernes; al llegar, salieron sus papás a recibirlo. Aunque ya eran más de las doce..., en pijama lo acompañaron a cenar leche, Corn Flakes y unas quesadillas con frijoles.
—¿Se les antoja un jugo de zanahoria?—, dijo Pepe a la mañana siguiente, mientras bajaba la escalera con rapidez, su papá y mamá se voltearon a verse entre sí extrañados―.
—Voy al centro y vuelvo—, su mamá levantó los hombros y dejó oír un:
—”Bueno...”—, como los que decía cuando no entendía, pero tampoco tenía nada en contra.
Después de un rato siguió su camino y llegó hasta el puesto de jugos “Pacífico”, don David ya tenía canas, el hijo había engordado más y se veía que ya se dedicaba al negocio, también había un niño como de cinco años, “la siguiente generación”, pensó, la vida desde afuera se ve muy simple, seguro han de tener sus problemas, seguro deben existir muchos cambios, pero una de las cosas que daba por seguro es que el niño estaría dentro de veinte años atendiendo el puesto, y se habría casado con una niña que conoció desde chico. Tal vez por eso en la India hay tan pocos divorcios, los niños se casan con quien les toca casarse y punto.
―¡Debería haber alguna ley que nos dijera con quién casarnos y listo!—, pensó mientras tomaba su jugo de zanahoria. El ruido del centro de la ciudad le seguía fascinando, los voceros anunciando el Sol de Irapuato con un timbre que hacía que se oyera su voz a varias cuadras de distancia, las señoras barriendo la banqueta y el policía de tránsito preparándose para su concierto diario de silbato arriba de un taburete rojo con un letrero de Coca Cola; el panadero, siempre circulando en sentido contrario, haciendo su acto diario de equilibrio en su bicicleta con una canasta en la cabeza. El cine Irapuato con su aroma a palomitas, dulces de chocolate y grata oscuridad.
La vida debía cambiar, pero como siempre cambiaba, no como ahora cambia.
Se fue el sábado a la mueblería, se notaba algo cambiada, era natural, puesto que su mamá era la que se encargaba de ella, su papá estaba más en la constructora. Los empleados eran los de siempre, aunque había más personal, se notaba el mismo ambiente, parecía que a todos les apuraba el hacer las entregas, no se veían cosas tiradas en el piso, aunque todo se veía igual, Pepino lo veía distinto, un sencillo orden dominaba todo, no había computadoras, y nadie parecía necesitar una, bastante avance eran ya las calculadoras electrónicas, ya ni don Luis usaba su maquinita de vueltas y vueltas para hacer las cuentas.
Poco antes de las dos de la tarde. La comida todavía no estaba lista, la abuela preparaba sus tapas como todos los domingos.
Pepe se sentó en un banquito en la cocina, leyendo una revista de Mecánica Popular, Lucha entraba y salía para revisar la paella. Entró Margarita, la hermana de Pepe con una pintura de un cachorrito hecha al pastel.
—Mira, ¿te gusta? —
—Sí, está padrísimo, ¿sabes que le falta?: un cascabelito—.
Pepe hizo el comentario solo por hacerlo, recordando el cuadro que vio arriba de la chimenea de don Abraham.
Doña Alicia dejó de picar el ajo.
—Si le pones el cascabel siempre vas a saber por donde anda, a menos que no ande, claro—.
—Los cascabeles son para los gatos—.
—¿Por qué nada más para los gatos? Es más, le puedes poner un moño azul—, dijo, acordándose del cuadro.
—Estás loco, parecería un perro maricón—.
Doña Alicia escuchaba atentamente:
—¿De dónde sacaste eso del perro con cascabel y moño azul?—, dijo con tono serio.
—¿Qué te pasa, abuelita?—.
—¿De dónde lo sacaste?—.
Pepe respondió en voz baja:
—No sé, se me ocurrió—, dijo mintiendo—, ¿por qué, abuelita?
—El único perro con cascabel que yo he conocido se llamaba Estambre, era de un notario, pariente de tu tía Caro, —dijo haciendo una mueca—, ¿Cómo era el cuadro?—.
-En un jardín…, está con otros gatos en un jardín,,,,,,,,…., mintió inexplicablemente Pepino…—.
—Mhhh…. Balbuceó algo doña Alicia….., como espantando algo de su memoria…—.
El doctor Puente les había dicho claramente que evitaran las imágenes del pasado en España.
El domingo fue Pepe a jugar Tenis al Country, la nostalgia por Malena se incrementó, tenía nada de conocerla y ya la extrañaba.
La nostalgia fue mayor en misa, misa de doce en el santuario, cuando los afortunados se paraban a comulgar con sus novias y él se levantó solo como poste, se preguntaba si a Malena le gustaría vivir en Irapuato. No lo creía, ella sin sus Liverpooles y Palacios de Hierro, el Jockey Club y el Cero Cero no sabría vivir.
20 de noviembre de 1975, corrida de toros, muere por fin Franco, doña Caro había esperado a mandar correspondencia a algunas de sus antiguas amigas, tal vez la hacían muerta, tal vez ellas ya no vivieran ahí o ya hubieran fallecido, había traído su libreta de direcciones, ahora que ya había muerto Franco no veía porque no comunicarse con sus amigas y parientes de su tierra. Fue caminando a las nuevas oficinas del correo, depositó dieciséis cartas, alguna de ellas llegaría a su destino. Había dado como remitente un apartado postal anónimo, como última precaución.
Después de comer salió para México, le costaba tener que regresar a la casa de bolsa, la incertidumbre lo agotaba, ese fin de semana se sentía más cansado que ningún otro. Empezó a considerar la propuesta de Don Abraham, aunque no le gustaba, lo preferiría a pasar otros días como el viernes.
Fue hasta mucho después que comprendió por qué fue despedido, y también por qué fue contratado.
Era muy desagradable sentirse la “chaquira”, término que usaban para referirse a los inversionistas pequeños. Lo que sentía era perder la oportunidad de encontrarse de nuevo con la licenciada Esteve, se acercaba la convención en la Mansión Galindo, decía Jorge que valía la pena trabajar todo el año con tal de ser invitado, las comidas en el comedor de los “bananas” eran fuera de serie, una vez incluso conoció al chef Luengas. Tardaría mucho en volver a ese comedor.
Cuando llegó a su casa salió su tía a recibirlo con mucha apuración: —¡Ay, m´hijito, no te vayas a ir con prisa, tu papá está enfermo pero no es para que vayas a tener un accidente... !—.
Pepe no entendía a que se refería, pero al oír que su papá estaba enfermo corrió a detenerla, corría de un lado a otro, sin saber ni qué hacía.
—¿Está grave mi papá?—, su tía comprendió que nadie le había dicho nada, y en tono sereno le dijo:
—Sí, Pepe, tu papá está en el Sanatorio, habló tu mamá, que sería mejor que te fueras para Irapuato—.
Todos los asuntos que traía Pepe pasaron en ese momento a segundo plano, tomó el coche y se fue rezando todo el camino, al llegar al Sanatorio todavía encontró con vida a Don Pepe, al lado de su mamá que le tenía de la mano. Después de media hora murió. Le parecía que había un error, su padre no se podía morir, con tanta vida, con tanta seguridad, con tanta amabilidad, no se podía morir una persona como él, con esa fuerza: si estaba tan bien de todo, cómo era posible que solo porque se le tapó una arteria se muriera, era ilógico. Todo lo que pensaba, los consejos que le dio, los ratos de amable comprensión, hasta los corajes que hacia, los paseos en la avioneta, todo parecía un error de alguien, a Dios era el único al que le podía reclamar.
Sentía que las lágrimas que le salían por fuera le mojaban todo por dentro. Asomándose por la ventana del hospital veía a las personas pasar, ¡qué despreocupadas se veían!, tal vez no tuvieran un buen empleo, tal vez no supieran inglés, pero no tenían su pena, ni siquiera sabían de ella. Se refugió con Lucha, ahogada en llanto, trató de consolar a Aurelio, su hermano más pequeño, pobre, todos los años que no le tocaron vivir con un padre. La tarde cayó y llegó la noche, una larga noche.
Su primo Aurelio pagó los gastos del hospital, once mil pesos. No había reparado en eso, pero no había dinero para pagar la cuenta.
Efectivamente, Pepe no lo sabía, pero la devaluación había afectado mucho más de lo que el pensaba a la constructora, y lo malo es que estaba todo hipotecado, incluyendo la casa y la mueblería.
Su mamá estaba asombrosamente serena, aunque se le notaba el profundo dolor, más se ocupaba de consolar a sus hijos que de mortificarse ella.
La que se encargó de todos los trámites fue Graciela, que siempre había sido muy ecuánime, si había llorado, no se le notaba, había arreglado todo lo del sepelio.
—Yo siempre pensé que era más complicado..., —dijo a Pepe, en tono de confidencialidad.
Pasó todo lo fuerte, al salir a la calle y ver a la demás gente sentía Pepe una gran envidia por aquellos que caminaban como si nada hubiera pasado. “Uno se espanta de lo fácil de soportar que es el dolor ajeno”, decía su papá.
El lunes fue a hablar con el abogado y con el gerente del banco. Parecía que la muerte de Don Pepe se debió a una angustia por la situación económica en la que se encontraba.
El gerente del banco, que se suponía era amigo de la familia, ya había interpuesto la demanda de embargo precautorio de bienes, un proveedor hizo lo mismo, el socio con que estaba en la constructora, compadre de Don Pepe, hizo lo mismo..., total, los chacales estaban prestos a echarse sobre lo que quedaba de la presa.
Se necesitaban seiscientos cincuenta mil pesos para salvar lo apremiante de la situación. Al voltear la cara con los familiares todos se acercaron a ofrecer que podían, pero a pesar de la buena voluntad, no se alcanzaba a solucionar el problema. Después de platicar con su mamá, se dio cuenta de que aún vendiendo la casa no salían del apuro, a menos que...
—Lo único que puedo hacer es adelantarte dos años de sueldo, —le dijo don Abraham—. Le agradezco mucho, pero eso no me ayuda en este momento.
—¿Por qué no?, si es la cantidad de la que me hablas. ¿Pues a poco crees que te iba a pagar una miseria?—, a Pepe se le nublaron los ojos de la alegría y de agradecimiento.
Lo primero que se le ocurrió fue avisarle a su mamá, llegando a casa le telefoneó para darle la buena noticia, se sorprendió de que a su mamá no le diera tanta alegría, hay que pensar las cosas y fijarse en los ofrecimientos hijo, lo primero que hay que fijarse cuando se comete un error es no volver a cometer otro, el firmar en dólares fue uno, no quiero cometer otro. No hubiera pasado nada si nos debieran en dólares, pero nos debían en pesos, ese fue el error. Quedaron en platicar llegando a Irapuato al día siguiente. Después de explicarle a su mamá y de contarle lo del extraño trabajo, su mamá estaba aún más asustada.
Solo estuvo dispuesta a aceptar cuando Pepe le dijo que ni ella ni Pepe tenían que firmar nada, todo era de palabra.
Doña Alicia solo alcanzó a opinar.
—…se me hace muy rarito—.
A la semana siguiente ya estaba Pepe trabajando en la compañía de don Abraham, ya había hecho la transferencia.
Lucha tenía con que pagar, pero no por eso pagó, todavía tenía coraje con los amigos de su marido que habían interpuesto la demanda en cuanto se enteraron de su fallecimiento, incluso su sagrado compadre. Del gerente de Bancomer no le extrañó, siempre le había parecido falso y convenenciero. Ya con el dinero en la mano consultó con Paco, un primo segundo de su esposo, un abogado civilista con mucho prestigio en México. Lo primero que hizo para hacer tiempo fue interponer un recurso para cambiar el asunto de lo civil a lo mercantil, eso le dio tres meses de respiro.
Después de un juicio largo y tedioso ganó Lucha las dos demandas más grandes, en una Bancomer no tenía los pagarés originales, se habían perdido en la inundación, y en otra, la de su compadre, resultó más sencillo, ninguna de las notas estaba firmada por su marido, el punto clave fue que no reconoció la deuda, se transó en la vigésima parte del monto de la demanda. Hubo otras deudas que fueron cubiertas al cien por ciento y hasta con intereses, las de la quebradora de piedra y el asfalto.
Don Pedro, un hombre atrabancado y poco diplomático, pero honesto, que había asistido de lejos al funeral, nunca se presentó para cobrar, pero Lucha sabía que se le debía el dinero. Cuando se presentó Lucha, don Pedro le dijo que no le debía nada, Lucha le dio un cheque con el monto exacto. Don Pedro le dijo que no se lo podía aceptar porque ni siquiera tenía los documentos firmados. Ya los había roto. Lucha le dejó el cheque. Nunca apareció como cobrado en su nueva cuenta, número cincuenta y siete, de Banco del Centro.
Pepe llegó a su nuevo trabajo. Había que hacer inventario, las tarjetas para el doble conteo, don Benja lo orientó, del negocio de refacciones no tenía ni idea. Poco a poco, y gracias a los consejos de don Abraham fue tomando el control del negocio. Lo primero que le recomendó fue eliminar las piezas obsoletas. Mira, por un lado tienes que dar buen servicio, pero por otro, debes de simplificar la operación, me da la impresión de que tienes refacciones para camiones de marcas que ya ni tenemos. Recuerda, lo primero es dar servicio a la transportadora. Cancela los créditos, ¿cuántas personas tienes en ese departamento?, ten en cuenta que los otros solo nos compran cuando no encuentran en otra parte, que le vamos a hacer, les dan celos. Y si solo te compran lo que nadie más tiene, ¿para que les das barato y a crédito? No tiene caso.
No pongas un margen de utilidad parejo, mira las piezas de mucho movimiento y de alto precio, gánales poco; a las de bajo precio y bajo movimiento por lo menos cárgales el doble, nadie se quejará.
Nunca luches contra el precio de mercado, ni te fíes de esos tontos que todavía creen en el control en los descuentos. Ni siquiera asistas a esas juntas, no vale la pena perder el tiempo.
El ambiente era totalmente distinto que en la casa de bolsa, aunque no faltaba la muchacha guapa que hay en todas las oficinas, el nivel de arreglo era totalmente distinto, se veía que aquí tenían que trabajar.
Antes de la hora de la comida se dio cuenta que los saldos estaban bien corridos, lo que no checaba para nada eran los documentos que tenían adentro, unos que ya estaban pagados aparecían allí, y otros que no estaban pagados no estaban. En la tarde le trajeron otro montón de facturas, esta vez eran las que se debía a los proveedores. Tardó buen rato en ordenarlas, lo primero que pensó es que si se perdía alguna, nadie se daría cuenta. Realmente, los proveedores tenían razón en preocuparse por sus pagos.
En algún momento sintió ganas de ir con el contador y decirle que no checaba nada, pero pensó que él ya lo sabía, y que se vería como un novato dando noticias que todo mundo conocía.
Al tratar de mover la pieza, don Abraham rozó con su manga la reina y calló al suelo, cerca de su zapato, Pepe se le quedó viendo, don Abraham le pidió con la mirada que la recogiera.
―Edad avanzada es cuando ves mucho más fácil ir a Nueva York que a tus zapatos—, dijo, mientras Pepe recogía la pieza que se había caído—. Y de las reinas ni hablamos —dejó caer la ocurrencia con picardía casi juvenil. Pepe captó el doble sentido y se sonrió con él. Don Abraham inmediatamente recobró la postura.
Durante el juego, don Abraham le fue pidiendo más datos sobre lo que le había dicho de las cuentas, de una forma casual también le pidió que consiguiera un gerente, que viera a varias gentes de las que Pepe conocía y que le trajera varias propuestas.
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