Capítulo 6
…hay quien cree que lo malo, cuando es mucho, se vuelve bueno.
—Súmalas otra vez—, le dijo Don Pepe a su hijo, sin más explicaciones, tomando el montón de notas y mirando de reojo el trabajo hecho por Pepino. Era usual que Don Pepe tuviera esos desplantes con su hijo, Pepino sentía un coraje casi incontenible, pero no había muchas opciones, pues era fácil que su papá explotara dando un manotazo en el escritorio a la menor muestra de protesta que a Pepino se le notara en la cara.
Era curioso, Pepino notaba que muchas de las cosas de las que se sentía orgulloso las había aprendido más a fuerza que por voluntad, ese era el caso de las lecturas en voz alta, eran interminables las veces en que Don Pepe lo ponía a leer, —“la vista antes que la lengua”, decía una y otra vez. Era un fastidio, pero en la escuela, cuando algún otro leía mal, sentía por él un extraño desprecio, muchas veces caía en la cuenta de que ese desprecio era totalmente irracional, puesto que si él leía bien, no era por su propio esfuerzo, sino que había sido por una disciplina impuesta en contra de su voluntad. Mientras hacía las operaciones en la calculadora, pensaba en lo peligroso de las conclusiones que cualquiera podía llegar con estas experiencias.
Una vez terminada la suma se la presentó a su papá; quien en esos momentos estaba viendo cómo cargaban un camión con muebles.
La ventana que daba a la calle estaba entreabierta; lo que permitía que se oyeran todos los ruidos de la calle, propios de la mañana. Ya despierto, Pepino se quedó acostado en la cama; mientras afuera se oía a los voceros vendiendo “El Sol de Irapuato”, con una voz fuerte y melodiosa, al mismo tiempo que el sonido rítmico de la escoba sobre el pavimento recién humedecido se escuchaba como todas las mañanas. A Pepino le gustaba quedarse los sábados pensando en aviones de control remoto, en inventos y en muchachas, disfrutaba el “pastorear ideas”; como él decía. En eso estaba cuando su abuelita le tocó a su puerta:
―Pepino, acompáñame por las naranjas―. Se levantó a regañadientes, se puso sus pantalones Topeka, una playera, sus botines, una pasada del peine y bajó las escaleras como siempre: con prisa innecesaria, echando el cuerpo adelante y haciendo que los pies respondieran rápidamente al paso impuesto por la gravedad.
―Hijo, qué manera de bajar las escaleras son esas―, su abuelita ya lo estaba esperando en la puerta con su monedero negro en la mano. Pepino disfrutaba esas salidas por la mañana, todas las tiendas estaban cerradas, las campanas de la parroquia llamaban a misa de siete, los repartidores en bicicleta circulaban veloces por las calles —siempre en sentido contrario— en los puestos de periódicos acomodaban las revistas, todo era como todos los días. El paso de la abuela era mucho más rápido del que se pudiera esperar de una señora de su edad, por lo que Pepino tenía a veces que apresurar el paso para alcanzarla. Al llegar a los jugos “Pacífico”, la abuela escogió algunas verduras, le tenía confianza a don David, “está fresca y se ve que está regada con agua buena”, no compraba verdura en otro lado, eventualmente le invitaba un chocomilk al que la acompañaba, el batidor de malteadas, verde, espigado, le parecía a la abuela como algo mágico, pues se prendía cuando le ponían el vaso metálico en su posición. Ella juraba que movían un contacto con el pie. Doña Alicia siempre regateaba por el precio de las verduras: “yo no les estoy obligando a vendérmelas, el dinero no lo regalan, así es que hay que defenderlo”. Doña Alicia había vivido tiempos duros y no perdonaba ver que alguien desperdiciara; por no gastar más agua, llenaba una cubeta con el agua de la regadera que salía antes del agua caliente; aunque en ese tiempo no había medidores de agua, ella de todas formas ahorraba.
¿Cómo la voy a desperdiciar?
Había que trabajar los sábados; para cuando levantaban la cortina de la mueblería ya debía de estar Tere en el escritorio, con la tía Cuca, Juan Sebastián y Soledad limpiando el piso y sacudiendo los muebles, Miguel cargando los muebles a la camioneta de estacas. La hoja del calendario arrancada, los blocks de apuntes listos junto a las plumas amarradas con una hilaza. Pepino tenía que pasar a máquina las listas de precios y ponerlas dentro de unas hojas de plástico transparente.
En vacaciones iba todas las mañanas al banco a preguntar los saldos de las cuentas y anotar los movimientos del día anterior, después sacar una relación de los cheques que no se habían cobrado, sumar la cuenta, restársela al saldo del banco y ver si checaba con el saldo que tenía Tere en su libro.
La avioneta Cessna 150, color azul cielo con franjas de color azul marino sobre fondo blanco, estaba anclada en el campo aéreo de la zona militar, acompañada por una Piper verde del ejército y otra Cessna del Sr. Furber, amigo de Don Pepe, entre ellos se llamaban “capitanes”.
Los domingos, a forma de paseo, hacía un recorrido de media hora, nunca dejaba de pasar por el Cubilete. Después de checar su salida subió con sus tres hijos varones y Rocío, su sobrina consentida, que estaba un poco enferma de los bronquios. Todos sabían que enfermarse de los bronquios equivalía a subirse a la avioneta el domingo siguiente.
Los que se quedaban esperando el regreso veían cómo se desaparecía poco a poco, hasta que las grandes letras de la matrícula XB-RHC no eran más que diminutos puntos blancos.
Las bolsas de estraza en el interior de la cabina eran accesorios indispensables para las frecuentes incon-veniencias debidas a la altura.
Cuando estaban en vuelo, Don Pepe dejaba a los niños maniobrar los pedales.
Don Pepe tenía un defecto en la visión que lo hacía ver el horizonte sesgado, por lo que normalmente llevaba la avioneta inclinada, aunque fuera volando recto. Para tratar de corregir ese defecto tenía dos instrumentos, uno, que nunca usaba, que era el horizonte artificial y otro era una estatuilla de San Judas Tadeo que pendía con un hilo del techo de la avioneta. Si el Santo Niño coincidía con el poste de la puerta derecha, es que volaba nivelado.
Pepe acompañaba a su papá a ver alguna de las construcciones; antes construía casas grandes, pero últimamente hacía de interés social en colonias más bien apartadas; ese negocio debía de ir bien, pues cada vez hacía lotes mayores de casitas.
Pepino, una vez, caminando, comentó el punto con su papá; pero solo le contestó que eran del banco. Del tema de las casas se hablaba poco, por lo visto su mamá no las veía con buenos ojos.
Don Pepe llegó un buen día con la novedad de que quería hacer una casa en la Prolongación de la Moderna; el argumento más fuerte era que no quería que, si alguien pretendía a alguna de sus hijas, fuera a considerar su departamento poco digno. A pesar de que era muy amplio y tenía todas las comodidades, el hecho era que todos sus amigos se estaban saliendo del centro. Pasado el tiempo, cuando se estaba terminando de construir, se empezaron a notar ciertos malestares, iba a ser un cambio grande para toda la familia, entre mayor era la gente, mayor era el sentimiento, la abuela sentía que si se cambiaba de casa iba a morir pronto, también tenía la escondida idea de que Patxi no la iba a encontrar si se cambiaba, para ella no había muerto, le dijeran lo que le dijeran.
Era 1973, la mudanza se haría en mayo, pero, por una u otra cosa se iba retrasando, pues la casa no terminaba de estar lista.
Ese año llovió más que otros, las presas estaban llenas y era frecuente oír rumores sobre una inundación, pero la gente no lo tomaba muy en serio; después de todo, prácticamente todos los años se inundaba una región de la ciudad, por la calzada, pero en las demás zonas ni siquiera se sentía; ya todos estaban acostumbrados a esas pequeñas inconveniencias, pero esta vez era distinto, se organizaban una especie de excursiones familiares para ir a ver la presa del Conejo. La vez que fue Don Pepe con su familia parecía romería, se encontraron mucha gente conocida, los comentarios no pasaban de la gravedad de una broma, aunque de regreso Don Pepe comentó que no estaría por demás tomar precauciones, lo que le llamó la atención fue que hubiera varios soldados alrededor de las compuertas. “Si no hubiera peligro, esta gente no tendría por qué estar aquí”, pensó.
Al día siguiente puso a un peón a hacer unas pequeñas barditas de poco más de medio metro, todos los vecinos empezaron a hacer lo mismo.
Dieciocho de agosto, eran las cuatro de la tarde cuando se oyó decir que venía el agua, Don Pepe llamó a la Presidencia, lo que le dijeron era que “no vería más agua de la que saliera de sus llaves”. A las cinco y quince pasó un muchacho en una camioneta anunciando que el agua ya estaba en las vías del tren, esto es, a la entrada de la ciudad; pero todavía lejos del centro. Don Pepe puso a todos a subir adornos y muebles finos a la parte de arriba, a poner sacos de arena en la puerta del almacén, en cuanto medio terminaron, Don Pepe notó la mirada de angustia en los ojos de los empleados, los despidió rápidamente, solo se quedaron tres cargadores y Juan, que vivían en poblados, más altos y que no tenían peligro. Todos se pusieron a cargar sacos de arena para tapar las entradas, todavía temiendo ser escandalosos, pues había quien no creía que el agua llegaría, y que aun en caso de que así fuese, sería muy suavemente. A las seis pasó el mismo muchacho de la bicicleta realmente alarmado: “el agua ya viene por el cine”, gritaba, todos se subieron al segundo piso, los empleados a la azotea de la bodega. Lucha subió a hablar por teléfono con sus amigas, para ver si era cierto tanto alboroto; le contestó la güera con una risa nerviosa, que el agua ya estaba a más de medio metro en el primer piso. Inmediatamente se puso a llamar a todo mundo, nadie creía lo que estaba pasando, ni los que no veían aún el agua, ni los que la tenían adentro de sus casas. Todos estaban en la mueblería subiendo cosas al segundo piso, los perros ladraban asustados, en las tiendas del edificio de enfrente estaban subiendo las cosas a las repisas superiores, la señora de la dulcería “El Nardo” los miraba a todos con una mirada de orgullo, porque había mandado hacer una pequeña bardita de medio metro que, estaba segura, protegería su tienda. Tal vez por estar junto a la iglesia del Santuario.
A los veinte minutos, todas las calles ya tenían el agua hasta el nivel de la banqueta, y de pronto llegó el agua, con fuertes corrientes, que imposibilitaban del todo el caminar en la calle, había gentes subidas en los postes, el agua entraba por las coladeras y salía por los escusados, por lo que, a pesar de estar las puertas cerradas y los sacos de arena todavía resistiendo, todos los edificios y comercios ya estaban inundados en la planta baja, se veía gente pasar nadando, medio divertida por las circunstancias; pasaron varias pequeñas lanchas que salieron quién sabe de dónde. A las siete de la noche la corriente ya había desencajado las cortinas de acero de sus rieles y roto los cristales del aparador, el agua entraba libremente en las tiendas, haciendo que flotara toda la mercancía; en una tiendita de “Discotecas Aguilar”, la empleada llevaba toda la mercancía que podía al mezanine, al poco rato, los vecinos no dejaron que hiciera otro viaje.
Los teléfonos todavía funcionaban y duraron así hasta las diez de la noche, la luz se cortó a las siete y media. Para esa hora, la mayoría de los muebles del almacén ya se habían mojado, adentro de la mueblería flotaban las cajas y bolsas de empaque en completo desorden, ya había anaqueles tirados en el suelo, a pesar de todo, no se notaba el ambiente de tragedia en la familia, Don Pepe estaba en la ventana, tratando de poner una cuerda al otro lado de la calle, para auxiliar a los que pasaran flotando, logrando sacar posteriormente a dos o tres personas de la corriente. A los coches los había cubierto completamente el agua, excepto a un VW que flotaba casi alegremente en el estacionamiento, parecía un niño chiquito divirtiéndose en la alberca.
Así pasaron la noche; Lucha estaba preocupada pensando en lo que se había perdido, en lo que se debía al banco, pero estaba contenta de tener a todos en la casa y de poder darse el lujo de preparar la cena caliente y, además, dormir secos.
Al día siguiente, el agua estaba a poco menos de un metro veinte centímetros. Estaba Pepino observando la situación en la calle cuando vio a lo lejos un camión que se venía abriendo paso en la calle, recogiendo personas en la plataforma que traía remolcando, al pasar enfrente de la mueblería se tuvo que orillar pues había una camioneta atorada entre otros coches obstruyendo parte de la avenida, de repente el camión se detuvo; una rueda levantaba agua al girar sin piso, pues había caído en una coladera. De la cabina salió un muchacho que, con energía saltó al estribo de la plataforma, para después agacharse y localizar el problema, para entonces ya traía toda la plataforma llena de personas que había recogido de las azoteas de sus casas, todos lo miraban, como queriendo ayudar, pero sin tener idea de cómo hacerlo. El muchacho se rascaba la cabeza, como diciendo: “ya ves, te lo dije”, mencionaba algo del Inter, o por lo menos eso fue lo que entendió Pepino, para ese entonces, ya estaba su papá también en la ventana observando, gritó ofreciéndole ayuda. El muchacho del camión le preguntó por “una veinticinco”, pero los dos, padre e hijo, se voltearon a ver sin comprender bien lo que les pedía.
―Una llave 9/16—, gritó nuevamente.
Entonces Don Pepe se fue adentro de la casa a buscarla, Pepino le preguntó dándose baños de sabiduría: ―¿Española o de estrías?―.
En ese momento le vio cara conocida al chofer, quien, mirándolo con cara de “no seas idiota”, le respondió: ―La que tengas está bien―.
Al poco tiempo salió Don Pepe con la herramienta.
Hizo un esfuerzo por bajarse del trailer, como para componer algo, pero desistió casi inmediatamente al sentir la fuerza de la corriente, para entonces tenía bastante público observando, los de las ventanas de los edificios, los que traía en el trailer y dos tipos, uno de ellos abogado, que se quedaron atrapados en un poste toda la noche, y que veían al trailer con una mirada de esperanza, no dejaba de tener algo de cómico, sobre todo al observar la seriedad del abogado arriba del poste, era de notar que ni siquiera en esas circunstancias se había quitado la corbata.
Una cosa que no entendía Pepino era por qué no se apagaba el motor, pues el agua sobrepasaba con mucho las baterías. Después de dos o tres labores mecánicas, el chofer se metió en la cabina, se oyeron dos sonidos de aire al escapar, y el camión salió al primer intento, con tanta facilidad que parecía que nunca se había atascado. Pepino, al ver cómo salía el camión y seguía su camino, se dio cuenta de que se habían llevado sus herramientas, se acordaba del nombre del dueño del camión que venía rotulado en la puerta, años más tarde lo habría de recordar.
En la tarde, el agua ya había bajado lo suficiente para que se pudiera caminar sin peligro de ser llevado por la corriente, era un espectáculo frecuente ver a la gente entrar a las tiendas y llevarse cosas con la mayor tranquilidad, casi como si estuviera bien; en la noche entró el ejército a patrullar, pero ya era poco lo que había que proteger. En la mueblería no faltaron los incidentes de personas que se querían meter a robar, a pesar de que había gente cuidando, no hubo necesidad de enseñar ningún arma de fuego, pero Don Pepe se armó junto con Juan de palas para que se viera que estaban dispuestos a defender la propiedad. Hubo quien le pidió permiso para meterse, pero al ver la cara de Don Pepe, se alejaron; lo curioso es que se iban riendo, como si fuera algo gracioso. Todo era un ambiente raro, mezclada la sorpresa con el ánimo de ayudar a los demás, pero también de defender lo propio. Ni el coche ni las camionetas arrancaban, por lo que fue tarea de varias horas el limpiar el distribuidor, los cables, cambiar aceite, sacar lodo; para que, cuando por fin estuvo listo, se fueran a comprar provisiones a Salamanca. Después de tres horas llegaron con el coche y una camioneta de tres toneladas, cargados con garrafones de agua y varias cajas con latería.
Pepe repartió, a la gente que se acercaba, más de las tres cuartas partes del agua que había comprado, mandando de vuelta a Salamanca la camioneta a reabastecerse; no había luz, pero había teléfono, por lo que una vez confirmado con todos que no hubiera desaparecido nadie, reinaba un ambiente de curiosa alegría, aunque al ver todos los muebles tirados y mojados, Pepino pensaba en las horas que seguirían de trabajo y en lo cuantioso de las pérdidas, en ese orden.
Pepe mandó a su hijo a llevarle agua y abarrotes a la abuela Trini, hasta la colonia Eucaliptos. Estaba, como todas las señoras, tratando de limpiar su casa.
―Dicen que se va a reventar otra presa— recalcando el “otra”, Pepino le notó cierta ilusión al decirlo. Cuando llegó a su casa lo comentó con su papá.
―Hijo, tu abuela siempre ha tenido la creencia de que “lo malo, si viene en grandes cantidades, se vuelve bueno”: luego por qué son las guerras―.
En pocas semanas todo volvió a la normalidad, después de la visita de la esposa del presidente de la república, “la compañera Esther”, que, en postura demagógica, se puso a barrer; en las calles había camiones recogiendo lo que quedó de multitud de casas de adobe; después de lamentar la muerte de muchas personas que perecieron ahogadas en el estacionamiento del centro comercial Blanco, después de todo eso, la ciudad volvió a la normalidad.
La compañera Esther barriendo las calles, lo que es la mercadotecnia, comentaría años después Pepino, un día que vino a Irapuato y la gente todavía se acuerda de ella, en cambio, nadie relaciona la presa “La Purísima” con el presidente municipal que la hizo, Estrada Delgadillo, obra que evitó futuras inundaciones. Para efectos de publicidad, valió más una escoba que una presa.
Las finanzas de muchos de los negocios no se vieron afectadas, pues hubo más movimiento comercial que nunca, en las agencias de coches no se daban abasto entregando unidades, Don Pepe comentó en una comida en familia que lo que había perdido en el almacén ya lo había recuperado con creces debido al incremento en las ventas.
—Así debe ser la guerra, —dijo—, muchas pérdidas y muchas ganancias. A Estados Unidos nunca le ha ido mejor que en la segunda guerra, la guerra es la única circunstancia en donde hay inversión y a la vez ahorro—
Lucha se molestó por el comentario.
—Yo no dije que fueran buenas las guerras—, dijo Don Pepe.
—Al contrario, lo más malo es que hay gente que las usa para beneficios económicos, sin importar los muertos—.
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