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Mil Novecientos treinta y nueve
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Ruben Nohuit
Capítulo 0
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18

Capítulo 16

…siempre hay un punto de conveniencia, ni tanto que no salga el jugo, ni tanto que se desperdicie la mitad del limón.

—¿Te acuerdas de mí?—, se le acercó el joven que se le hacía cara conocida.
Jaime hizo una mueca de interrogación típica en él, cerrando parcialmente el ojo izquierdo como para aguzar la memoria.
—Te doy una pista, me debes una llave de estrías y una perica—.
Irapuato, en ese momento recordó la escena, era el que estaba en el segundo piso arriba de la mueblería.
—¿Qué haces aquí?, ¿tienes camiones?, ¿trabajas en Cummins?—
—No, trabajo en Transportes Culiacán, corremos para Tijuana—.
—Sí, conozco los camiones, verdes con franja amarilla—.
—Y tú, ¿que haces?, ¿eres hijo de don Cuco?—
—No, para nada, lo acabo de conocer, él tiene muchos camiones, yo voy empezando—.
—¿Cuántos tienes?—
—Ocho—.
—¿Tuyos? ¿Pues cuántos años tienes? —
—Voy a cumplir veinte—.
—¿Tu papá tiene camiones?—
—No, se dedica a otra cosa—, Jaime se dio cuenta de que a su interlocutor no le quedaba claro el asunto al ver el gesto en su cara. Siguió la plática sobre el futuro del transporte.
Pasó la comida, no se volvieron a ver hasta la noche, después de darse un baño se encontró nuevamente con Pepe en el bar “Mi Pueblito Cantina”, que estaba dentro del hotel. Invitaron a Pepe y a José Luis a la mesa de Jaime en donde ya había más de ocho gentes.
Después de un rato llegó Javier.
—¿Qué están haciendo aquí?, vámonos—.
—¿A dónde?―.
—Oooh, ustedes síganme, es aquí cerquita—.
—¿En dónde es, por si nos perdemos?―,
―En el Guadalajara Grill―.
Eran apenas las nueve de la noche, por el ambiente parecería la una de la mañana, los muppets ambientaban y mareaban a medio restaurante, los mariachis acompañaban a los que se animaban a cantar.
Después de diez minutos les asignaron mesa, un chiste común de José Luis sobre las cartas y en poco rato ya estaban ambientados, unos tequilas ayudaron, Jaime se excusó, seguía siendo abstemio. El recuerdo que le traía el vino asociado a su infancia hacía que le causara repulsión. En la mesa contigua estaban sentadas cuatro muchachas, se veía que la pasaban bien sin compañía masculina; en otras mesas gente joven platicaba animadamente. Sin mucho que decir los que estaban en la mesa se dedicaban a escuchar mientras les servían las cubas. Jaime se levantó para ir al baño, poco antes que Pepe, al subir las escaleras se dieron cuenta que los baños estaban ocupados. Pepe hizo un ademán de despreocupación seguido por una sombra de golpe de revés.
—¿Juegas tenis?—, preguntó Jaime, casi al mismo tiempo recordó una escena del club Atenas. Se dio cuenta de que Pepe también recordó en ese momento donde se habían visto por primera vez.
—¿No jugaste en el Atenas alguna vez?—, siguió Jaime, notaba que Pepe no alcanzaba a relacionar por completo, después de todo Jaime era bolero, y su posición ahora era radicalmente distinta.
—¿No te acuerdas?, me ganaste el primer set seis cero—.
Pepe caía en la cuenta todavía desconcertado, a forma de media pregunta le dijo:
—Y tú me ganaste los otros dos sets—; un baño se desocupó
—Pérame, la urgencia es la urgencia—, dijo Jaime.
Se encontraron nuevamente en la mesa, Pepe empezaba a tomar su segundo tequila cuando se acercó el mesero diciendo que alguien tenía que pasar a cantar de los que estaban en esa mesa. José Luis empujó a Pepe, Jaime se levantó,
Te acompaño.
—¿De dónde son?—, preguntó el mesero.
—De León—, dijo Jaime.
—De Irapuato—, dijo Pepe.
—“El dueto Guanajuato”—, los presentó el capitán, Caminos de Guanajuato, la canción obligada.
La voz de Jaime opacaba la de Pepe, quien se limitó a hacer la segunda. Las cuatro muchachas de la mesa contigua empezaron a gritar pidiendo otra canción.
Tenía ya casi dos años que Jaime no acompañaba a su papá a trabajar en el Mariachi “Chapala”, estaba por pedir el violín al mariachi cuando vio que Pepe se le había adelantado con la misma idea.
—¿Amorcito Corazón?—, Jaime asintió con la cabeza, aclarando la garganta mientras se acercaba el micrófono, vio a Pepe tocar los mismos armónicos que Don Paco. La canción fue un éxito, todo el restaurante aplaudió, el silbidito de Jaime siempre le había dado buenos dividendos.
Ya en la mesa Jaime le preguntó a Pepe:
—Oye, ¿y esos armónicos? —.
—¿Cuales?—.
—Mi, la, re, sol—.
—Es costumbre de familia —Jaime volvió a preguntar.
—¿Es española tu familia?—.
—Mmh..., mi mamá nació allá...—.
—Qué curioso—, terminó Jaime la conversación.