Capítulo 5
…dilema constante escogiendo entre las cosas que sirven y las que estorban…
Jaime terminó la secundaria porque un socio del club le había prometido que si terminaba con buenas calificaciones, le conseguiría una beca deportiva para estudiar en Estados Unidos, pero resultó que el Sr. Obregón empezó a hacerse el ocupado y a esquivar la ocasión de platicar con él. Después de dos meses sabría la razón, sí había conseguido la beca, pero no la había sacado a su nombre, sino de un sobrino que mal sabía coger la raqueta.
Le extrañaba que le hubiera hecho eso, pues el señor Obregón no era mala persona, aunque fuera berrinchudo y a veces grosero, incluso una vez le regaló un bote de pelotas Dunlop.
Mari se daba cuenta de la aflicción de su hijo. Varias veces Jaime le había dicho que dentro de poco le iba a dar un gusto enorme, se lo decía con la mirada llena de esperanza, y de repente llegó con aliento alcohólico, cosa muy rara en él, pues no tomaba ni una gota de licor, abstinencia por demás frecuente en hijos de padres alcohólicos. El silencio y el rezo eran las banderas de Mari, toda su vida había sido lo mismo, y aunque quería a todos sus hijos, con Jaime era distinto. Siempre había sido callado, y parecía no cansarse nunca, tenía una mirada mezcla de desconfianza y de seguridad en sí mismo muy singular.
Llevaba dos horas esperando a que llegara el Sr. Obregón, no sabía qué le iba a decir, pero por lo menos quería que supiera que había estado muy esperanzado.
Era una oficina típica de una compañía de transportes, dos escritorios H. Steele grandes, cubiertos con vidrios que cubrían calendarios, una hoja con tarifas, una foto-grafía de un Peterbilt, una muchacha vestida solo por la máquina de escribir y algunos apuntes hechos a mano de medidas de remolques, en la pared amarilla un mapa de la República Mexicana con un diagrama en forma de triángulo para obtener distancias entre una ciudad y otra, una fotografía del papá del Sr. Obregón, dos latas de aceite PEMEX de 19 litros.
En un rincón, cuatro llantas de coche, en otro, un sofá negro y una credenza con vidrios corredizos, en donde guardaban las cartas porte, con un cenicero de Firestone en forma de llanta. Las persianas horizontales con el cordón amarrado para no rozar con el piso cubrían apenas la ventana con herrería de fierro pintada de negro.
Jaime no comprendía muy bien por qué era tan sencilla la oficina, si el Sr. Obregón tenía tantos camiones: una secretaria y un encargado no le parecía proporcional a todos los camiones que se veían afuera en el patio.
La secretaria ya le había dicho que a lo mejor no llegaba su jefe en todo el día, pues pensaba ir a México con su compadre. Jaime pensó que era mentira, y más lo pensó cuando llegó un señor de mediana edad, a esperar también al Sr. Obregón. Inmediatamente atrajo la aten-ción de Jaime, lo primero que se fijó era en su camisa, impecablemente blanca, con una pluma Wearever azul y unos apuntes en cuadrícula que se veían en su bolsa. Tal vez tenía poco de haber tomado una ducha, olía a jabón Palmolive, parecía de unos cincuenta y cinco años, tal vez más. Sus antebrazos eran excepcionalmente fuertes. Portaba un reloj Omega que lo excluía definitivamente del gremio de los choferes, eran tiempos en que traer reloj era un privilegio, y traer un Omega era definitivamente propio de gente rica. La secretaria lo saludó con respeto y se sentó en el otro extremo del sofá negro; la señora volteó con Jaime y le preguntó en tono medio maternal a qué venía, después de todo ya eran más de dos horas de estarlo viendo..., ya sentía que no eran totalmente desconocidos. Debió de ser guapa en su juventud, se notaba que era de las mujeres que se daba a respetar; y eso, con choferes, no debía de ser tarea fácil. Al poco tiempo, Jaime ya le estaba contando todas sus penas, a pesar de estar presente el personaje, que para Jaime resultaba misterioso, el mismo que al poco tiempo se despidió amable pero secamente. Al ser evidente que el Sr. Obregón ya no iba a llegar, Jaime se despidió, salió de la oficina, y al llegar a la puerta del patio, escuchó una voz que le gritaba: “¡Muchacho...!”. Era el misterioso personaje de la oficina; sin averiguar siquiera cómo se llamaba le preguntó si quería ayudarlo con el viaje a México; Jaime pensó en avisar a su casa, pero recordó que no se preocuparían, pues ocasionalmente se quedaba a dormir en el club. En cinco minutos ya estaba preguntándose cuál era la forma de subirse al camión sin verse como un novato; después de un cálculo rápido subió ágilmente, después se dio cuenta de que hubiera sido mejor empezar el movimiento con el otro pie. Ya tendría tiempo para ir aprendiendo.
Se quedó sorprendido de ver tantos marcadores: de temperatura, de presión de aire, de presión de aceite, incluso de temperatura de aceite de los diferenciales; como si no fueran suficientes, había bastantes botoncitos rojos con otros tantos letreros, una palanquita con un letrero de “inter” y otros términos para él desconocidos por completo; pensó en un amigo suyo que era operador y advirtió que definitivamente lo había subestimado; en eso estaba cuando se dio cuenta que tenía no una sino dos palancas de velocidades, lo único que se le hizo familiar era un ventiladorcito en el frente con el logo de KW y un switch de “on-off'”, eso sí lo entendía.
El enigmático personaje se caló unos lentes para el sol tipo piloto que portaba en su estuche de cinturón color beige, Ray Ban. Después de un breve ronquido de engranes al meter la segunda palanca, quitar frenos de estacionamiento y voltear a los espejos instintivamente, el personaje misterioso echó a andar el camión; Jaime, a pesar de no ser chaparro, consideraba que no veía nada, pues el cofre cubría casi dos metros adelante del parabrisas; lo cual lo hacía sentirse inseguro y protegido al mismo tiempo. Si chocamos, pensó, ni se ha de sentir.
Salían de la ciudad y todavía no había descifrado cuál era la secuencia de los cambios de velocidades, aun cuando tenía un diagrama dibujado en el tablero.
―Mi nombre es Jaime, ―dijo―, y me dedico a dar clases de tenis—; se quedó esperando la respuesta por unos minutos, luego, sorpresivamente el personaje empezó a hablar:
―Mhhh, no te contesté antes porque venía pensando y no quería perder la idea―.
―Debe de ser muy difícil manejar un trailer—, dijo Jaime.
―No tanto, en realidad, la mayoría de las cosas te parecerán difíciles en la vida si las ves todas al mismo tiempo. ―dijo Don Paco pausadamente, dejando cómodos espacios entre una frase y la otra―. ¿Crees que es muy difícil manejar con tantos aparatos?, ¿tú crees que los estoy viendo todos todo el tiempo?, claro que no, de hecho ninguno es indispensable, hay dos o tres que tienes que echar un vistazo de vez en cuando, pero la mayoría están “por si acaso”, pero cuando los necesitas, ahí están―.
En Silao se pararon en un pequeño restaurante, la rocola al fondo a la derecha, justo a un lado del baño.
Las rocolas, por alguna extraña razón siempre estaban junto al baño; se sentaron en una mesa pequeña, mantel blanco puesto en diagonal sobre otro rojo y todo cubierto por un plástico transparente; Don Paco puso tres tostones, dinero suficiente para seis canciones. Se sorprendió Jaime al darse cuenta de que no eran seis canciones diferentes, sino que puso “Vereda Tropical” las seis veces; a la cuarta volteó a ver a otras personas que estaban a dos mesas de distancia, y notó que, o no se habían dado cuenta de la repetición o ya estaban acostumbrados a oír a Lupita Palomera cantar así de seguido, luego se enteraría que llevaban buen tiempo con la misma rutina musical de Don Paco, no parecía molestarles, se olvidó del asunto y se dispuso a ordenar lo mismo de cenar que Don Paco; pero al oír que eran huevos tibios, coca chica y café... prefirió cambiarlo por una carne a la tampiqueña, veintitrés pesos se leía en el menú escrito a máquina sobre una hoja membretada por Sidral Mundet. Volteó a ver la expresión de Don Paco, pues una carne tampiqueña era definitivamente más de lo que llevaba ganado en el viaje, se tranquilizó al ver su expresión de indiferencia.
Don Paco empezó a dibujar en el papel de estraza, que hacía las veces de mantel; una vez que terminó el dibujo se lo enseñó a Jaime, y le dijo: ―Mira, manejar un camión, como otras cosas, es parecido a malabarear platos chinos, de lo que se trata es de mantenerlos a todos girando; hay unos que requieren más atención, otros mejor balanceados; pero para que funcione el espectáculo, hay que darle impulso a todos. Para que un camión funcione hay que tener muchísimos platos girando, las llantas infladas, el diesel en los tanques, la presión del aire, la temperatura del agua, los inyectores a punto, la bomba de diesel bien calibrada, las mangueras, las bandas, etc.―.
La mesera le sirvió la carne en un plato ovalado, junto con las tortillas, en un cesto con servilleta de cuadros rojos y blancos. La mesera extendió el brazo para alcanzar el frasco de Nescafé de la mesa contigua y dejárselo en la suya.
Cenaron sin hablar, al terminar, Jaime trató de recordar qué era lo que estaba diciendo Don Paco. Se acordó de los platos girando. Distraídamente se quedó pensando en cuántos platitos se necesitarían tener girando para jugar bien tenis, flexionar las rodillas, perfilarse, preparar el golpe, mirar fijamente la bola, terminar el golpe..., al terminar la cena guardó cuidadosamente el dibujo que se había quedado en la mesa.
Jaime se subió al camión con mucho más soltura esta vez; después de un minuto, se dio cuenta de que Don Paco seguía abajo..., se oía un golpeteo sordo y con cierta secuencia, por el espejo vio que estaba golpeando las llantas con un envase de coca cola; se bajó con el ánimo de ayudar, pero ya era tarde: Don Paco se subió, acomodó el envase como si fuera herramienta a un lado de su asiento, ajustó el aire del asiento para ponerlo en su posición y proseguir el viaje. Al notar la mirada de curiosidad de Jaime, le comentó:
―Es para checar que las llantas estén bien de presión―.
―Hay cosas que no se pueden hacer desde arriba, y una de ellas es checar las llantas―.
―Lo bueno es que están todas bien—, dijo Jaime.
―Fíjate que no, hay una que se está bajando, en Irapuato hay un buen talachero—, “talachero”, otra palabra nueva para Jaime.
Antes de subir al camión, Don Paco hizo un swing de golf, que no pasó desapercibido por Jaime.
―¿Juega golf?―.
―Sí, mhh, procuro quitarme esa maña de hacer swings, pero me cuesta trabajo, cuando te dije de los platitos, me quedé pensando en la cantidad de platitos que se necesitan mantener girando para jugar golf, la cabeza fija, pasar los hombros, pasar la manos, la cadera, vaya... Es curioso cómo, cuando uno se hace viejo, vas queriendo relacionar todas las cosas...—, dijo, dejando incompleta la voz.
Jaime tuvo la tentación de decirle que había pensado exactamente lo mismo, solo que del tenis, pero decidió guardar el comentario para después. Pasando por el Copalillo cayó en la cuenta de que no era normal que un camionero jugara golf. Decidió no quedarse con la duda.
―¿Tiene mucho jugando golf?―.
―Ya tengo tiempo, sí—, hizo una pausa, luego continuó:—
―Empecé a jugar en Estados Unidos, en Seattle, bueno, en Renton, para ser exactos; terminaba de trabajar a las cinco y en verano te queda mucho tiempo con luz. Allá no es caro, hay campos públicos—. Jaime esperaba que continuara con el relato, pero, sin más dejó de hablar, cerrando un poco los ojos, como para concentrarse en la carretera.
En Irapuato, en la salida a Salamanca, pararon al lado izquierdo de la carretera, junto a la gasolinera, en un taller que se anunciaba con una llanta vieja de tractor garabateada “Vulcanizadora”, la llanta sostenía en su interior un foco, había otros camiones esperando por el servicio; ―otro descanso―, pensó Jaime, para su sorpresa, Don Paco sacó una caja de herramientas de abajo del remolque y cogió una llave de tuercas, al caminar se le notaba que cojeaba un poco de la pierna izquierda, tomó además una pequeña barra de acero, un gato y un pequeño block de madera; después de varios movimientos, muy ágiles para su edad, moviéndose a un lado, para dejar que la luz del foco iluminara el interior de la rueda, Don Paco empezó a aflojar las tuercas de las llantas. Jaime, después del primer extraño rechinido de la tuerca, interrumpió a Don Paco.
―Es para el otro lado—, se atrevió a decirle, pues pensó que el rechinido era señal de que no se estaban haciendo bien las cosas, Jaime estaba seguro de lo que decía, pues había ayudado muchas veces a sus primos a cambiar llantas en los taxis, Don Paco lo miró con paciencia:
―¿Quieres hacer la prueba? —le dijo, pero sin darle oportunidad. Para sorpresa de Jaime, las tuercas, a pesar de rechinar, se iban aflojando; una vez quitada la llanta, esperando a que la desmontaran, Don Paco le dijo a Jaime:
—Mira, esta llanta es del lado izquierdo, y las tuercas del lado izquierdo se aflojan para el otro lado—, dijo mientras le mostraba una con una “L” en una cara de la tuerca. Don Paco le explicó que era así porque se aprovechaba el giro de las llantas para apretar las tuercas, pues si las tuercas fueran todas derechas habría necesidad de apretar las del lado izquierdo cada cien kilómetros. Jaime seguía con dudas, pensando en por qué los coches no usan ese sistema; Don Paco, adivinándole el pensamiento, le dijo como hablando a un tercero:
—Hay cosas que importan y cosas que no importan, es muy difícil saber cuales son cuales, en verdad. Lo importante es tener algo que funcione, un modelo, y darle por ahí, fíjate lo que te digo, la vida es un dilema constante escogiendo entre las cosas importantes y las que estorban—, Jaime se acordaría de esto muchas veces en su vida.
Otra anécdota de las llantas fue que, cuando Don Paco le dio oportunidad de tratar de aflojar las tuercas, no pudo a pesar de todos sus esfuerzos siquiera aflojar una de las diez tuercas que lleva cada rueda; tomaba impulso, le hacía con el pie, de todas formas intentó pero no lo logró; Don Paco tomó las herramientas, y aparentemente sin esfuerzo, empezó a aflojar las tuercas, aprovechando para enseñarle que debía de tensar primero, y luego de repente, dar un jalón con un esfuerzo extra, con el cual se aflojaba la tuerca.
―Es el esfuerzo sobre esfuerzo, —le dijo—, que hace que las cosas funcionen, mira, cuando llamas por teléfono y tienes dudas, no vuelves a insistir, si acaso intentas dos veces; en cambio, cuando estás seguro de que hay alguien, insistes e insistes hasta que te contestan, esa puede ser la diferencia entre la terquedad y la perseverancia―.
―Es muy difícil que alguien sin experiencia tenga perseverancia―, hablaba Don Paco distraídamente mientras se le quedaba viendo a un Mustang amarillo que pasaba junto al camión, rumbo a la Posada de Belén. Se quedó inmóvil, un instante después dijo solo ―un momento―, y se fue caminando rumbo al hotel. En los jardines se celebraban unos quince años, un mesero lo vio y se le acercó:
―¿Le puedo servir en algo?―.
―Sí, dígame una cosa, aquella señora de rosa que va allá, ¿la conoce?―.
―Sí, claro, es la mamá de la quinceañera, yo trabajo para su esposo en la tienda―.
―La señora, ¿dónde nació?―.
―En Abasolo―.
―¿Seguro?―.
―Claro―.
―Oye, española no es ¿verdad?―.
―No, para nada, yo conozco a sus papás―.
Al oír eso Don Paco perdió el interés, le parecía haber visto a su hermana Lucha. El error del mesero se originó porque las dos señoras traían un vestido rosa, y cuando le preguntó tardó un poco en voltear, y al hacerlo vio a la mamá de la quinceañera en lugar de ver a Lucha.
Se regresó al camión, Goodyear Piso Extra, tenía la costumbre de leer todo, 1100X22, al lado del número de serie, la señora que acababa de ver le trajo recuerdos de su juventud, fuera quien fuera estaba igual a su hermana, la creía muerta en la guerra, por lo menos eso le habían dicho, pero a él no le constaba, tuvo que salir huyendo a toda prisa rumbo a Estados Unidos.
Le asaltaron de nuevo los recuerdos que lo habían dejado sin dormir tantas noches, desde hacía cuarenta años, su hermana era apenas una niña, la señora hacía un gesto que no había visto desde entonces.
―De Abasolo—, retumbaban las palabras del mesero en los oídos de Don Paco, si tan solo hubiera dicho que no estaba seguro, no tenía que decir que era inmigrante española.
Caminó por el camino empedrado, sin dejar de observar el pasto iluminado por reflectores verdes. El cantar intermitente de los grillos acompañaba a Don Paco en su caminar de regreso hacia la carretera.
Se regresó a buscar el coche donde la vio, tomó las placas GLX-590 de Guanajuato. “Tal vez algún día la vuelva a buscar”, pensó.
Checó que la llanta estuviera bien montada, la puso nuevamente y apretó las tuercas nuevamente, en cruz.
Buena cruz le había tocado, era todo su pasado, su familia, se resistía a creer que todo había acabado, siempre había tenido la esperanza de encontrar a su hermana, si no a su mamá, que de cualquier forma ya sería bastante grande, ya habría muerto para entonces, pero no lo terminaba de asimilar.
Jaime estaba arriba del estribo, limpiando los parabrisas, ―buen muchacho, que hubiera sido de él con otra educación..., todavía es tiempo―. |