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Mil Novecientos treinta y nueve
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Ruben Nohuitol
Capítulo 0
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18

Capítulo 2

…no cierres puertas, normalmente el que queda encerrado eres tú.

1956, la música de Ray Coniff recorría el restaurante “La Playa” en Irapuato, era el tiempo en que los caballeros se vestían de traje los domingos. Las mesas recubiertas de Formica mostraban orgullosas los Sundaes, las Tres Marías y los Banana Splits.
En la parte posterior del amplio restaurante estaba el boliche, cuatro mesas, si se estaba en el lugar adecuado se podían oír al mismo tiempo el sonido de las chuzas, “Los blancos riscos de Dover”, el ruido de los platos al ser servidos, y las pláticas y risas propias de un restaurante siempre concurrido y muy bien iluminado por las modernas lámparas de neón.
Lucha se empeñaba en aparecer natural con su embarazo de nueve meses, su limpio cutis lucía todavía mejor debido al estado de gravidez.
Las frecuentes discusiones entre su mamá y su suegra habían hecho que ella se integrara como elemento de decoración a la familia de Pepe, su esposo. El abandonar a su madre los domingos no sería tan difícil si no tuviera que añadirse a la familia de su esposo.
Un Ice Cream Soda aliviaría el calor que sentía. El mesero traía como adelanto las galletas de barquillo Macma, cinco galletas. Lucha tomó la primera, nadie más la siguió, estaba segura de que si su suegra hubiera sido la que hubiera tomado la galleta su marido hubiera tomado inmediatamente la siguiente, pero como había sido ella nadie la seguía, solo para hacerla sentirse mal, estaba segura. Con el embarazo se había vuelto muy sentimental, lloraba por todo, y sentía que todos la ofendían. La rocola tocaba ahora “Tema de un lugar de verano”, a lo lejos vio a “Canica”, su amiga, pasar con su novio, con pasos largos y elegantes, sonriendo, segura de sí misma. Así solía ser ella, ahora no se podía ni mover por el bebé que estaba por nacer. Pepe se refería siempre a “el niño”, doña Trini también daba por seguro que sería varón. Lucha sentía que todo había cambiado desde que se casó, antes Pepe era todo para ella, salían con amigos mutuos, con la “bolita” de amigos, ahora parecía pato con sus zapatos bajos y su panza por delante. “Nunca nos vamos a separar, siempre vamos a ser las mismas amigas”, estas y otras promesas quedaron en el olvido desde que salió de la Iglesia. Se oyó el sonido del vapor de la cafetera “La Cimbali” sirviendo un capuchino, luego el sonido lejano de una chuza, ahora era “De buen humor”, Glenn Miller en la rocola, los sonidos se sucedían uno a otro, el mesero, el “Silver Fox”, le sirvió por la derecha su copa de nieve de vainilla y la Coca Cola, una larga y delgada cuchara metálica para hacer la mezcla. Entre tantos sonidos hubo uno nuevo, suave y húmedo. No había sido espectacular, pero Lucha sabía perfectamente lo que significaba, lo que también sabía era que ella no dejaría ir su Ice Cream Soda solo porque se le había roto la fuente. —Se rompió la fuente en la fuente de sodas—, se había acostumbrado a guardar sus chistes, antes los compartía escandalosamente con sus amigas, ahora hasta los chistes le causaban nostalgia, es por el embarazo, dicen, todo cambia. Terminó con calma su helado y otra galleta, después con parsimonia, le avisó a Pepe. Doña Trini la miró como se mira a una vaca, ―hay que llevarla al hospital—, Lucha la veía con asombro, buscó la mirada de su marido, que solo acertó a levantar las cejas: —Vamos, mi amor—. Afuera estaba el Ford Victoria, dos colores, verde fuerte debajo de la moldura y verde más claro en la parte superior. Era la avenida Guerrero, la principal de Irapuato; al salir Lucha, tal vez por el olfato más desarrollado por el embarazo, alcanzó a identificar el aroma de los “Camarones Jackson”, famoso plato del restaurante Cadillac, del otro lado de la calle. ¿Y nosotros en qué nos vamos a ir?, alcanzó a decir doña Trini, tan fuerte que el señor Cuevas, propietario del restaurante, se apuró a ofrecerle llamar a un “sitio”. Pepe solo volteó los ojos para arriba y tomó amablemente el brazo a Lucha para que se subiera al coche. Lucha, al notar que su esposo dejaba a su madre en el restaurante por atenderla dejó ver una amplia sonrisa, ahora no solo sería su esposa, sino la madre de su hijo; se sentó en el amplio asiento de tapiz plástico blanco y verde, Pepe movió la palanca de velocidades hasta que la aguja roja marcó la “D”. 
Se oían los pasos de zapatos de suela dura, bostonianos, siempre bien boleados. Fumando un cigarro Raleigh, Pepe caminaba de un lado a otro en el pasillo. Lucha ya estaba con la máxima dilatación, atendía el parto el Dr. Benjamín González.
En el cuarto número 11 los familiares esperaban noticias. Ya había llegado doña Alicia, madre de Lucha, vestida en forma conservadora, falda larga de lana, suéter gris. Estaba también, por supuesto, la mamá de Pepe, doña Trini , como siempre, vestida de negro, junto a sus otros hijos, mayores que Pepe, unos sentados en la cama y otros en unas sillas verdes con brazos circulares que había en el espacioso cuarto que le habían asignado. Pepe, ya mayor, le llevaba a Lucha quince años, y estaba allí a los nueve meses y pocos días después de haberse casado; su hermana Esther se había encargado de llevar perfectamente la cuenta, y hubiera estado feliz de que se hubiera adelantado el parto, soltera ella, y ya grande, se deleitaba haciendo conjeturas y comentarios irónicos: en el fondo era buena gente, pero en el fondo.
Doña Trini estaba especialmente molesta porque a Pepe se le había ocurrido comprarle a su esposa una televisión, suficientes trabajos habían pasado para que ahora la muchachita se quede con los frutos.
Estaba también Luis, hermano de Pepe, sentado con la pierna cruzada, y deteniendo su sombrero arriba de la rodilla, resultaba de figura agradable, alargada como pintada por El Greco, fumaba cigarrillo tras cigarrillo, y movía la punta del zapato rápidamente en acelerado tic nervioso. Aceleraba el ritmo cuando entraba la enfermera, especialmente guapa. Se erguía sobre la silla y no dejaba de decir algún elogio a la muchacha, en tono suave, grave y prolongado, silbando ligeramente las eses.
En la sala de operaciones estaban el doctor González y su hijo, que estaba haciendo sus prácticas. La clínica, a pesar de ser la mejor de la ciudad, no era más que una casa grande, adaptada y remodelada, con sus dos tonos de verde, sus cuadros piadosos con claveles en un florero de cristal abajo de ellos; el barandal pintado de blanco daba paso a los consultorios instalados en la parte de arriba. La luz del mediodía caía directamente sobre el patio lleno de macetas con enredaderas que subían por un alambre recocido que les servía de guía.
Los ceniceros de pie tenían un mecanismo que al sumir una palanquita negra abría el fondo en dos partes, lo que permitía que las colillas se fueran al fondo.
La anestesia hizo su efecto, pero no completamente, Lucha pensaba:
―Si así son los dolores con la anestesia, como serían sin ella―.
En la angustia, lo que más le preocupaba es que fuera hombrecito, pues Pepe no pensaba en otra cosa. Todo su futuro cuarto lo había adornado con motivos azules y con juguetes suficientes para que jugara hasta que tuviera 10 años, todos para niño.
En caso de ser mujercita, no tendría cara para darle la noticia, pensó. En eso se acordó de las groserías que había recibido de su suegra, unas por su origen español y otras por el afán desmedido de tener un nieto hombre.
Ese machismo de su suegra, transmitido a Pepe la desesperaba, nunca lo hubiera imaginado estando soltera; Alicia, su madre, la consolaba en sus preocupaciones.
La anestesia le hacía efecto, estaba medio dormida, pero el coraje contra su suegra le venía recurrente a su confundida conciencia, también veía la imagen de Carmen diciéndole:

―No cierres puertas, normalmente la que quedas encerrada eres tú―.

Puje otra vez, otra, otra vez, detenga la respiración, ahí viene, ya se ve hora y media de trabajo de parto, por fin, después de los dolores más intensos, sintió que se liberaba por dentro el bulto que había guardado con cariñoso recelo:
―Tiene usted un precioso niño, señora—, Lucha lo miró a través de las sostenedoras de piernas de la cama de expulsión, lloraba de alegría, pero pensó en lo injusta que ella hubiera sido si hubiera nacido una niña, sintió un extraño remordimiento por la posibilidad de no haberla querido tanto, pero al ver al niño, todavía mojadito, ya chillando, dio gracias a San Judas Tadeo.
Pepe apagó nerviosamente el cigarrillo al ver la enfermera salir del quirófano; se tranquilizó cuando la vio sonreír, al saber que era niño perdió un poco la compostura, y por poco le da un beso a la muchacha; se conformó con darle un repetido apretón de manos, le preguntó luego por Lucha, al saber que estaba bien, le remordió la conciencia no haber preguntado por ella antes, la enfermera, ya despidiéndose, hizo un gesto de “todos los hombres son iguales”.
Cuando tenía a su hijo junto a ella, ya limpio y envuelto en pañales con aroma a nuevo, Lucha pensó que, a pesar del carácter dominante de Pepe, ella era la que realmente iba a educar a su hijo, y meditó en lo extraño que le resultaba el placer de pensar en limpiarlo y cambiarlo de pañales.
Pasaron catorce años, Pepino había regresado de Covington, un año escolar completo para aprender inglés, años de clases con Mrs. Muttio apenas habían servido para entender algunas frases aisladas, pero eso era cosa del pasado, lo bueno y lo malo había quedado en St. Pauls, ahora estrenaba su bicicleta: una Humber rodada 28; como todos los días pasó por Poloy, su amigo inseparable, llamando al llegar a su casa con el mismo silbido peculiar, esperaba, y al poco tiempo ya iban los dos al “Pedro”, el nombre del colegio marista era más largo, pero así se le conocía comúnmente, se apresuraban a llegar temprano para tomar buen lugar en el bicicletero, y salir con menos dificultades al terminar las clases. Había que esperar al segundo recreo para gastarse el peso que le daban a diario, para eso había que pasar por la clase de Moral, Aritmética e Historia correspondientes a segundo de secundaria. La más interesante era la clase de Historia, la daba “Mr. French” Camarena, sus comentarios sobre los personajes históricos, a veces exagerados, como después se daría cuenta Pepino, eran especialmente vívidos. Eran sus clases preferidas, todos en el salón le pedían que continuara sus narraciones sin importar que sacrificaban parte de su recreo. Los martes tenía ensayos con la rondalla, Pepe era el único violinista, Lucha le enseñó desde pequeño, era una tradición familiar. El profesor Carrasco impulsaba el coro y la rondalla. Los tonos altos de David Silveti y Rubén Limas se oían en los amplios jardines del colegio.
Pepino era regularmente el encargado de mecanografiar los trabajos que les dejaban en grupo; desde ahí se fue dando cuenta de lo que más tarde él llamaría el “poder del lápiz”, pues en caso de alguna duda en el trabajo, era muy fácil convencer a los demás de poner tal o cual cosa en el escrito final, cosa que lograba por la facilidad de ser el que realmente lo ponía o no lo ponía en el escrito. En más de una junta se acordó de esto; nunca despreció el papel de secretario en los comités, ni de apuntador en las juntas. Aunque él ponía lo que quería, las calificaciones no eran repartidas como él hubiera deseado: 10 para Poloy, 9 para Miranda y ¡7 para Pepe! “¡Siquiera un ocho, para llevar un orden!”, reclamaba Pepino.
El recreo de la una y cinco era el parteaguas entre las clases normales y la preparación para la salida, pues seguían clases de Dibujo, Música o Inglés; clases que irremediablemente eran las menos disciplinadas del curso. Eventualmente, en la salida, se notaba algo distinto: menos niños de lo normal en un lado y más en otro, era señal de que había “bronca” entre dos muchachos, curiosamente duraban muy poco, solo lo suficiente para saber quién le ganaba a quién. Alcántara contra Aguirre había sido una pelea memorable, Juan Miguel ganó en esa ocasión.
Era un problema para encontrar con quién jugar tenis, el profesor Pedro no siempre  tenía tiempo y, además, Pepino no siempre traía los diez pesos que cobraba por clase, Don Pepe le había prometido cambiar su raqueta Estrada Victoria por una Jack Kramer si demostraba que su tenis subía de nivel, las pelotas de tenis todavía eran blancas: Dunlop .
En ese entonces había un buen grupo de muchachos tenistas, y el ambiente, propiciado por el profesor Pedro era de agradable competencia. La Zorra era primero y después todos los demás: Carlos, La Pancha, La Perica, Mario, y mucho más abajo que ellos Pepe, más bajo en nivel de juego y en años.
Pasaban detalles en el club que se le quedarían marcados para toda la vida, uno fue cuando se dio cuenta cómo el interés propio carga el juicio en una forma absurda. Esto pasó cuando solo había dos pelotas para jugar, normalmente se juega con tres, y el bolero decía que se debía pagar más, pues era más trabajo, con actitud ilógica, pero sincera, Pepino alegó:
―¿Cuántas pelotas son?―.
―Dos―.
―Si por bolear con tres cobras tres pesos, ¿Cuánto cobras por dos?, por supuesto que menos, ¿verdad?―.
―¿Cómo que menos?, —alegó el bolero—. Debe de ser más, ¿no ve que es más trabajo?―.
El profesor Pedro, que estaba oyendo, solo movía la cabeza, sacando una pelota de su maleta, los interrumpió en su alegato:
―Aquí está otra bola—, dijo, llamándolos hacia la sombra de un árbol que crecía junto a la cancha cuatro—.
―Pepe, si sigues pensando así, vas a tener muchos problemas en la vida―, le dijo llevándolo aparte.
—Mira Pepe, en un partido de futbol , el árbitro marca un penalti, los que defienden protestan porque no les pareció, en cambio los que atacan están seguros de que estuvo bien marcado. ¿En dónde está la diferencia?―.
―En que cada quien ve las cosas como le convienen―.
―Así es, ¿cómo puedes creer que es más fácil bolear con dos pelotas que con tres?, es absurdo―. Pepe había caído en la cuenta y lo demostraba con su expresión la sorpresa.
―Es normal, no te apures—, le dijo al ver su cara,
―El diablo de la conveniencia convence con su ciencia. Es normal que cada quien vea para su lado, como dice Esther la de Arandas: “Cada quién que vea para su persona propia, chínguese quién se chingue” ―, terminó diciendo el profesor Pedro.
Los dos rieron y Pepe se fue a jugar, sorprendido de lo que puede hacer la conveniencia para sesgar el juicio.
Los sábados eran agradables, pues podía salirse un poco de la rutina impuesta por su padre, era común entonces que los niños anduvieran en bicicleta por todo Irapuato, incluyendo las zonas de mayor tránsito, ese era el caso de la peluquería “La Regia”, lugar agradable para leer los cuentos de Archie, Chanoc, Walt Disney, que ahí tenían por montones, literalmente.
En la peluquería, el ambiente era de lo más agradable, no había prisas, el aroma era mezcla del despedido por la crema para afeitar, la loción para después y el café, en el mismo local de la peluquería había una fuente de sodas, famosa por su ambiente relajado que invitaba a jugar dominó y ajedrez, las iluminadas vitrinas ofrecían desde figuras de porcelana hasta llaveros “Hickok”, pasando por carteras, cigarreras y plumas de precio medio.
Españoles, argentinos, uruguayos; unos ex jugadores de fútbol, otros colchoneros, harineros, se reunían en las tardes a jugar dominó; era el mejor lugar para perder el tiempo y no estar en casa; unos gritones, otros sabelotodo, otros observadores, otros que iban por la cuenta, todos acomodados en la monotonía de la tarde.
Ya le estaban cortando el pelo a Pepino cuando llegó su papá a la peluquería y se sentó cerca de él después de un saludo afectuoso. Tomando el “Esto” esperó a que don Juanito terminara su trabajo, Pepino lo miraba un poco intrigado, pues no era normal que estuviera fuera de la mueblería a esa hora. Al terminar, pagó los seis pesos, dió dos de propina, y salió de ahí con Don Pepe, quien extrañamente le cargó la chamarra, y luego, más extraño aún, le pidió que dejara encargada la bicicleta, pues tenían que ver “unas cosas”.
Esas cosas resultaron ser los vecinos de la calle de Allende, que se habían empecinado en hacerle la vida de cuadritos a Pepe, pues no lo dejaban jugar en la calle con continuas amenazas y otras groserías de muchachos. Don Pepe le fue explicando a su hijo que había muchas cosas en la vida que era mejor darles la vuelta, pero que había otras que era necesario hacerles frente, Pepino no sabía a qué se refería hasta que vio una bolita que lo esperaba, Don Pepe al darse cuenta que su hijo miró con nerviosismo a sus vecinos, le dijo al fin que había quedado de acuerdo con ellos para que se peleara con uno de su tamaño, lo cual fue cierto, el otro muchacho era de su tamaño, pero le llevaba casi dos años de edad. La pelea estaba concertada, Don Pepe dijo mientras cargaba con nerviosismo disimulado la chamarra:
—Bueno, muchachos, si han de pelear que sea así de uno a uno, ahora sí dense duro―.
Luis empezó a tirar golpes en forma de “campanita”, Pepe se defendió como Dios le dio a entender, duraron cuatro minutos. Lucha estaba mirando la riña desde una ventana del departamento encomendándose a Santiago Apóstol, por figurársele el más guerrero de los santos, los dos niños cayeron al suelo, donde Pepe pareció dominar mejor la situación, al quedar arriba de su oponente, cuando Don Pepe los separó. Los dos se quedaron viendo y volvieron a la pelea en repetidas ocasiones. Por fin, ya exhaustos, intervino Pepe:
—Muy bien muchachos, ya se dieron bien y bonito—, dijo dándole una palmada amistosa a Luis.
—Espero que esto haya servido de algo, vámonos a comer—, le dijo a su hijo, pasándole el brazo por el hombro, lleno de orgullo. Se despidió con un movimiento de cabeza de los muchachos. Los dos contrincantes serían después amigos entrañables, y Pepe ya pudo salir a jugar a la calle.
―Ten cuidado en el trato con tus enemigos, se pueden convertir en tus amigos―, le había dicho en tono irónico Don Pepe.