Autor
Mil Novecientos treinta y nueve
Descarga en ebook
Regresar a: www.ruben.com.mx

Ruben Nohuit
Capítulo 0
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18

Capítulo 17

…no pierde el que se enoja, sino el que se deja llevar por el enojo.

Llegó Lucha a la casa de su cuñada, acompañada por Pedro, hermano de Pepino; después de los recibimientos formales de la tía, tía por parte de su papá. La relación entre ellas siempre había sido tensa, pero llevadera.
Pepe chico daba a su tía una cantidad más que suficiente para pagar su mantenimiento, de cualquier forma el entendido era que Pepe estaba ahí como un favor a su difunto padre. Desde la devaluación, la tía había visto bastante mermado su capital, y el tema principal de la visita era el de la casa de Acapulco que mantenían en copropiedad. El tema se trató inesperadamente en la cena, se dio por iniciada la plática sobre el tema con un aclaramiento de garganta y un levantamiento de cejas por parte de la tía, acompañado de un gesto con la barbilla mientras pronunciaba un “bueno”, como indicándole a Lucha que era hora de que sus hijos se retiraran, Lucha le dijo en tono amable que prefería que se quedaran, puesto que ya estaba grandecitos, y además, dijo como dejando caer las palabras,
―Nuestra parte de la casa de Acapulco está a nombre de ellos―.
Pepe observaba divertido, mientras veía como la mucha-cha de servicio se reía discretamente. La situación de la Sra. Lucha era muy distinta al tiempo en que enviudó, ahora, el fraccionamiento, no sólo se salvó, sino que se estaban trazando otras dos calles más, además de la mueblería que seguía siendo la maquinita de dar dinero de toda la vida. Los terrenos que había comprado Lucha en las afueras de Irapuato habían quintuplicado su valor al instalarse una tienda de autoservicio exactamente a un lado.
Lo que menos quería Lucha era aprovecharse de la situación, tenía la esperanza de llegar a un arreglo justo, pero no quería de ningún modo regalarle la casa a su cuñada. La plática empezó con un desdeñoso:
—Pues tú dirás...—, de parte de la cuñada.
—Estoy aquí porque tú me dijiste que querías arreglar lo de la casa de Acapulco—, le dijo en tono amable pero no sumiso.
Aclarándose nuevamente la garganta continuó la cuñada
—Dado que falta Pepe, es muy normal que necesites dinero...—.
—No necesito dinero—, dijo rápidamente, todavía conservando la amabilidad. La tía levantó las cejas y dejó oír un:
—Qué raro—, calculadamente audible.
Pepe volteó a ver a su mamá, esperando ver alguna reacción después de esa grosería, para sorpresa de él, su mamá estaba ecuánime tomando otro sorbo de café.
—El avalúo dio trescientos mil dólares, si estás de acuer-do firmamos la semana que entra y te doy la mitad, ahora que ya quieres vender...—, le dijo como recordándole que no quiso vender cuando a Lucha le hacía falta ese dinero. Hasta ahora Pepe estaba comprendiendo muchas cosas.
—Yo no tengo ninguna necesidad de vender, y trescientos mil dólares son una bicoca para mí—, dijo la tía después de soltar una sonora carcajada de desprecio.
—Hay dos mal entendidos aquí—, dijo Lucha.
—Primero, tú me hablaste diciendo que querías vender, segundo, no son trescientos mil dólares para ti... son ciento cincuenta mil—, dijo mientras daba un sorbo a la taza de café. Pepe estaba divertido por el aplomo y firmeza de su mamá, nunca la había visto tratar negocios y se sentía orgulloso de ella.
—En ese caso mejor yo te compro—, blofeó la tía.
—De acuerdo, tú me dices cuándo pasamos a firmar—.
La tía se puso nerviosa, sabía que la había tomado en terreno falso.
—¿Y yo para qué quiero esa casa?, ¡ni que estuviera loca!, tú la quieres porque seguramente te vas a casar pronto y quieres disfrutar todas las propiedades que te dejó mi hermano con tu nuevo marido—.
Lucha seguía serena:
—Te doy ciento cuarenta mil dólares—.
—¿Qué te pasa, hace diez minutos me decías ciento cin-cuenta mil?—.
La miró con ojos desorbitados:
—¡Dame los ciento cincuenta mil que me habías dicho!—
Pepe miró a su mamá sorprendido de la forma de cobrarse la afrenta, pidió permiso para retirarse y se fue a la cocina con su hermano, y volvió a los pocos minutos, ya solo. Al volver se dio cuenta de que su tía había seguido soltando la lengua, porque la oferta ahora era de solo cien mil, la tía ya había dejado atrás todas las poses de educación y de pretendida riqueza, ahora estaba desesperada reclamando las anteriores ofertas, y ya no ofendía a Lucha tal vez por miedo de que bajara aún más la oferta.
—Está bien, pero necesito el dinero la siguiente semana sin falta—.
—Muy bien—, la tía se levantó de la mesa como si no hubiera pasado nada.
—Las sábanas están limpias—, espero que no tengan frío, si necesitan cobijas, hay en los closets.
—Que pasen buenas noches—, dijo despidiéndose de beso con todos. Lucha dirigió un guiño de ojo a sus hijos. Una vez arriba, los dos se acercaron a Lucha,
—Mamá, tenemos que bajar las cosas del coche, como estaban las cosas estábamos seguros de que no íbamos a dormir aquí—.
—Hijos, no pierde el que se enoja, sino el que se deja llevar por el enojo, que pasen buenas noches—, dijo, dándoles un beso.
Se quedaron los dos mirándose:
—Qué bueno que a nosotros nos castigaba con nalgadas, si nos hubiera castigado con dinero no nos alcanzaría la vida para pagarle—, dijeron con buen humor mientras se ponían la pijama.
Finalmente, después de regateos por el pago de impuestos, la operación se hizo finalmente por ciento cincuenta mil, Lucha pagó lo que debía pagar, aunque les dijo después en tono de confidencia: — “...aunque se hubiera dado con ochenta mil...”—, sonriendo pícara-mente. Pepe se explicaba ahora por qué los negocios en Irapuato iban para arriba.
La tarde caía suavemente sobre el patio, Don Paco leía El Excélsior en un sillón de hierro forjado pintado de blanco, junto a una de las macetas blancas sembradas de geranios. Levantó la vista por arriba de sus lentes para recibir a Jaime que llegaba.
—Muchacho, ¿dónde andas?—.
—Aquí Don Paco—.
—Ven platícame, hace mucho que no me cuentas nada, puras celebraciones—, dijo alargando la “e” final a forma de congratulación. Últimamente se le notaba más el acento español en las ces. Jaime se desvió a la cocina para saludar a doña Mati—.
—Hola, hijo, ¿un cafecito?—, respondió la señora, amable, y como siempre, reservada.
Jaime no dejó de notar los calcetines blancos de Don Paco, quien al darse cuenta de la mirada le dijo:
—¿Ya vas a criticarme mis calcetines?—.
—No, Don Paco, nada más se me hizo raro—.
—¡Ja!, lo que pasa es que hoy amanecí de rebelde—, siguió diciendo levantando las dos cejas, como burlándose de él mismo. Platicaron mientras leían el periódico.
Al ver el estuche de violín se acordó de Guadalajara.
—Ni le cuento que me tocó cantar y tocar el violín en Guadalajara—.
—Por cierto, ¿se acuerda de un cuate que me prestó herramienta para conectar el Inter en la inundación de Irapuato?, pues me lo encontré de vuelta—.
—Mhhh—fue el comentario de Don Paco.
—Por cierto también toca el violín—.
Don Paco volteó a verlo con más atención. Con tono de sorpresa, Jaime continuó:
—No me lo va a creer, pero usa los mismos armónicos—
—¿Cuál, el de...?—.
—Sí, ese mero, mi, la, re, sol...—.
—Y es de Irapuato, ¿verdad?—, preguntó Don Paco.
—Sí—, Jaime notó que era algo realmente importante para él.
—¿Tienes su teléfono?—,
—El de México, él no vive en Irapuato—.
—Está bien, ¿lo tienes aquí? —
—Sí, tengo su tarjeta—.
Llamó del teléfono de la cocina.
—¡Chaparrita, ponte el chal que vamos a Irapuato!—, Doña Mati, callada como siempre, fue a su cuarto para cambiarse de ropa.
Jaime terminó de hablar por teléfono, ya tengo la dirección de la mueblería y de su casa, Don Paco medi-taba, decidió llevarse el saco Beige nuevo para encon-trarse con su hermana, salía al patio donde estaba Jaime, que le dijo:
—Oiga, ahora que me acuerdo ¿sabe que la mamá de Pepe es española?—.
—Vaya que si lo voy a saber, si es mi hermana—.
—Vente si quieres ver algo interesante—, subieron al Dodge Dart a esperar a doña Mati para partir a Irapuato.