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Capítulo 4
Debes distinguir los errores de las costumbres.
La indecisión había terminado, Pepino haría la preparatoria en Irapuato y no se iría al CUM. Se complicaba estudiar la preparatoria en el Distrito Federal y, aparte, todos decían que la prepa oficial era muy buena.
Era mucho más fácil entrar al CUM que a la prepa oficial de Irapuato. Efectivamente, Pepino no pasó el examen, pero tuvo derecho a hacer un curso para poder hacer otro examen. A final de cuentas, estaba dentro. La preparatoria estaba entre árboles, en un lugar especialmente agradable, lo cual, junto a la novedad de tener clases con muchachas, le daba un atractivo especial.
Los profesionistas de Irapuato se peleaban la cátedra de la máxima casa de estudios, el arquitecto Calonge , el ingeniero Maldonado, su amigo Vaqueiro, el licenciado Méndez, el “ raquetón ” Pérez Aceves. El nivel de exigencia era alto y los profesores buenos.
No sabía si apoyar a sus compañeros en su inusitada decisión de no asistir a clases de química con Domitila , una maestra que era especialmente estricta, la maestra estaba esperando adentro del salón con tres de los muchachos aplicados, el resto del grupo estaba agazapado en el patio lateral, Pepe, como representante del grupo, tenía que tomar la decisión, sabía que los compañeros no tenían razón en querer quitar su materia a la maestra, y sabía también que si se metía al salón iba a perder el puesto de representante de grupo.
Era una encrucijada, de pronto se acordó de uno de los múltiples consejos que le daba su padre cuando viajaban a solas por carretera: “Cuando sientas que la situación se te va de las manos, pide tiempo”. Y fue lo que hizo, habló con el que hacía cabeza del grupo disidente, Claudio. Le sorprendió ver que no tenían ninguna razón clara para hacer lo que estaban haciendo, pero sin embargo tenían un gran empeño por lograrlo, le pidió a Claudio, que le diera oportunidad de platicar con la maestra, para lo cual le pidió media hora, lo mismo hizo con la maestra, que accedió amablemente. Ya tenía la media hora, ¿ahora que iba a hacer con ella?, en esos momentos extrañó a Salvador, que se había cambiado de bachillerato.
Se le ocurrió hacer una comitiva con los renuentes, Pepe estaba esperando una especie de milagro para que se solucionara el problema. El milagro pareció llegar cuando Claudio y otros dos compañeros aceptaron platicar a solas. Al entrar los cuatro a un salón, la situación cambió por completo, Jorge, que hasta ahora parecía tan solidario con Claudio insinuó que no estaba tan mal la maestra, solo que era muy estricta para cali ficar, Claudio pareció estar de acuerdo, en eso sucedió lo inesperado, Javier, el aplicado del grupo, entró al salón a reclamar, a decir que si querían ser mediocres toda la vida, y cosas como esa; se volteó hacia Pepe y le dijo que en la vida no se podía hacer lo correcto y ser popular al mismo tiempo.
Pepe ya estaba maldiciendo la hora en que llegó, pues Claudio, Jorge y Chepo , volvieron a tomar la misma actitud defensiva, y aunque estaba de acuerdo con Javier, sintió mucho más simpatía por Claudio; seguro de que hay cierta clase de gente buena que se vuelve automáticamente antipática (y al revés). Lucha le había enseñado que estando callado muchas veces ganaba más que con el mejor discurso, sobraban todavía veinte minutos y sintió que era uno de los mejores momentos para permanecer callado. Javier siguió hablando sobre la excelencia y otras cosas por el estilo. Pepe se sorprendió de estar tan de acuerdo con él en todo lo que decía y sin embargo sentir una gran repulsión a aceptarlo y convertirse en alguien como Javier.
Finalmente Javier dijo una cita bíblica mal aplicada y salió del salón dando un portazo. Los cuatro se miraron unos a otros y se soltaron a reír. Estaba claro que Javier tenía la razón, pero más claro aún estaba que no se la querían dar, por alguna razón la popularidad está peleada con la verdad.
El ambiente se relajó, se quedaron platicando y haciendo bromas, pasó poco más de media hora. Decidieron ir con la maestra a platicar: ya se había marchado.
La situación era confusa, tenía algo de agradable porque los alumnos notaban que tenían poder, pero se notaba que no estaban muy convencidos de lo que estaban haciendo.
Al llegar a su casa, Pepe se sentó en el sillón del recibidor sin mucho ánimo, junto a su papá.
—¿Cómo vas en la escuela?
—Bien.
— Mmhh .
—Oye, papá, ¿no te ha pasado que, hagas lo que hagas, de todas formas quedas mal?
—Sí, algunas veces.
Después de contarle el problema de la prepa , siguió:
—Tú, ¿qué harías?
—Hijo, es como cuando vas en la carretera y se te atraviesa un perro, ¿lo matas o no? No es que esté bien matar perros, pero ¿que tal si, por no matarlo, te sales de la carretera y matas a los que van contigo? ¿Qué es peor? Lo bueno y lo malo no son como el agua y el aceite, si así fuera, el mundo no tendría problemas; fíjate, Hitler , dentro de toda su maldad, quería terminar con los judíos porque creía que eran la causa de todos los conflictos. Él no mató a tanta gente porque creyera que estaba haciendo un mal, él creía que le estaba haciendo un bien a la humanidad. Esperemos que nunca más pasen atrocidades como las de ese asesino, solo te lo pongo como ejemplo para que veas que hasta esos grandes crímenes van disfrazados de buena voluntad —siguió Don Pepe—. Te voy a contar un caso más cercano, Miguel, el chofer: su hija cumplía quince años, él no tenía dinero para la fiesta, tomó dinero de una cobranza, con la intención de reponerlo después, ¿hizo bien o hizo mal? Ya sabemos que hizo mal, ¿lo corres o no lo corres? Para juzgar tienes que entender lo que signi fica para esa gente una fiesta de quince años, su hija solo los cumple en una fecha, tenga dinero o no tenga dinero. Debes de distinguir los errores de las costumbres. Diferencia muy importante. En la vida no puedes rechazar la responsabilidad, y una de las partes más difíciles es escoger entre dos alternativas, en las que de cualquier forma vas a salir perdiendo. No hay nadie que haya hecho algo importante en la vida sin que haya pasado por la incomprensión de algunas personas, incluso de algunas buenas personas. Una de las cosas que se hacen difíciles de entender es que las buenas personas no hacen todas las cosas bien, de la misma forma que los grandes canallas tampoco hacen todas las cosas mal. Entre más responsabilidad tienes, la línea entre lo bien hecho y lo mal hecho se va haciendo menos visible. En tu caso hay dos cosas que no debes hacer, una traicionar la representación de tus compañeros, y otra, darles la razón, porque no la tienen.
—Entonces, ¿qué hago?
—Bienvenido a la madurez, antes las cosas eran blancas o negras, ahora te das cuenta que cada decisión lleva una parte de buena y otra de mala, la mayoría de las decisiones ahora, en lugar de ser blancas o negras son grises, lo único que tienes que cuidar es el tono de gris, en la duda busca la opción que te dé más dignidad.
Mira, si te sirve el dato, te platico lo que me pasó cuando estaba aprendiendo a volar. Yo tomaba muy rígidamente el timón, a cualquier movimiento mío, la avioneta obedecía dando giros bruscos. Y como era mucho mi empeño, hacía muchos movimientos: ya te imaginarás cómo iba la avioneta. Después de muchos intentos, desistí. “Hablé” con la avioneta, le dije, “mira, haz lo que se te pegue la gana, solo voy a poner las manos para que me vean como si te estuviera manejando, pero puedes hacer lo que quieras”. Cuál no sería mi sorpresa que la avioneta empezó a volar derechita, derechita. El instructor me felicitó: “¿ya ve señor?, es solo cuestión de empeño”. Desde entonces la avioneta y yo guardamos cierta clase de convenios. Lo que pasó fue muy simple, no es que la avioneta vuele mejor sola, sino que, al dejar de obsesionarme por una sola cosa, hice bien todas. Yo creo que debes obsesionarte en tu objetivo, no en la forma de lograrlo. Si quieres dominar siempre sobre las circunstancias, estás perdido. Lo más que puedes hacer es navegar bien. Mira, no viene al caso, pero acuérdate que lo que hace volar a un avión no es ir en contra del viento, lo que realmente lo hace volar es que la presión para arriba es más grande que la presión para abajo. Bernoulli podría dar cursos de motivación.
La maestra llegó a la clase siguiente, los alumnos no entraron al salón, Pepe ya había renunciado a la representación del grupo.
Al llegar al patio donde estaban todos los alumnos, Pepe le dijo a Javier:
—¿Que pasó, no vas a entrar?
—Nadie quiere entrar, ni modo de entrar yo solo.
—No te preocupes, por lo menos ya somos dos.
Al oír eso, Claudio le dijo: —Para eso me gustabas, eres un esquirol.
—Para eso me gustabas, eres un huevón —respondió Pepe.
—Hiciste bien en renunciar a ser presidente del grupo, eres un burgués, tú no entiendes la lucha de clases.
—Yo entiendo que tú eres de otra clase, eso es cierto, eres de la clase de güeyes que les vale madres aprender o no aprender.
—Yo soy solidario con mis compañeros, la maestra quiere reprobar a varios de ellos, y todos tenemos derecho a la educación, eso es represión.
Entonces se acordó Pepe de lo que le había pasado hace años con el bolero, y de lo que le dijo el profesor de tenis. Y pasó de una postura de intransigencia a la postura de entender qué era lo que pensaba Claudio.
—¿Tienes un momento? —Claudio se extrañó de que Pepe lo llamara aparte—. Me gustaría platicar contigo.
Ya aparte, en la cafetería, abajo del auditorio, Pepe empezó la plática:
—Creo que hay algo más de fondo en lo que me dijiste, que a lo mejor ni tiene que ver con el problema de la maestra.
Claudio se quedó callado unos momentos y después dijo:
—Tú no me puedes entender, eres rico, tú no sabes lo que es estar sin lana —dijo, mientras jugaba con la pluma sobre el logotipo de Coca-Cola pintado sobre la mesa metálica.
— Engels nunca sufrió por dinero, y parece que entendía bastante de asuntos sociales.
Claudio se turbó un poco, no sabía que Engels tenía dinero, pero dio por supuesto que sí, para que no se notara su ignorancia al respecto.
—Mira, Pepe, este mundo no es justo, nosotros los proletarios tenemos que reivindicar nuestra posición —dijo Claudio con un dejo de autoritarismo.
—¿Y eso que tiene que ver con la maestra? —dijo Pepe, calmadamente.
—Ella es represiva, quiere reprobar a los que no tuvieron la oportunidad de estudiar por tener que trabajar —dijo Claudio—. Porque tú sabes que hay quienes tienen que trabajar para poder estudiar, ¿verdad?
—¿Tu papá trabaja en la cigarrera, verdad? —dijo Pepe, cambiando el tema y suavizando el tono de voz.
—Trabajaba, lo acaban de correr —se mostró agresivo nuevamente—. Ustedes, pinches riquillos capitalistas, les vale madre todo lo que mi jefe les dio en su vida —se notaron húmedos sus ojos—, hubieras visto cómo llegó a la casa; siempre llegaba alegre, orgulloso, no hablaba más que de la cigarrera: “el Águila para acá”, “el Águila para allá”..., de repente, la semana pasada, llegó sin hablar, sin ilusión, a pesar de que era grande, siempre se veía fuerte, ahora no, se veía cansado, derrotado, le dolía que lo hubieran corrido, que le hubieran arrancado en un día toda una vida de trabajo. Ahora no sabe qué hacer, antes estaba siempre de buenas..., ahora se enoja de cualquier cosa, ha ido a buscar trabajo a varias partes, pero nadie lo quiere por la edad —el tono de Claudio había cambiado, ya era más de confidente que de luchador social.
Pepe se imaginó a su padre sin trabajo, en las mismas circunstancias, lo pensó como una pesadilla. Se quedó callado, esperando que Claudio continuara. Después de un minuto, Claudio dijo:
—Tenemos que cambiar el mundo, eso no puede seguir así, y tú lo sabes, eso no es justo, no puede ser que destrocen la vida de un hombre y que quieran que todo siga igual.
—¿Es por eso que quieres botar a la maestra?
—Pues sí, no me puedo quedar así.
Pepe sintió pesar por Claudio:
—No te preocupes, vas a ver como se arregla todo, tu papá es una persona inteligente y está muy fuerte todavía, vas a ver como le va mejor que antes.
Pepe sintió inoportuno seguir hablando del tema de la maestra. Dejaría para después lo que había oído a su papá platicar con el ingeniero Jaimes . La fábrica iba a cerrar por las desproporcionadas demandas del sindicato y se la iban a llevar a otra ciudad.
Cuando llegaron al salón, ya todos se habían ido. La maestra se fue a los cinco minutos de estar sola en el salón. No se le volvió a ver por ahí hasta el siguiente año. El profesor que la suplió no tenía ni la mitad de su capacidad, pero terminó el curso. ¿Quién tuvo la culpa?, es difícil saberlo, por lo pronto se perdieron unas buenas clases de química.
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