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Mil Novecientos treinta y nueve
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Ruben Nohuit
Capítulo 0
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18

Capítulo 18

Doña Alicia extendió el brazo para contestar el teléfono.
—Aloooó, ¿doña Alicia?, ¿Lucha?—, se oyó una voz emocionada.
—¿Alicia...?—.
—¿Quién eres?, dijo doña Alicia en tono amable—.
—Mariana, la hija de Lucero, de acá de España—.
—¿De cuál...?, ¿Marianita?..., mi reina, ¿cómo están?, ¿cómo están tus papás? Esta sí que es sorpresa—, dijo en tono por demás castizo, dejando el tejido a un lado, y tapándose el oído izquierdo con el dedo, concentrándose en la plática.
—Recibimos tu carta en la mañana, no te hablamos inmediatamente porque te despertábamos, mira que nos esperamos hasta que fuera buena hora, qué sorpresa recibirla... —se oyó un silencio.
—¿Qué pasa...?—, dijo doña Alicia.
—¿Algo malo?, ¿tus papás...? —
—Bueno, mi don Luis ya se fue a platicar con los angelitos...—.
—Hija, qué forma de decirlo...—.
—Mamá está un poco enferma, pero está bien..., doña Alicia, lo que pasa es que estoy un poco confundida..., en la carta me dice que habían matado a Carolina, a su hijita y a Patxi, pero, doña Alicia, eso no es posible... —
—¿Cómo que no?, ¿qué quieres decir? —
—Doña Alicia, Patxi estuvo con nosotros hace poco más de dos meses—.
—¿Cómo que estuvo con ustedes?, ¿vivo?—.
—Claro que vivo, estuvo platicando con nosotras, él creía que ustedes habían muerto. Pero mire, él se lo podrá contar mejor, aquí nos dejó una tarjeta con su teléfono. Si quiere, se lo paso—.
—¡Claro hija, claro, imagínate nada más...!, ¡Qué cosa Dios mío!, espera un momento, Luchaaa, ¡¡¡que tu hermano vive!!!, y vive en México... —,
—Si yo sabía, Virgen Santa del Cielo, contesta el teléfono, es Marianita, la hija de Lucero...—
—¿Luchaa?, hola, tocayita, ánimas del cielo, creí que nunca sabría de ustedes, oye, ¿por qué dice mi mamá que vive Patxi?—
—Pues, ¿por qué va a ser?, porque es cierto, mira, estuvo aquí sentado en mismo sillón que estoy yo hablándote—.
—¿Y cómo está?, ¿es un anciano?, ¿está sano?—,
—¡Ay mi reina, está majísimo con sus canas y su vocesota!—.
—Pero, Lucero, ¿en dónde vive?, ¿tienes su teléfono?, mira aquí tengo su tarjeta, dice León, Gto. Sé que es en México porque me lo dijo, que aquí no dice..., mira, su teléfono es el 7 2205 y me dijo que había que marcar antes cuatro siete uno—.
—Marianita, dame tu teléfono..., ¿te importa si nos hablamos luego?—.
Colgando marcó a León y nadie contestó. Después de varios intentos habló a España para checar el teléfono, Mariana se lo confirmó, estaba bien.
—Calma madre, hemos esperado tantos años, que no esperemos a que regrese a su casa—.
—Pues no, yo no aguanto, háblale a Marianita para que te dé su dirección, seguro la tiene, y por supuesto nos arrancamos a verlo, faltaba más. Mientras consigues la dirección yo me voy a dar una arregladita. ¡Patxi, mi hijo, Patxi!—.
Todavía se estaba arreglando doña Alicia cuando se oyó el timbre. Dos timbrazos cortos, un tiempo y luego otros dos timbrazos. Lucha se quedó boquiabierta, recordaba perfectamente que así tocaba su hermano.
—¡Es Patxi!, ¡Dios mío, no puede ser!—, bajó las escaleras apuradamente y abrió la puerta, al verlo se quedó paralizada, la garganta se le cerró y las piernas se le debilitaron, tantos años, solo con la lejana esperanza de que viviera, verlo nuevamente, solo le alcanzaron las fuerzas para levantar los dos brazos. Patxi subió los dos escalones para abrazarla, los dos hermanos se estrecharon sin poder hablar. Lucha soltó en llanto.
—Pero Patxi, ¿cómo nos encontraste?, justo íbamos a León, nos acaban de dar tu dirección hace una hora—.
—Pero, mírate, estás igual a la tía Carmen—.
—Y tú a papá—. Se miraron unos segundos a los ojos, tomados de las manos.
Patxi presentó a doña Mati y a Jaime:
—Pasen, hay que ver cómo se lo decimos a mamá, no se vaya a enfermar—, volteó al no obtener respuesta. Esta vez era Patxi el que estaba mudo, de sus ojos, ya humedecidos brotaron gruesas lágrimas.
—Pero, Dios mío, ¿creías que ella ya había...?, claro, qué tonta soy. Pasen, pasen, siéntense. Voy a ver a mi mamá, no sea que se venga rodando por las escaleras. A la mitad de las escaleras volteó:
—¡Claro que eras tú!, ¿no viniste a jugar golf a Villas hace como un año?—.
—Sí, por supuesto, y luego ¿por qué no me buscaste?—
—Es una larga historia—, dijo Lucha.
A mí me pareció verte entrando a una fiesta en la Posada de Belén.
—¡Claro, yo también te vi Patxi!, pero me pareció una alucinación. Creo que mejor subes, deja preparar el escenario—, le dijo cerrándole un ojo, con la misma coquetería de su niñez.
Doña Alicia terminaba con dificultades, de ponerse su vestido, después de peinarse. Piedad la ayudó a ponerse los zapatos.
—¿Ya nos vamos?, traite la caminadera, oí voces, ¿quién llegó?—,
—Patxi—, le dijo tranquilamente Lucha.
—¿Cómo Patxi?—.
—Así es, está allá abajo—.
—¿Mi Patxi, m...?—, no pudo agregar más, con la cabeza asintió Lucha, también presa de la emoción. Se le quedó viendo a la imagen del Perpetuo Socorro que tenía arriba de su cabecera. Trató de aclararse la garganta, inútilmente, con la mano le hizo señas para que lo pasara. Lucha salió del cuarto y se asomó por las escaleras, al pie estaba Patxi esperando la señal para subir de dos en dos los escalones.
Asomó Patxi por la puerta abierta, alcanzó a ver los zapatos negros con discretas medias color carne. El estómago otra vez lo traicionaba, apenas podía mover los pies, su pelo, naturalmente peinado se veía ahora fuera de lugar por la emoción. Sintiendo los labios secos avanzó los dos pasos que le permitieron ver a su madre sentada en el sillón con sus grandes ojos nublados viéndole como quien ve a un santo.
Dio cuatro pasos para llegar a su sillón y cayó de hinojos para besarle sus manos, pasándolas por sus mejillas, y besándolas nuevamente, recargando su cabeza en el regazo de doña Alicia, que respiraba profundo entre sollozo y sollozo. Doña Alicia pasaba los dedos de su mano por entre los perlados cabellos de su hijo. Lucha observaba la escena bañada también en lágrimas, después de un rato pidió a Piedad galletas y té.
Estuvieron platicando mientras llegaban Pedro, Aurelio, Martha y Margarita de la escuela. Fueron presentando a su tío, hablaron con Pepe, tenía un problema que le impedía ir de inmediato con ellos.
Comieron todos juntos, tratando de atar todos los cabos, Bassols salía a relucir cada dos minutos. Jaime llevó a doña Mati a pasear en el coche mientras don Paco estaba con su familia.
—Yo sé de alguien que puede ser, —dijo doña Alicia—, ese señor para el que está trabajando Pepe, tiene el aire de Bassols, lo puedo oler. Y apostaría a que tiene el cuadro de Carolina con el perro y su cascabel, de seguro lo tiene colgado en su despacho—.
—Vamos a hablarle a Pepe y verán—.
—¡Ay, Lucha qué lástima que ya se murió tu marido!, que si no, ¡mira que tantos años de creernos locas!, ¡ya ves, a ti hasta al doctor te mandó!—.
Después de varios minutos lograron localizarlo:
—Te paso a tu abuela, que quiere hablar contigo—.
—Pepino, oye, hijo, ¿te acuerdas de lo que me dijiste del cuadro del perro con un cascabel?—.
Pepe trastabilló:
—Sí abuela, sí me acuerdo—.
—Bueno, pues ahora sí dime dónde lo viste, y déjate de cosas—.
No se escuchó nada por el auricular por unos segundos.
—Está en casa de don Abraham, el señor que nos prestó el dinero cuando la muerte de mi papá—.
—Mira,  pues si lo quieren ver, apenas es tiempo, —continuó Pepino—, está enfermo desde hace mucho tiempo y ya está agonizando, vive en México en Polanco. Solo que no se apellida Bassols…—.
—Claro que no, se puede apellidar como quiera, pero es él—.
—No vayas Patxi—, le dijo doña Alicia a su recién encontrado hijo.
—Imagínate mi preocupación, recién te encuentro, te pasa algo y me vuelvo loca—.
—¿Para que vas?, ¿que vas a arreglar?—.
—Lo quiero ver a los ojos madre…—.
—Déjalo morir en paz,,,—.
—Háblale por  teléfono Pepe, a ver si nos recibe…—Pepe llama desde el teléfono de la estancia, todos escuchan la conversación…, “… que nos está esperando”.
—Eso es lo que quiero, cerrar todo esto, solo quiero verlo, es todo, ¿me  puedes dar la dirección o me acompañas?—.
—No hijo, no me dejes, yo voy con ustedes…, yo también…. Dijo Lucha…—.
—Bueno, vamos…—.
Se fueron todos en la camioneta blanca, iba manejando Patxi, a su lado, en el asiento de adelante Mati, doña Alicia, a pesar de todo, no quiso tomar un lugar que le correspondía a la esposa, decía. Se fue atrás con Lucha y Carmen.
El recorrido hacia México fue todo platicar y ponerse al tanto de tantos años de ausencia, consecuencia de los engaños del notario Bassols…
—Malena, ¿como es Malena?...,  ella es hija de Almudena?, ¿Qué se hizo Almudena?, ¿no sabes si es hija de Bassols?—.
—No me suena el nombre, tiene una nieta en París, la mamá de Malena, de eso me estoy enterando hasta hace poco—.
—No puede ser su  nieta, dijo doña Alicia, ha de ser Almudena, la hija de Caro mi hija, o sea, esta muchacha, Malena, es mi bisnieta, Pepe, ¿como es?, ¿es bonita? —.
—Sí abuelita, es muy bonita, de pelo negro, alta, de nariz respingada…—.
—Sí, es hija de Almudena, seguro, que será de Almudena, seguro sabremos…, que de cosas Dios mío…—.
Llegaron a Polanco,  guiados por Pepe se estacionaron enfrente a la casa de Bassols, ahora don Abraham….
La habitación tenía un olor desagradable,  Malena esperaba sentada en la silla junto a la puerta, el médico, callado, tomaba el pulso.
Se oyó el timbre, dos toquidos breves, Bassols abrió los ojos automáticamente, hizo una seña con la mano para que no fueran a abrir, pidió que lo ayudaran a bajar de la cama, lo ayudó el médico, Bassols con esfuerzos encontró sus pantuflas para dirigirse con dificultad a la ventana, abrió con su mano izquierda la pesada cortina, en la puerta, detrás de la reja estaban Patxi y Lucha, doña  Alicia esperaba en el coche. 
Miró a cada uno de ellos, ellos correspondieron en silencio a su mirada. Con la misma dificultad se acostó nuevamente en su cama, el doctor lo cobijó, le pidió a Malena que se pusiera de pie, la observó unos segundos y expiró con un leve gesto de dolor….
El vestido que llevaba Malena era muy parecido al que tenía Carolina en el óleo.
Se acercó y le cerró los ojos, no hubo lágrimas en su rostro, bajó para abrir la puerta.
 Al bajar la escalera estaba la sirvienta esperando para abrir, Malena le hizo saber con un breve gesto de autoridad que ella se encargaba de la puerta.
Malena abrió, buscando la mira de Pepe, luego de abrazarlo cariñosamente, dirigió la mirada a Patxi, quien escuetamente le preguntó,,,,
—¿Ya murió?... —.
Malena asintió con la cabeza.
—Pasen por favor—. 
Patxi regresó a la camioneta, después de unos segundos de conversar con Doña Alicia se acercó a Lucha, quien sin decir palabra y asintiendo con la cabeza retornó por la puerta izquierda, para acompañar a su mamá.
Patxi entró al recibidor junto con Pepe y Malena, se sentaron en la pequeña sala, antes de sentarse Pepe vió el tablero de ajedrez, tenía la jugada final, el peón coronado.
 Platican con afabilidad por unos minutos, Malena cruza la pierna con sus zapatos de color rojo, justo de la forma en que lo tiene cruzado Carolina en el óleo del piano que domina la estancia.

 

 

FIN