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Capítulo 7
Fíjate en lo que le pides a Dios, no sea que te lo conceda.
Eran ya ocho meses los que Jaime llevaba ayudando a Don Paco; el trabajo no era pesado, solo hacía dos viajes, uno el martes y otro el jueves, uno a Aguascalientes y otro a México, no dejaba de parecerle un personaje misterioso, entre las muchas cosas que no entendía bien era que siempre llevara sobrecitos amarillos en donde guardaba el dinero, todos metidos en un pequeño portafolio verde con un logotipo amarillo de Bancomer; no entendía por qué separaba el dinero si no tenía que rendir cuentas a nadie; tenía separado un sobre para diesel, otro para comidas, otro para casetas... y así hasta llegar a ocho, se le hacía un poco “maniático” el asunto, pues a veces tenía cambio en un sobre y sufría por no tener cambio en otro sobre.
—Ya sé lo que estas pensando, toma en cuenta que ya estoy un poco viejo, todos los viejos somos un poco necios y todos tenemos cierto orden: edad, orden y necedad son palabras que suelen estar en el mismo párrafo de la vida.
Era media tarde, Jaime se preparaba para salir, toda la rutina una vez más: agua, llantas, quitar el agua del tanque del aire, nivel de aceite, revisar la lona, ajustar frenos; no como muchos, sino como le gustaba a Don Paco: levantando la rueda con el gato, haciéndola girar, ajustando la matraca hasta donde se detuviera y luego aflojándole el ajustador media vuelta; una y otra llanta, una y otra vez.
—¿Qué se necesita para ajustar? No solo los frenos, cualquier cosa:
Primero, que tengas la herramienta, si no tienes la nueve dieciséis que se necesita, no puedes hacer mayor cosa;
Segundo, saber qué es lo que estás haciendo y ubicar el punto deseado;
Tercero, que tengas margen, si solo tienes una vuelta para ajustar y las balatas están muy despegadas, no hay mucho que hacer, el ajuste es en otro lado;
Cuarto, debes dejar el seguro, un ajuste que no dura no sirve para nada. Cuando quieras ajustar algo en tu vida revisa estas cuatro cosas, sobre todo la del margen.
Una última. Antes de hacer un cambio piensa qué es lo que quieres, a lo mejor te sale bien el cambio, pero tú quedas peor que antes.
Fíjate en lo que le pides a Dios, no sea que te lo conceda.
—La necedad es el refugio de los viejos —decía Don Paco, ya de regreso en casa—. Mira, cuando eres joven, tienes todos los switches abiertos, conforme vas creciendo los vas apagando, al último ya no tienes casi nada que decidir, ya tienes definida la marca de las llantas, lo que vas a desayunar y la pasta de dientes que vas a usar hasta que te mueras, ya son pocos los switches que te quedan para manejar. El orden viene a ser una especie de equilibrio entre eliminar las opciones innecesarias y dejar abiertas las adecuadas —pasaron dos minutos y se rió—: ¡Ja!, mientras te contaba lo de la necedad me acordé de lo que decía alguien de la terquedad: “La terquedad es el recurso de los feos”1. También me acordé de que ya no se consigue la pasta de dientes Forhans, ni modo. Don Paco repitió la marca de la pasta “Forhans” —como hay cosas que suenan chistoso, suena como si aflojaras la mano al tocar el violín—.
Llegó el miércoles por la tarde, esta vez Don Paco no usaba la chamarra de siempre, llevaba un suéter gris; para sorpresa de Jaime le pidió que fuera a llevar el viaje a México y que se comunicara con él al regresar, después de darle trescientos pesos para el viaje, se despidió como si fuera normal dejarle su camión a un muchacho de diecisiete años.
La máxima preocupación de Jaime era que se le detuviera el camión en una subida, lo cual sucede a los choferes inexpertos cuando llevan el camión cargado y no hacen bien los cambios descendentes; volvió Jaime a darle una vuelta al camión para revisarlo. Me estoy haciendo viejo, pensó sonriendo.
Cuando paró en Silao a cenar, sintió que todo el mundo se le quedaba viendo. Se acercó Rosi —la mesera— sin hacer mayor comentario; a la hora de pedir, se sorprendió a sí mismo ordenando lo mismo que Don Paco: huevos tibios, coca y café, en lugar de la carne a la tampiqueña de siempre —cenar fuerte da sueño— pensó. Después de pedir la cena, se paró a la rocola para poner dos canciones de los Creedence y una de Barry Manilow.
Al traerle el refresco y el café, Rosi le preguntó distraídamente por Don Paco; Jaime le contestó que se había quedado en León, “¿y el camión?”, preguntó Rosi.
—Yo me lo traje —respondió ante la mirada de escepticismo de Rosi, como pensando que estaba haciendo algo malo, o, por lo menos a escondidas. Al subirse, puso almohadas cubiertas con cobijas en el camarote para simular que había alguien ahí; lo que le sirvió mucho al llegar a México, pues un policía de Tránsito se subió, como siempre, al estribo, mirando de reojo, tomó los cinco pesos y le deseó buen viaje. La avenida Vallejo estaba despejada a esa hora, había que tomar Montevideo, era lo más difícil, pues el semáforo apenas daba tiempo para pasar. Después había que dar vuelta en Insurgentes, Indios Verdes y llegar a la fábrica en San Juan Ixhuatepec a cargar. Al llegar dio una vuelta al camión y se metió al camarote... era la primera vez que dormía ahí, ya que siempre le tocaba dormir sobre los asientos, prendió la lamparita, el ventilador para espantar los moscos y se puso a leer el Excélsior que estaba debajo del colchón.
De regreso se detuvo antes de la caseta a checar llantas y a cenar en el restaurante camionero más famoso de México, “El cuarenta y cuatro”. Después de ir al baño, franqueó la puerta verde con mosquitero, dejándola cerrar con estrépito gracias a un resorte, el ruido no distrajo a nadie. Don Manuel atendía la caja al mismo tiempo que las llamadas por operadora de larga distancia. Como todos los jueves a las diez de la noche, la televisión Admiral transmitía Kojak, el detective pelón de la paletita. Café, huevos tibios y una coca chica. Una y otra persona pasaban a la caseta para hablar por teléfono y esforzarse por escuchar en el auricular, las meseras atendían vestidas de negro con delantal blanco y zapatos de plástico, siempre con medias. Jaime envidiaba a los que pedían su carne asada con chilaquiles, seguro se metían en su camarote hasta la madrugada siguiente.
Completó el viaje sin problemas; a las nueve de la mañana del sábado llamó por teléfono a Don Paco, mientras en la tiendita del “vaca” se oía la “LG, la grande”, en su programa de Pedro Infante, Jorge Negrete y Javier Solís; Jaime llamó fingiendo indiferencia, se saludaron y quedaron en verse al día siguiente en el taller; no se sabía quién estaba más contento de los dos.
Era sábado en la mañana, y como todos los sábados, estaban preparando el almuerzo en el taller de Horacio; al cual estaban invitados todos los que quisieran acercarse... esta vez eran unas mojarras que El Piquín había traído de su viaje a Veracruz. Aunque llegaba fuertemente el aroma, Jaime se quedó lavando el camión para que cuando llegara Don Paco lo viera trabajando; efectivamente, al poco rato llegó y a los pocos minutos lo mandó, junto con otro muchacho, a comprar cervezas; cuando iba a sacar dinero para darle, le dijo orgulloso: “¡aquí traigo!” dándole a entender que le había sobrado del viaje.
A la semana siguiente cargaron un viaje a Aguascalientes, subiendo con rumbo a Lagos, Don Paco notó callosidades en las yemas de los dedos de Jaime.
—¿Tocas violín?
—Sí, ¿en que lo notó?
—En las yemas de los dedos.
—Sí, me enseñó el padre Silvino.
—Mhhh.
En la subida de La Chona, después de meter primera y primera, andando lentamente el camión le dijo con calma:
—He pensado en venderte el camión, no sé si quieras comprármelo.
Jaime lo volteó a ver extrañado, pues Don Paco no acostumbraba bromear.
—¿Con qué dinero?
—¿Cuánto trais en la bolsa?
Jaime se buscó divertido:
—Veintidós pesos.
—Bueno, dámelos de enganche y el resto me lo vas pagando con las ganancias de los viajes. Jaime se quedó mudo, se terminó la subida, Don Paco cambió a segunda en la caja principal.
—A veces se puede meter segunda en la principal sin tantos pasos en la auxiliar —le dijo sonriendo. Jaime le dio los veintidós pesos.
—Ten los dos pesos, para que no te quedes sin nada —dijo Don Paco sonriendo.
No volvieron a tocar el tema por un buen rato, descargaron el viaje de envases, luego siguiendo por el boulevard se pararon a cenar en un restorancito que estaba entre la gasera y el cine.
—¿Y usted a qué se va a dedicar?
—No lo sé, por lo pronto voy a bajar mi handicap..., lo que pasa es que mi esposa ya se pone nerviosa cuando salgo, y últimamente no ha estado bien de salud.
—Pero ¿qué pasaría si no le puedo pagar lo del camión?
—No te preocupes, no necesito ese dinero para vivir.
—Pero no sé ni cómo se sacan las placas, ni cómo hacer cuentas en la línea, ni pagar impuestos, ni nada.
—No es cosa del otro mundo, pero yo voy a estar en la casa para lo que se te ofrezca.
Al día siguiente, Don Paco le entregó un montón de recibos para la línea.
—Puedes usarlos mientras ponemos todo a tu nombre.
Jaime todavía no entendía lo que estaba pasando, de las primeras cosas que hizo fue llevar el camión a enseñárselo a sus papás; quienes por supuesto no le creyeron, su mamá en vez de alegrarse, se preocupó. Tenía miedo de que su hijo anduviera en malos pasos. Su papá le advirtió que eso lo hacían para hacerlo trabajar más y que luego le iba a quitar el camión.
Hizo viaje tras viaje..., al principio se encontraba con que le faltaba dinero; siempre le faltaba dinero, a pesar de que tomaba los trescientos pesos de siempre, después del tercer viaje, se compró sus sobrecitos en la papelería y siguió los pasos de Don Paco. Nunca más le faltó dinero en sus viajes.
Iba con el trailer a cargar un viaje de cartón a México, cuando en Irapuato se encontró con que no podía pasar, había mucha gente en el libramiento, La Chona se había inundado días antes y se enteró de que varios compañeros habían ayudando con sus trailers a llevar y recoger cosas. Estaba esperando cuando vio pasar en un Galaxie rojo con toldo blanco unos bomberos voluntarios, jalando una pequeña lancha, se pararon justo a su lado para sujetarla. Jaime les ayudó a enderezarla y les preguntó si les podía echar una mano con la lancha, llevándosela hasta donde pudieran ayudar más. A los voluntarios les pareció buena idea, y se fueron con él abriéndole paso, entraron por la calle de Guerrero; los bomberos, personas que se notaba que eran voluntarios ocasionales, empezaron a platicar.
—Estos “quinwort” son muy buenos ¿verdad?
—Sí, la verdad es que los Kenworth son muy buenos.
Al notar la diferente pronunciación el bombero volvió a insistir:
—Los trailers que más se venden son los quinwort, ¿verdad?
—Sí, yo creo que los Kenworth son los tractores que más se venden.
El bombero, ya molesto, miró con desprecio a Jaime, como burlándose de las faltas de pronunciación, Jaime se dio cuenta, y molesto por el gesto, le preguntó:
—¿Sabe de dónde viene la palabra Kenworth?
—Sí, es “rey del trabajo” en inglés —le respondió muy ufano, orgulloso de su respuesta.
—Pues no —dijo Jaime— viene de los señores Kent y Worthington, que se juntaron y formaron la compañía.
Jaime esperaba que con eso iba a quedar concluida la discusión, pero no, el bombero hizo una mueca de incredulidad, lo que molestó más a Jaime, que continuó:
—Por lo menos eso dice la placa que está en Seattle, Washington.
—¿Tú has estado allá?
—Sí, me tocó ir con mi papá a traer este trailer que me regaló —dijo, arrepintiéndose casi al instante de la mentira, y agradeciéndole a Don Paco que le hubiera contado sus peripecias cuando había estado trabajando por allá.
—Y por cierto, el trailer es la parte de atrás: el remolque; la parte de adelante es el tractor; y a todo, se le dice camión, pero no importa, esas cosas pocas personas lo saben.
El segundo bombero soltó una pequeña risa al ver la cara de su compañero. Años más tarde se arrepentiría Jaime de haber lucido sus conocimientos de esa forma, el bombero voluntario era directivo importante de una empresa que después hizo lo necesario para que le negaran un jugoso contrato; al enterarse de que era el muchacho vanidoso del camión. Bonito modo de ganar una discusión, pensó después Jaime. Esa fue una de las últimas veces que hizo quedar mal a alguien enfrente de otra persona. ¿Por qué habían actuado así?, se preguntaba Jaime, extrañado: los tres estaban tratando de ayudar, los tres lo hacían voluntariamente, entonces ¿por qué ese enojo y rivalidad?, como fue comprobando luego, en todo, hasta en la filantropía, los humanos seguimos siendo humanos. Unos más humanos que otros.
Los voluntarios se bajaron poco después llevándose la lancha. Cuando estaban bajando la lancha se subieron cinco personas a la plataforma, pidiéndole a Jaime, ya estando arriba, que los sacara de ahí, a lo cual accedió Jaime con gusto, de hecho, fue subiendo gente por donde iba pasando, al tratar de regresar se metió de vuelta en Guerrero, la calle que va al centro de la ciudad, el agua estaba más alta, por lo que tomó la precaución de poner directa la bomba de diesel, eliminando la necesidad de corriente eléctrica para el motor. Fue cuando se acordó que había cancelado una manguera de aire que conectaba el interdiferencial, parte del diferencial que hace que trabajen los dos ejes del tractor en cierta forma que hace mucho más difícil que se atasque el camión. “Ojalá no se necesite”, pensó.
Llevaba varias cuadras sin ningún problema, recogiendo personas que se habían quedado atoradas, y que no se podían bajar porque la corriente aún era fuerte; Jaime se sentía una especie de hada madrina repartiendo el bien entre la gente, cuando notó que una parte de la calle estaba obstruida por una camioneta, por lo que se fue orillando a la izquierda, cuando al pasar la esquina de Allende, sintió un golpe en la suspensión, y el camión se atoró, ni para atrás ni para adelante; le llegó a la mente una anécdota de Santa Teresa que le había contado Don Paco, resulta que Santa Teresa andaba viajando mucho fundando conventos, cuando, al cruzar un río se le rompió el eje de la carreta donde viajaba, se cuenta que le reclamó a Dios, diciéndole que ella estaba trabajando por Él y que no entendía cómo permitía tantas dificultades, entonces oyó que Dios le dijo: “así trato yo a mis amigos, Teresa”. A lo que ella le respondió: “¡con razón tienes tan pocos amigos!”.
Jaime se salió de la cabina para ver en dónde se había atorado, pensando en su desidia de no haber arreglado la manguera del inter, ahora tendría que conectarlo manualmente, lo que parecía imposible por la corriente, además se dio cuenta de que la herramienta la traía en un compartimiento del remolque. En eso estaba cuando vio a un padre con su hijo mirando la escena desde la parte de arriba de una mueblería, gritando les pidió la herramienta, en ese momento reconoció al muchacho: era el junior que había ido a jugar el dual meet de tenis al club Atenas, “la mayor preocupación de este zoquete debe ser la de ver Disneylandia los miércoles”, pensó. Después de aclarar el tipo de herramienta que quería, se la proporcionaron, ya con la llave necesaria, intentó alcanzar el diferencial pero le fue imposible, luego de unos momentos de indecisión, abrió el cofre y pasó la manguera del medidor de presión del tablero al control del inter, con satisfacción alcanzó a oír el ligero escape de aire, señal de que ya estaba conectado: después de bajar el cofre, metió las velocidades, todos estaban observándolo, entre otras cosas, porque no tenían más que hacer.
El camión avanzó sin el menor esfuerzo, como si nunca hubiera estado atascado.
—Las llaves —pensó Jaime, haciéndose el propósito de devolverlas algún día.
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