Capítulo 3
Las cosas buenas no son tan buenas si no llegan en el momento oportuno.
El Padre Silvino le dijo en forma de saludo: ―Muchacho, ¿qué haces aquí tan temprano?―. Jaime siempre era el primero, ese día no había calculado bien y se había levantado antes de lo usual, el camino a la Parroquia, en donde se encontraba el colegio Morelos, era largo para cualquiera, no tanto para Jaime, que lo recorría rápida y alegremente.
El Padre Silvino, orador reconocido en todo el estado de Guanajuato, instruido en música sacra y conocedor profundo del latín, hablaba perfectamente inglés y francés, pero no tenía el carácter tan cultivado como su cultura. Como muchos de los que se han esforzado toda su vida trabajando y estudiando en forma concienzuda, desarrolló con la edad un grado de impaciencia e intolerancia solo comparable con el orden con que preparaba sus clases y regía la Escuela de Música Sagra-da.
Jaime lo vio como una figura inmensa, estaba acostum-brado al Padre Juanito, de un temperamento muy distinto. Todo vestido de negro, todavía con el sombrero puesto y su bastón en la mano, bastón famoso por sus vuelos rasantes a las áreas de castigo.
―¿Ya hiciste tu tarea?—, Jaime apenas movió la cabeza afirmativamente, lleno de miedo. Al darse cuenta el padre de su temblor lo invitó a pasar a su despacho, todo en orden impecable, con olor a madera antigua, con el cuadro del obispo Zarza y Bernal colgando sobre el librero.
―¡Jaime Reséndiz Herrera!—, gritó, recordando el nombre completo de Jaime, tenía fama de saber de memoria los nombres, no solo de todos los alumnos que estaban en el colegio, sino de todos los que habían pasado por ahí. Con gesto serio, el padre tomó de su cajón un trozo de chocolate Morelia: ―¿quieres?―. Jaime movió horizontalmente la cabeza, evitando cualquier contacto con el imponente cura. Don Silvino se sonrió:
―Siéntate―, le dijo señalándole una silla de madera con descansabrazos acolchonados en tapiz rojo. Le puso el chocolate enfrente, todavía con envoltura:
―Tómalo, es bueno―.
―Chocolate Morelia—, se quedó hablando consigo mismo—,
―Morelia, curas santos; Guadalajara, curas sabios; León, curas pingos—, movía la cabeza divertido, mientras se acercaba a la ventana, orientada hacia el sur, para recibir los amables rayos del sol en ese día de invierno.
―¿Sabes que la música es muy importante para la vida?, el que entienda de armonía entiende las almas de los hombres, fíjate que tiene que ver mucho con las matemáticas; me he fijado que siempre traes tus zapatos muy limpios, señal de que tienes una buena madre, pero eres algo retraído, señal de que algo no anda bien, ¿a qué se dedica tu padre?―.
―Es mariachi―.
―Mmh—, movió la cabeza, —me han dicho que eres entonado, pero no te veo buenos pulmones; si llegas diario a esta hora te podría enseñar a tocar violín, me sobra esta media hora, y desperdiciar el tiempo atenta contra el cielo. ¡Carpe Diem!, ¿te espero mañana a esta hora?―.
Jaime asintió tímidamente.
―Y sirve que vemos un poquito de gramática...—, dio un manotazo sobre su escritorio a forma de despedida. Jaime salió casi corriendo del despacho hacia el patio.
Llegar temprano le valió llegar a ser el mejor violinista de los instruidos en la escuela, y definitivamente el mejor en gramática y oratoria. Materias curiosas para un muchacho que se ganaba unos pesos ayudando a recoger bolas en el club, trataba de hallar la armonía aprendida en la escuela de música para mejorar su derecha en el tenis, con el revés nunca había tenido problemas.
Jaime tenía ya su raqueta Jack Kramer, y sus tenis nuevos, “Super Faro”, frutos de repetidos trueques y negociaciones, que habían empezado por un yo-yo de mariposa y unas pocas canicas “americanas”. Jaime guardaba los tenis con gran ilusión.
Era el día del evento, llegaron los tenistas de Irapuato, Chava Martínez; el Doctor González haciendo pareja con Manolo Taboada, Rogelio Negrete; muchachos: la Zorra, Mario y Rafa García, Carlos Martín Anguiano, Pepe, todos con el profesor Pedro Martínez Herrera. En una camioneta Guayín Galaxie venían las damas, Chofi Huerta, Carlota Kirbach , la señora Martín del Campo.
Los partidos se llevaron a cabo sin mayores contrariedades, de no ser por los berrinches de Paco Obregón que no paraba de reclamar en cada punto al pobre bolero que le había tocado en mala suerte ayudar.
Los Hinojosa, Martín Zavala, unos perdiendo y otros ganando, pero todos contentos en confrontación deportiva hicieron que los papeles casi se emparejaran hasta llegar a los dos últimos juegos que faltaban para definir la serie: dobles, Taboada y Benjamín por Irapuato y Pepe Hinojosa y el copetón González por León, y en singles habían dejado olvidado el partido de Jaime contra Pepe, en catorce y menores.
Después de un emocionante partido ganaron en dobles los leoneses gracias al toque del “Copetón”, y quedaron solo un punto abajo, dejando a Jaime la responsabilidad de empatar la serie. El partido empezó, Jaime perdió el “M o W”, le tocó sol en la cancha dos, con su pequeña tribuna cubierta de teja, orientada la cancha, como todas “norte-sur”, hacía diferencia a la hora de servir. Jaime sintió que los tenis que había guardado tanto tiempo ya le quedaban chicos; de tan incómodo que estaba, se tropezaba al correr tras la bola, perdió el primer set 0-6; en el cambio de lado fue a recoger sus viejos tenis Panam, desgastado el derecho por la parte de arriba por arrastrarlo en el servicio. Su contrincante venía impecablemente vestido, estrenando tenis Adidas, con shorts y playera de la misma marca, raqueta Jack Kramer, con cuerdas Víctor Imperial; lo que llamó la atención de Jaime era lo bien cortado que tenía el cabello.
Los golpes de su contrincante eran fuertes, pero erráticos, en el segundo set le bajó la velocidad a la bola y se dedicó a ver cómo perdía el punto su oponente, ya para entonces la tribuna estaba llena, cuando iba dominando el segundo set se oyó una discusión en la parte trasera de la tribuna, un anciano conflictivo dueño de una maderería alegaba que Jaime no podía jugar por ser bolero, el profesor Pedro y el copetón llegaron a un acuerdo, independientemente de si fuera válido o no el juego, iban a dejar que terminara.
El tercer set se empató a seis, tanto Jaime como su oponente se dedicaban solo a pasar la bola, el nervio-sismo dominaba a los jugadores. Jaime se acordó del Padre Silvino, la armonía, no había que fijarse en una cosa, ni en la derecha, ni en el revés, ni en doblar las rodillas, ni terminar el golpe, lo importante era conservar la armonía, y sobre todo hacerla perder al otro, un golpe rápido, luego uno lento, uno corto, luego uno largo, los dos juegos finales fueron para Jaime. Un detalle práctico le sirvió a la hora de mayor presión: “piensa que tu contrincante juega feo, obsérvalo, critícalo, piensas en sus movimientos, no en los tuyos; como magia, empiezas a ganar puntos”, le decía su tío Tacho.
No faltaron los conflictivos que quisieron reclamar el triunfo de la serie, alegando la condición de Jaime, lo curioso era que el que más alegaba no era de Irapuato, sino un señor de León que parecía no llevarse bien ni con él mismo, en un arranque de sabiduría el profesor Martínez habló con Martín Zavala, y decidieron platicarlo después, al final tomarían la decisión. Se acabó la comida, todo transcurrió en plena armonía, quién ganó o quién perdió, nunca se supo, lo que sí es cierto es que fue una convivencia magnífica.
Al terminar, comentaba Martín cómo había hecho para salir del aprieto, ya con algunas copas dijo alegre:
―Miren, es muy sencillo, ¿no se saben el cuento del caballo?: había una vez un ladrón que estaba condenado a muerte, pero tuvo la ocurrencia de ofrecerle al rey un trato, si él, que se decía mago, hacía que hablara el caballo, el rey le perdonaría la vida, si el caballo no hablaba, lo mataban de inmediato. El rey, ante ofrecimiento tan insólito, aceptó. Al llegar de nuevo al calabozo le preguntaron sus compañeros que cómo se había atrevido a ofrecer cosa tan inaudita, él les respondió: “Miren, en un año pueden pasar muchas cosas, me puedo morir yo, se pude morir el caballo o se puede morir el rey, y ¿quién sabe?, a lo mejor hasta habla el caballo”, dijo levantando los hombros―.
Los ahí reunidos celebraron la ocurrencia y siguieron platicando hasta altas horas de la noche. Jaime estaba feliz de estar con ellos. |