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Mil Novecientos treinta y nueve
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Ruben Nohuitol
Capítulo 0
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18

Capítulo 8

…es un error creer que tú alcanzas el éxito, el éxito es el que te alcanza a ti, solo hay que ponerse a modo.

Había que decidir qué era lo que iba a estudiar, tenía que hacer exámenes de admisión y no sabía en qué universidad, ni qué carrera estudiar, vio los planes de estudios de cada carrera, las materias que había que cursar... y como las matemáticas se le facilitaban y el dibujo se le dificultaba, escogió de la misma forma que la mayoría de los muchachos la carrera a estudiar, eliminan las que no les gusta, ven la tira de materias y deciden con la ligereza de escoger un plato en un menú.
Al platicar con su papá de la decisión, le extrañó que al mencionar mercadotecnia frunciera el ceño.
―No, si vas a estudiar, estudia algo en serio, no esas cosas raras— era claro que mercadotecnia le sonaba a Don Pepe como estudiar para artista de segunda. Él hu-biera preferido que su hijo fuera al Tec de Monterrey, como los hijos de sus vecinos, o a la UAG como sus primos.
A la semana estaba presentando exámenes en el ITAM, en la Ibero y en la Anáhuac; la que lo aceptara primero, esa era la buena. En el ITAM para economía, en la Ibero para ingeniería y en la Anáhuac para administración. El ITAM fue el primero que resolvió. Marina Nacional, frente a Petróleos, nada que presumir de las instalaciones. Hubo un cambio que definitivamente no le gustó: se iba a vivir con su tía Sara, hermana de Don Pepe, señora viuda que disfrutaba de una posición económica cómoda, Pepino tenía pensado poner un departamento con amigos de Irapuato que se iban al Distrito Federal, en la colonia Del Valle, esos planes se fueron para abajo, Don Pepe le “pidió” que se fuera con su tía; por otra parte, la tía vivía en Polanco. Bueno, tampoco pasa nada, como dice mi tío Chava Urquiza:
—Para ser valle de lágrimas no está tan de la chingada—, repitió su dicho.

Don Pepe le compró un Dodge Dart gris, recién sacado de la agencia de su amigo Fernando, las cosas le iban bien al señor, el hacer casas de interés social, combinado con la mueblería habían hecho de Don Pepe una persona próspera.
Todo era nuevo al llegar a México, era una tarde lluviosa, los sauces caían pesados sobre las amplias calles de Polanco. Al llegar a casa de su tía, tocó el timbre y esperó tras la reja, escuchando solo los limpiadores de su coche y el caer de la lluvia, mientras veía que se entreabría la puerta y se volvía a cerrar. Pepino se cuidaba de no ser salpicado por los coches que pasaban mientras un caballero de apariencia respetable con un paraguas negro le habría para permitir el paso a su coche. Después de dejar el auto bajo cubierto, Pepe pasó al recibidor, donde esperó un buen rato a su tía. La casa era la típica de la colonia, estilo barroco, algunos decían estilo californiano, un poco obscura, con sala espaciosa de piso de mármol en cuadros alternados, blancos y negros a forma de tablero de ajedrez, y una mesa de centro llena de piezas de cristal fino con huevos de cristal y un Fabergé, además de una familia de french poodles de cristal, las escaleras de granito con barandales de bronce que subían dando vuelta bordeando ventanales de vidrio soplado con tonos dominantes de azul. La cochera, hasta el fondo de la casa. Un Cadillac Seville negro dominaba la vista de la cochera. El Volkswagen se quedaba escondido a la vuelta de la casa, junto a la cisterna. El que definitivamente se alcanzaba a ver desde afuera era el Cadillac negro. El Dart de Pepino ocuparía su lugar junto al Volkswagen, por supuesto sin techo, nunca se explicaría Pepino para qué querían el techo del porche, aunque comprendía que se le taparía la vista al coche negro. La cocina tenía un aroma a limpio proveniente de un detergente con base de amoníaco, los baños otro aroma, un aroma especial, tal vez debido a las tapas de los escusados, que eran de madera; además, las hierbitas de olor y los jabones daban un tono distinto a algo tan simple como lo era el aroma de un baño. Sobre esto, las manijas y el lavamanos de porcelana con llaves en forma de cruz daban un toque de añeja distinción.
La cena, aunque quesadillas con frijoles, fue llevada a la mesa redonda por Cande al antecomedor, con gran solemnidad. Un botón de timbre colgando desde el techo sobre el centro de la mesa, un salero y pimientero; además, una charolita con medicinas, el pan rebanado cubierto por una servilleta y las jarras de agua y leche en una tabla de centro de mesa que giraba con el más leve empuje de los dedos; la servilleta en un arillo, los dos primeros días creía que las cambiaban diario, después se enteró que el cambio era cada semana: los lunes, porque los domingos usaban otras servilletas, más grandes y elegantes, siempre limpias. La cena caliente siempre a la misma hora y de la misma forma daba sensación de estabilidad y calidez a la casa. Después de cenar, la tía se retiraba a ver la novela de las nueve, sin decir a Pepino más nada que buenas noches. Pepino se retiró a lo que era el despacho, a curiosear entre los libros y revistas de su difunto tío. El pasatiempo no era muy entretenido, pero era mejor que ver novelas, sin contar con el hecho de que solo había una televisión y estaba en la salita del cuarto de la tía Sara. Una colección completísima de Mecánicas Populares y de “Selecciones”, hacía que Pepino tuviera material más que suficiente para leer antes de dormir.
Una de las cosas agradables de la mañana fue el notar que Don Lupe había lavado su coche. Al agradecérselo, Don Lupe hizo un gesto de indiferencia, como diciendo “no sé de qué me da las gracias, es mi trabajo”. Tenía una extraña dignidad, nunca se casó, vestía casi siempre de gris, con camisa blanca de algodón. No era extraño que lo confundieran con el señor de la casa…, lo que no sería raro, tenía mucho más porte y dignidad que muchos de sus vecinos.
Estaba en el salón el primer día de clases; el edificio no era bonito, no tenía jardín, una cancha de voli que hacía las veces de estacionamiento, pero según los que conocían, era una excelente escuela, y los maestros de lo mejor; tal vez la circunstancia de que fuera céntrico ayudaba a conseguir buenos catedráticos de tiempo parcial, el hecho de dejar el coche estacionado en tercera fila, sin más, llamaba la atención a cualquiera, por no decir de la impunidad que tácitamente gozaban.
Solo había cuatro mujeres en el grupo, una de ellas bonita de cara, con aire intelectual y con una falda que no podía ser más larga, usaba lentes redondos y miraba constantemente por la ventana, sentada en la primera fila. Seguro es una “matada”, pensó Pepe, otras dos muchachas platicaban con aparente interés, las tres se habían sentado juntas, como en defensa instintiva contra el sexo masculino. La cuarta, no había descubierto la cuarta, estaba sentada más atrás, trató de disimular, sin éxito; se quedó prendado a primera vista, delgada, espigada, pelo negro hasta los hombros, tez blanquísima, y... ¡en su salón!, se sentó a dos escritorios de ella.
―Hola―.
―Hola―.
Una sonrisa corta, como firma de recibido. No obstante, Pepino estaba encantado, esperaba el momento para dirigirle la palabra cuando de repente entró con prisa un chaparrito con lentes, apresurado y con aire decidido.
―Bienvenidos al ITAM —dijo mientras todos se termina-ban de acomodar en sus asientos.
Esta es supongo, su primera clase —a lo que los alumnos respondieron con una cara de aceptación—.
―El propósito de esta materia es sacar a toda la basura que se coló en el examen de admisión, de todos los que están aquí, solo va a pasar la tercera parte; las mujeres, por favor, dense de baja de una vez, en el ITAM no se ha graduado nunca una mujer; es más, no ha pasado de cuarto semestre, por lo que les aconsejo que no pierdan su tiempo y se inscriban en otra parte―.
Todo el grupo miraba sorprendido al sujeto, una muchacha, la más gordita tenía la boca abierta de espanto y asombro.
―Esta es la lista de los libros que van a tener que comprar, son sólo doce libros, los quiero todos para la próxima clase—, dijo mientras enseñaba rápidamente una hoja—.
―El costo es de dos mil quinientos pesos—, suma enorme, tomando en cuenta que las colegiaturas de todo el semestre costaban cuatro mil quinientos pesos. ―La hora de entrada no va a ser a las siete, va a ser a las seis y media, por cierto, vamos a tener una clase extra los sábados a la misma hora... ¿no le gustó? —preguntó a un gordito que estaba sentado hasta adelante.
―No, sí maestro, está bien—, dijo rápidamente.
―Mejor dese de baja compañero, usted no va a pasar la materia— el gordito hizo un gesto de indignación, siempre había sido el más aplicado de la clase, y ahora le decían en la primera clase que iba a reprobar.
Reinaba en el salón un silencio absoluto, se abrió la puerta, un alumno con gesto alegre hizo una rápida seña al “profesor”.
―Nos vemos pasado mañana a las seis y media—, anunció mientras salía rápidamente del salón. Medio minuto después entró al salón un profesor de edad mediana, el Dr. Siliceo, con aire apacible.
―Buenos días muchachos— dijo, mientras se sentaba en la silla que acababa de ser desocupada apresuradamente. Al ver la cara de asombro de sus alumnos. Se sonrió al darse cuenta de que los alumnos de los últimos semestres les habían hecho la novatada ya clásica en la institución. El grupo, después de darse cuenta del engaño, tardó todavía buen rato en reaccionar; en especial la gordita, quién siguió como media hora con la mirada perdida y la boca abierta por la primera impresión recibida. Oyó como entre sueños que el doctor Siliceo mencionaba algo de Antígona.
Pepe volteó a ver a Malena, ella miraba muy seria la carpeta donde hacía las primeras anotaciones de su carrera. Tenía una expresión de tristeza y al mismo tiempo de determinación. Pepe no podía creer en su suerte, la muchacha perfecta, falda a cuadros, playera azul marino con cuello alto, zapatos café obscuros, reloj: Rolex.
El trato con Malena continuó gracias a los maestros, que dejaban tareas como si fueran los únicos profesores en el ITAM, pasaban juntos buen tiempo haciendo trabajos.
―¡Cuidado!—, dijo Malena al tiempo que Pepe le tocaba la rodilla con la suya, a forma de flirteo. Pepe apartó su pierna inmediatamente. Malena rió.
―Cuidado con la araña—, dijo todavía sonriendo al darse cuenta del susto que le había pegado, una araña colgaba de la lámpara que estaba arriba de ellos.
―Una araña titiritera—, dijo Pepe. Malena se le quedó viendo.
―¿De dónde sacaste eso de araña titiritera?―.
―Uno que es culto, ¿qué quieres? Historia de las Ideas, el Doctor de la Isla, Problemas de la Ciencia y la Técnica, Luis Astey―.
―No, en serio, ¿de dónde sacaste eso de las arañas titiriteras?―.
―De vez en cuando se la oigo a mi abuela―.
―Mmhhh, qué curioso, murmuró Malena―.
Malena volvió a su libro, con su costumbre de dejar caer su pelo hacia delante. Si había algo como estar enamorado, eso era lo más cercano que Pepino había estado en toda su vida.
―Bis, ¿qué crees?, encontré alguien que conoce de ara-ñas titiriteras, ¿te acuerdas del muchacho de Irapuato?―.
Don Abraham volteó serio:
―¿Cómo dices que se llama?―.
―Pepe―.
―José... ¿qué?―.
―José Correa Orendáin—, dijo, después de ver un papel.
Don Abraham se sentó dejando caer la respiración, Orendáin era el segundo apellido de Carolina, Lucha lo pudo haber cambiado por el primero, o tal vez Patxi, no sabía, pero las arañas titiriteras eran patrimonio inte-lectual exclusivo de doña Alicia.
¿Sería posible que alguien, Patxi o Lucha estuvieran en México?; a ellas las había mandado a Buenos Aires, de lo último que tuvo noticia fue que se embarcaron en el “Cristóbal Colón”; a Patxi lo embarcó en el “Marqués de Comillas” a Nueva York, el mismo barco en el que él mismo llegó a Veracruz.
―Me gustaría conocer a tu amigo, ¿cuándo lo invitas a la casa?―.
―Ya verás como sí—, le respondió Malena con su curiosa sintaxis.
―De hecho no tengo que caminar mucho, vive aquí enfrente―.
―¿Perdón?―.
―Es sobrino de doña Sara, vive aquí mientras estudia—, otra vez la misma sensación en las corcovas de las rodillas, esta vez acompañada de un vacío en el esto-mago. Torció la boca, hizo un pequeño ruido y se asomó por la ventana con la esperanza de verlo:
―¿Cuándo lo invitas a la casa?—, le repitió.
Don Abraham le dio los datos a Bruno, quien, después de un corto viaje a Irapuato, comprobó que, efectivamente, era hijo de Lucha.
No sabía cómo había llegado a México, menos a Irapuato y mucho menos a tener un hijo que coincidiera en el mismo salón que Malena.
Don Abraham no pudo dormir en varios días, había loca-lizado a Lucha, se había enterado de que aún vivía doña Alicia, cuarenta años sin saber nada de ellas y ahora aparecían de repente.
Irapuato, solo lo había visto de pasada hacia Guadalajara, y mencionado por las fresas. Nada más, hasta ahora.
Vinieron a su mente todo tipo de pensamientos, ¿se habrán enterado de lo que les había hecho? , Si se enteraron, ¿cuánto tiempo tiene que se dieron cuenta?, ¿lo estarán buscando?, ¿se habrán conformado con una hojita en donde decía que estaban muertos y una tumba falsa?, las rodillas le temblaban, tuvo que sentarse nuevamente. Habló a Bruno:
—Ven en cuanto puedas―.
―Por una parte es mejor, llevo treinta años esperando que me descubran, ya estoy harto de esta situación, ¡ojalá que se descubra todo y me cargue la fregada!, maldita la hora en que se me ocurrió esta pavada, no he tenido un solo día que no me acuerde y vea la cara de cada uno en mis sueños. ¡No hay dinero que pague eso!, en su momento lo hice para quedarme con mi hija, ¡para lo que sirvió!, en fin, qué le vamos a hacer, lo que sea que truene, para bien o para mal—.
—¿Que te pasa?, toma las cosas con calma, mira, averigua un poco más, hay que ver con este muchacho: si conoce a su tío, o si sabe algo de él, ahí nos enteramos—.
—Sí, ya lo había pensado, no creas que ando tan pendejo, voy a hacer algo más, comunícate con Jorge, o con Eduardo, con el que sea, de la casa de bolsa—.
Pepe vio en el tablero de avisos:
—Se solicita auxiliar analista—, Inverlat. Llamó por teléfono para pedir una cita, 10 AM. jueves. Los días se hacían cada vez más cortos, muchos estudiaban y trabajaban, el tenía tiempo para estudiar con Malena, pero ya tenía ganas de trabajar.
El trato con su tía se había vuelto menos frío. A veces, por la misma soledad de los dos se quedaban platicando después de la cena, era una mujer de un gran carácter, pero con muchas reservas y desconfianzas. Solía tener algunos ratos de plática simpática, su desconfianza hacia todos y proclividad a la crítica era tan evidente y exagerada que caía en lo simpático.
Don Lupe iba perfectamente con la personalidad de la casa, vivía en el segundo piso, en la parte de atrás de la casa, arriba de la cochera, bordeada toda la construcción por una tupida y bien cuidada enredadera. Por la parte de atrás, su habitación conectaba con un bien cuidado huerto, huerto que no tenía otra comunicación con la casa. Espinacas, acelgas, calabazas, pepinos, rábanos, chayotes..., Don Lupe era el único que entraba a ese huerto, que en un pasado había sido una cancha de tenis; ver el huerto desde la ventana que estaba junto al pequeño escritorio era un placer. Pepe se quedó observando cómo limpiaba el Cadillac negro, que rara vez lavaba, solo limpiaba, con un trapo gris, varias veces al día, siempre adentro de la cochera, guardada por una puerta de madera color beige, que rara vez se cerraba, por no decir nunca. Era un enigma para Pepino el por qué Don Lupe no hacía nada para ser otra cosa que chofer, o por qué nunca había hecho algo que le permitiera una mejor posición, su pelo canoso brillante y peinado para atrás, su elevada estatura, su gran seriedad, y sus zapatos bostonianos siempre bien boleados, le daba un aire aristocrático, cuando Pepe le preguntaba algo personal solo sonreía y seguía con su trabajo.
―Llena esta forma—, le dijo con calma una señora muy bien vestida, guapísima, tenía una carpeta grabada “M. Esteve”, lo saludó luego con una sonrisa, llevándolo a la mesa de juntas, nombre, dirección, aficiones, grado académico, etc., etc. Pepe no salía de su asombro: desde que estaba en primaria no había sentido el mismo tipo de admiración por una mujer, de una belleza impresionante, un trato delicado y ademanes que dejaban ver una vida exigente y bien llevada. Fue el único día que la vio. Definitivamente no era secretaria, en adelante solo oyó hablar de ella, nada más que elogios, inclusive de Anilú, que se las gastaba sola para hacer comentarios bajos y traicioneros.
No veía a nadie más llenando solicitudes, le dejaron la sala de juntas para llenar una forma de solicitud de empleo. Como si fuera poco, Angy, la secretaria del director le llevó café y galletas.
―Vente el lunes, ¿has estado en el seguro?―.
―No―.
―Bueno, trae dos fotos tamaño infantil―.
―¿El lunes me resuelven?—, preguntó con timidez.
Angy lo vio con mirada de condescendencia:
—Vente el lunes―.
Pepe la vio salir de la sala de juntas con la elegancia de una reina abandonando a sus lacayos.
Sopa de frijol en la cena, con totopos y queso, pan de dulce y leche caliente servida en una pequeña jarra “Vasconia”, una jarra de agua y otra de leche fría. ―¿Quieres unas quesadillas?―, tres segundos sin responder, timbre, un timbre que colgaba justo arriba de la mesa del antecomedor, ―Cande, tres quesadillas para el joven―.
Lunes, llegó a las once a Inverlat.
―¿Qué horas son estas de llegar?, —dijo Angy—. Pasa con el licenciado, te está esperando―.
El aroma de alfombra nueva y el olor del café, mezclados con el del encino daba a la atmósfera un aire distinguido, la luz indirecta caía sobre las elegantes y delgadas persianas plásticas, Eduardo se levantó como resorte de su sillón de piel
―Pásale, Pepe, ¿un café?―, Pepino tuvo la impresión de que lo estaban confundiendo con otra persona.
―Bueno―.
―¿Con azúcar? ―.
―Negro está bien, gracias—, le gustaba con una de azúcar, pero había oído al coach Molden en St. Paul´s el “black is ok” y lo había adoptado como contestación, aunque fuera traducido.
Eduardo sonrió a Angy como diciendo “eso es todo”.
La presentación con todos los de la oficina, Eduardo lo presentó con cada uno en todo el piso. Estaba todavía sorprendido, ¿era el único que había hecho solicitud?, ¿no era necesario un examen de algo? En fin, no iba a ser él quien reclamara.
Le asignaron un escritorio y le dieron su trabajo: estar junto a Miguel, viendo lo que hacía y aprendiendo, por las tardes Isabel le daría algo de trabajo “pesado”, sumar cantidades y checar cuentas: pareciera que esa tarea lo había de perseguir toda su vida.
Todavía era de noche, se equivocó por una hora, levantándose más temprano, la puerta de la cochera estaba abierta, Don Lupe podando el seto exterior a la casa, ahí fue donde Pepe se dio cuenta de que algo andaba mal con la hora, estaba más oscuro de lo normal; Don Lupe, con sus largas botas de hule, lo saludó con un buenos días amistoso, con un tono de “¿y ahora por qué tan temprano?”. Pepino se recargó en la barda de piedra, había un poco de neblina, el pavimento estaba mojado todavía de la lluvia de la noche anterior, la amplia banqueta empedrada alrededor de los árboles, rota en algunas partes debido a las raíces, invitaba a caminar por ella. En la casa de enfrente, se podía ver a través de las rejas pasar a don Abraham, con su bata roja y boina a cuadros, Pepe no dejaba de reflexionar en Don Lupe, ¿qué diferencia podría haber entre él y don Abraham? A fin de cuentas, los dos vivían en una casa grande en Polanco, los dos manejaban buenos coches. Si acaso, la diferencia era que Don Lupe era mucho más sano. Sus expresiones tenían algo de parecido, la diferencia estaba en que don Abraham parecía estar esperando algo malo y Don Lupe algo bueno: gran diferencia.
―¿De donde es usted, Don Lupe?―.
―De un pueblito de Jalisco, La Unión de San Antonio―.
―¿Y cómo llegó aquí?—, como siempre Don Lupe sonrió y elevó los hombros, esta vez mirándolo y levantando la ceja al mismo tiempo que sonreía. Siguió cortando cuidadosamente el seto, un Galaxie negro pasó despacio, solemnemente, provocando un suave ruido con las anchas llantas al pasar por los pequeños charcos, un leve claxonazo a forma de saludo, Don Lupe saludaba sobria y elegantemente. Al poco tiempo pasó un Impala verde, el mismo saludo.
―Don Lupe, ¿conoce al señor de enfrente?―.
―¿A don Abraham?, claro que sí―.
―¿Es raro, no?―.
―Todos somos raros—, silencio.
―He notado que se me queda viendo—, dijo Pepino, Don Lupe interrumpió involuntariamente sus tijeretazos.
―Tendrá curiosidad―.
―¿De qué?―.
―No sé. Los viejos nos volvemos curiosos. No te preocupes, ya lo conocerás. Tenía mucho tiempo viviendo en esa casa, tuvo algunos problemas y luego regresó―.
Pasaron varias semanas, le salía más caro trabajar que quedarse en la casa; la ropa que tenía que comprar era mucho más cara de la que él normalmente usaba, y era de otro tipo; la corbata no podía ser cualquier corbata, tenía que ser Hermes; los zapatos Florsheim; el traje, de Sidi para arriba, los calcetines Gold Toe, de rombitos de preferencia. Su papá, orgulloso de que trabajara, dejó de enviarle dinero, curiosa forma de demostrar su orgullo. Pepino le reclamó, diciéndole que lo que ganaba no le alcanzaba para nada, entre gasolina, ropa y estacionamientos, se iba todo.
Se le hacía muy agradable, la familiaridad con que se trataba a las muchachas; aunque muchas de ellas eran casadas, parecía que esto no tenía nada que ver en la casa de bolsa. Salían a comer o cenar con compañeros de trabajo, a veces al “Bandasha”, otras veces a “El Mirador”, iban a todas las reuniones; a muchas de ellas no se les conocía el marido, a pesar de llevar años trabajando allí; pareciera que en las casas de bolsa las escogieran por el aspecto, todo lo demás era ganancia.
El escritorio de Pepe era de los de la “fila”, ocho escritorios sin ninguna división, las sillas Knoll tapizadas en el azul institucional; al recibir llamadas personales, parecía que hablaban en clave:
—Sí—,
—No—,
—Ajá—, 
—No exactamente—,
—Igual—,
—Donde siempre—,
—A la hora de siempre—.
Con el tiempo parecía que se oía lo que decían por el otro lado,
—¿Puedes hablar?—,
—¿Estás sola?—, y una expresión común en las “relaciones peligrosas”:
—¿Puedes que nos veamos hoy?—, esa oficina era como el limbo del estado civil; ahí no tenía mayor importancia ser casada, soltera, divorciada, viuda, etc., eso sí, cuidaban mucho la identidad del tercero; aunque todos supieran de quién se trataba, disimulaban con un aire de autismo propio del mejor actor.
Al principio parecía que todos trabajaban todo el día, luego parecía que algunos trabajaban, luego, que casi nadie trabajaba, luego que alguien trabajaba: Isabel, delgada, nerviosa... los ojos le brillaban de coraje si no le entregaban la información como ella quería. Por supuesto, siempre estaba haciendo corajes. El cierre del día era el caos; siempre había alguien cerrando operaciones al último minuto; alguien a quien se le olvidó alguna instrucción del cliente, una inversión que no se puso a la tasa, un cheque no cubierto... siempre había algo a última hora, nadie sabía cómo Isabel alcanzaba a cuadrar todo, sacar el reporte diario y todavía salir a la misma hora. Después Pepe se fue enterando de su secreto, utilizaba una subcuenta del grupo en donde manejaba sus pendientes por ajustar, una especie de cuentas de conciliación para las inversiones; esa subcuenta era de un fondo de inversión tan grande, que las pequeñas diferencias del día prácticamente no afectaban; nadie había preguntado por esa extraña subcuenta, Isabel había aprendido con el tiempo que era muy poca la diferencia entre los rendimientos finales de los inversionistas que estaban comprando y vendiendo todo el tiempo, fijándose en rendimientos y en datos aparentemente confidenciales y los rendimientos de los portafolios en los que prácticamente no se compraban ni se vendían acciones en meses. Con la diferencia que estos últimos no pagaban comisiones a la casa de bolsa, Pepe era uno de sus cuatro subordinados, los otros tres eran Miguel, Jorge y Esteban; Miguel era un tipo muy agradable, estaba estudiando algo raro, como filosofía, era muy abierto, y de fácil sonrisa; Esteban era más serio, él no estaba estudiando, parece ser que era de los pocos que trabajaban por necesidad, Jorge era solo un año mayor que él, estudiaba Administración en la Anáhuac, era nervioso y al mismo tiempo despreocupado, seguro de él mismo, muy bien vestido. Pepe tenía que sacar las conciliaciones de las cuentas a mano, revisar la tarjeta de cada una, sumar los saldos y checar la con la tarjeta maestra. En ese entonces ya había sistemas que hicieran esa tarea, pero los directores de la casa de bolsa preferían que se hiciera de esa forma; eran los tiempos en que todavía no se confiaba en las computadoras, y a la gente mayor les encantaba que les entregaran las tarjetas amarillas llenas de pequeños números, ordenados y bonitos, en donde, con cargo y abono se explicaba cada movimiento de esa cuenta y sus valores estimados.
Pepe tenía su calculadora Olivetti de rollo, color negro con teclas verdes y un montón de movimientos que pasar a diario, para sorpresa de Isabel, Pepe empezó a trabajar como si estuviera ahí desde hace años; Miguel se le quedaba viendo con extrañeza al empezar a teclear en la calculadora sin ver los números, solo las pólizas.
Cuando terminó con su trabajo, que era asombrosamente parecido al que hacía en la mueblería, y ver que sus colegas todavía no terminaban, se paró de su escritorio y fue a servirse un café.
Angy tomó con delicadeza, mezclada con altivez, la taza de su jefe y la suya, después de llenarlas, se despidió con un —Bye—, cantado a dos tonos: daba la impresión de que quería decir que era la única que tenía boleto para la función, hizo una escala en su escritorio por galletas y después entró en el privado de Eduardo. Angy usaba lentes redondos que no necesitaba más que para su imagen de mujer moderna e intelectual; de hecho, cuando necesitaba leer letra pequeña, se los quitaba. Pepe siguió viéndola hasta que se metió al privado.
—Es lo más pesado de su trabajo—, le dijo Jorge, con aire despreocupado—.
―Tengo curiosidad de ver para qué otra cosa sirven sus cajones aparte de usarlos para guardar galletas, Kleenex, arreglos navideños, boletos para alguna rifa, y eso sí, una agenda, en donde apunta todas las citas que tiene su jefe—, dijo abriendo sarcásticamente los ojos. —El cajón de abajo tiene como única función guardar la bolsa, por cierto bastante grandecita―.
Jorge se volvió a su escritorio con soltura, usaba un traje Yves Sant Laurent que por lo menos costaba mil quinientos dólares, camisa de algodón con sus iniciales bordadas en el puño, al cruzar el pie desenfadadamente, dejaba ver la marca Bally en sus zapatos, todo lo cual indicaba que su sueldo le tenía muy sin cuidado, le acababan de asignar dos cuentas más que medianas, y parece que lo hacía bien porque nadie le decía nada cuando salía con sus clientes al Champs-Élisées, con cuentas que indicaban que se habían pasado un buen rato, —después de la tintorería ya no son Hermes―, solía decir al referirse a su corbata.
Eduardo salió de su despacho a enseñarle la oficina a unos clientes, con quienes había comido en el espléndido comedor del piso nueve, Isabel le dijo de buena manera: —Deberías terminar tu trabajo antes de ponerte a fisgonear―.
―Me parece que ya lo terminé—, le dijo, entregándole las tarjetas y el reporte conciliado; Miguel y Esteban, los otros auxiliares, miraban de reojo.
―Debe estar mal, —dijo Isabel—, no es posible que hayas terminado el reporte, a los demás les lleva varios días—, siguió hablando, pero no de mal modo, sino como para que la escucharan los demás.
Pepe se acordaba de las horas y horas que lo ponían a hacer las tiras de sumas, pero aparentaba naturalidad, como si ya hubiera nacido sabiéndolo hacer. La buena suerte lo ayudó cuando le dijeron que pasara el resumen del día a máquina, otra Olivetti igualita a la que acababan de comprar en las oficinas de la constructora de su papá, y que él, por curiosidad había aprendido a manejar. En menos que canta un gallo, y aprovechando lo que su papá llamaba “habilidades secundarias”, entregó el reporte tan rápido que hizo que Isabel le hiciera un comentario que parecía fuera de lugar en ella:
―¿Dónde habías estado toda mi vida, mi rey?—, sin esperar respuesta se fue a su escritorio encantada, caminando con un lápiz en la mano mientras leía el reporte. Esteban solo lo miraba de reojo, siguiendo con sus números. Miguel ni siquiera volteó, pero había oído todo lo que le estaba pasando a “el nuevo”. Había alguien más, sonó la extensión común a los tres escritorios, se levantó Miguel para contestar.
―Te hablan—, le dijo a Pepe con una sonrisa.
―¡Hola!, ¡Bienvenido!, soy tu amiga secreta—, Pepe volteó a ver alrededor, por las divisiones no se podía ver a nadie hablando por teléfono—.
―Ten cuidado de los buitres―, dijo con tono misterioso. ―Adiós―.
Por la voz era una muchacha muy agradable. Tal vez de unos veinticinco años, hizo otras cosas para terminar el día y se salió de la oficina. Al salir vio en el mismo estacionamiento a Jorge, en un Gran Marquis con quemacocos, dos o tres años atrasado, pero muy bien cuidado; que no parecía ir muy de acuerdo con la personalidad de alguien de su edad.
Al día siguiente, al llegar Pepe a su escritorio, esperaba una mirada de felicitación de Isabel, pero lo que recibió fue una mirada esquiva, no le dio nada qué hacer... se fue a su escritorio desconcertado; al poco tiempo, se oyó sonar la extensión de Isabel y con un gesto le dijo que fuera para su escritorio.
―Que pases a personal―.
―¿Para qué?―, preguntó extrañado.
―Parece que hay un malentendido―.
Después de recibir de caja chica el equivalente a su día trabajado, regresó a su escritorio a recoger las pocas cosas que tenía. Cuando iba pasando por el teléfono sonó, no contestó, puesto que ya no sentía tal derecho, se levantó Miguel, contestó y colgó inmediatamente. Después de recoger sus plumas, calculadora y una agenda de Expansión que le había regalado su papá, pasó de nuevo junto al teléfono, de nuevo sonó y de nuevo siguió de largo; esta vez se levantó Esteban a contestar.
―Pepe, te hablan —le dijo en el último momento.
―El buitre dijo que eras espía, y por eso te corrieron—, dijo la muchacha misteriosa.
―Dijo que no era posible que supieras hacer lo que hiciste si no hubieras estado trabajando antes en una casa de bolsa―.
Le parecía increíble que si alguien hacía las cosas bien lo corrieran, se acordó de lo que había pensado el día anterior acerca de lo bueno de las horas de práctica, ahora le parecía que le habían estorbado.
―Salirse de los estándares siempre es un riesgo—, le decían.
―Hay gente que preferimos volar—, dijo con su lenguaje parabólico.
Con coraje se dirigía hacia la salida; cuando pasó por el despacho de Eduardo observo que la puerta estaba abierta.
—Total, qué más me pueden hacer, si ya me corrieron―,
Cruzó la oficina, Angy se levantó para ver que quería, más con curiosidad que con ánimo de evitárselo. Se metió dentro del elevador y presionó E1, siquiera voy a ver qué coches tienen. Le llamó la atención que en la música del elevador estuvieran tocando “Primavera” de Vivaldi... era 21 de marzo, tal vez era un detalle por la primavera.
—Debe de haber alguien muy ocioso, o muy meticuloso para fijarse en esos detalles, una compañía que tiene tiempo para esas cosas debe tener algo bueno, lástima que yo no lo haya encontrado—.
―¿Quién será realmente el jefe?, —quién sabe—, esa sí que era una pregunta profunda. En eso estaba cuando se abrieron las puertas del elevador y se topó de frente con Eduardo, se quedó pasmado al ser sorprendido por el director en el elevador privado.
―¿Qué haces aquí?—, dijo, no se le veía enojado.
―Me acaban de correr—, dijo apenas.
―Eres rápido, llevas dos semanas y ya te corrimos, es todo un récord—, por lo que se veía no estaba enterado, pensó Pepe.
—Ven, —dijo―, te invito un café—. Subieron los dos por el elevador,
—¿Quién te dijo que estabas despedido?―.
―En personal―.
―Qué raro―.
Pepe vio que había alguna oportunidad de que cambiaran las cosas.
Al llegar a la oficina, Eduardo dejó a Pepe solo mientras iba a la sala de juntas para hacer una llamada en privado, tardó dos minutos en la llamada, luego tomó el teléfono nuevamente.
―Angy, averíguame por qué corrimos a Pepe, —dijo con soltura—, quiero la verdad―.
―Antes, regálanos dos cafés, por favor―.
―Dijiste negro, ¿verdad?—, asintió con un ajá.
Eduardo completó:
—¿Juegas golf?―.
―Sí, ¿por qué?―.
―Solo un golfista se atreve a ponerse esos calcetines, dijo sonriendo, y no tengo nada contra las jirafas, ¿eh?,
―¿En dónde juegas?—, siguió Eduardo.
―En Irapuato, en Villas―.
―Mmh, ¿conoces a los Barba?―.
―Solo a Chava y a Chori, su tío es el de Villas, los conozco por mis primos―.
Eduardo lo interrumpió distraído:
―¿Cuánto tiras?―.
―Noventas altos―.
―A ver qué día jugamos, aquí en este negocio es importantísimo, no sé cómo no lo piden como requisito―.
Al poco tiempo entró Angy con los cafés, en una charolita de acero y madera, con elegantes tasas de porcelana alemana con filos dorados. Una pequeña azucarera con trozos en cuadritos.
―¿Negro está bien, verdad…?—, dijo Angy con gracioso sarcasmo al mismo tiempo que recogía la charolita, tomó la lista de llamadas pendientes que Eduardo le daba siempre al llegar a la oficina, quien recibió otra llamada, debía ser su esposa, por el tono.
―Sí, Lolita; sí mi amor; no te preocupes; Ok, Ok, claro que sí mi amor—, dejó caer el auricular con calculada displicencia; definitivamente era su esposa. Después de cinco minutos sonó otra vez el teléfono, con dos ajás y tres buenos, Eduardo se dio por enterado. ―Si aceptas, te tengo un trabajo nuevo, de hecho es un ascenso pero en otro departamento―.
Pepe miraba incrédulo, —ven, le dijo—, llevándolo a una oficina más chica, pero con los mismos terminados de lujo que la de Eduardo.
―Álvaro, te encargo a Pepe, vamos a darle una oportu-nidad como analista senior, por supuesto, hay que capacitarlo, pero creo que servirá―.
Al llegar al ITAM en la tarde, se sentía raro, eran muchas emociones para sólo dos días de trabajo. Se encontró en las escaleras con Carlos, un compañero que había dejado de estudiar en otra universidad, estando en cuarto semestre, para meterse ahí.
―¿Qué tal el trabajo?―.
―Bien— Carlos era unos seis años mayor que Pepe, de ánimo jovial y serio al mismo tiempo.
―¿En dónde trabajas?―.
―En un negocio raro—, dijo después de pensar en lo sucedido en el día.
―¿Has leído a Chesterton?―.
―No, creo que no―.
―Es que tiene un libro que se llama El club de los negocios raros―.
―Debe estar bueno, por lo menos, el título se oye bien―.
―¿Leíste para la clase ?—, dijo Carlos.
―Sí, pero no le entendí nada, si todos los libros van a estar como ese de la Paideia griega, me van a repro-bar―.
―¿Tú lo entendiste?—, continuó Pepe,
―Más o menos―.
―Más o menos—, pensó cuando resultó que el tal Carlos era una eminencia en esos temas, tan impresionado se quedó el profesor con su exposición, que hizo que todos le aplaudieran al final.
Desde esa clase, —Loperena para acá, Loperena para allá—.
En la mañana siguiente, se instaló en su nuevo escritorio. Apenas se había sentado miró esperando que sonara, pero pasó el tiempo y su amiga secreta no le había llamado para felicitarlo..., estaba enojado porque no le había llamado. Por fin, después de veinte minutos, sonó el teléfono.
―¡Felicidades!, no sé a qué santo te encomendaste, pero cuando esté en un apuro igual te voy a preguntar―.
―¿Qué tanto sabes?―.
―Lo suficiente para decirte que el buitre está furioso―. En eso llegó Miguel a felicitarlo; Pepe le dijo a su amiga: —Oye, me hablas luego, que tengo visitas ¿Ok?―.
―Qué bárbaro, qué buena onda, tres semanas y mira dónde andas ya, yo llevo un año y medio y mírame, en el mismo lugar. Solo vine a desearte suerte y ya sabes que puedes contar conmigo en lo que quieras—, dijo zalameramente Miguel. Esteban no le habló, ni lo fue a saludar. Jorge parecía no darse por enterado.
No ganaba más, pero tenía otro puesto, y un ascenso definitivamente más rápido de lo normal.
―Tú no alcanzas el éxito, es el éxito el que te alcanza. Es como el gancho de un pescador, no te puede enganchar si no estas “a tiro”, tienes que estar a una profundidad alcanzable—, le dijo su mamá cuando se lo comentó—. Para las muchachas es como conseguir buen marido, tú eres la que escoges, pero debes de dejarte alcanzar.
Jorge llegó un poco más tarde: —¿qué haces tan temprano?, tú debes entrar por lo menos a las nueve y media, no empieces a poner el desorden, aunque no te culpo; yo era igual que tú, hasta que me di cuenta que está mal visto, ¿ya sabes que no tienes que checar tarjeta verdad?. También puedes hacer llamadas de larga distancia sin problema, ¡ah!, y muy importante, tu baño ya no es el mismo; pídele a Angy tu llave del baño que está subiendo las escaleras, ahora ya le puedes pedir café a la señora y te lo trae a tu escritorio, tienes cuenta para gastos, solo hay que llenar una formita con un renglón y dos números. El sueldo sigue siendo una baba, —se recogió el saco para dejar ver el cinturón con herrajes de plata y sus iniciales grabadas en oro―. Se mandan hacer aquí en la calle de Amberes,
―Cuando quieras te llevo— dijo Jorge al darse cuenta que Pepe observaba su cinturón.