Capítulo 9
…el dinero sirve para muchas cosas, entre otras, para no quedarte sin dinero.
Todavía no había pasado un año cuando ya tenía Jaime casi pagado el camión, además de varios lujos que se había empezado a dar, como comprarse una raqueta Jack Kramer, había cambiado toda su ropa, tenis nuevos, y una televisión para su casa.
—¿Qué vas a hacer ahora que termines de pagarme?—dijo Don Paco.
—Comprar otro camión, ya sé que no me lo van a dar en las mismas condiciones que usted, pero sí espero juntar para el enganche de uno bueno, aunque no sea nuevo—.
—No hagas tonterías, mira, la cosa va a cambiar mucho para ti, primero, vas a necesitar un chofer, segundo, tú ahorita no has tenido gastos fuertes porque el camión estaba muy bueno, y además lo traías tú. Pero si compras un usado, lo más probable es que le salgan muchos detalles y que te la pases en el taller, y lo que vayas sacando no te va a alcanzar para pagar los documentos, aún entre los dos camiones. Mejor saca uno a crédito en la Kenworth o en la Dina, nuevo es nuevo, si quieres yo te doy la firma de aval—.
Jaime sonrió con una mueca de agradecimiento.
Pasó el tiempo, y Jaime ya se desesperaba, puesto que su camión no llegaba. Era un tiempo donde los camiones nuevos estaban escasos, daban preferencia a los que pagaban de contado, y además, a las compras de flotillas.
Jaime iba a visitar a Don Paco periódicamente, le llamaba mucho la atención su casa, con su distribución antigua, un patio al centro, lleno de macetas, muchas de ellas con pedacitos de porcelana y espejos insertados en cemento, otras de barro en las ventanas y colgando, “las plantas son la alegría de las casas”, decía doña Mati, su esposa. El violín era una de las aficiones de Don Paco, es un instrumento con el que se puede disfrutar la melancolía, nunca tocaba enfrente de otras personas, ni siquiera de su esposa.
Cuando se enteró de que Jaime también tocaba el violín tuvo un deja-vú, tal vez eso había sido el detalle que le hiciera ayudar a Jaime con su primer camión. Tal vez también empezaría a jugar golf a los treinta años, como él, tal vez también vendería su compañía y se retirara a vivir tranquilamente al lugar de donde era originaria su esposa.
―Bendita la tierra que recibe en su seno al que de ella nació―, ya que él no soportaba regresar a San Just por los recuerdos que le traía, por lo menos quiso darle ese gusto a Mati. Su único trabajo era encontrar algo que hacer cuando no jugaba golf, el dinero que recibió de la venta le la compañía le alcanzaba para sus hijos, nietos y bisnietos, en caso de que los hubiera tenido. Había puesto una tiendita de abarrotes cerca de su casa, y se había vuelto muy popular, pues le daba fiado a medio barrio, incluso al de la tiendita de la competencia a quien terminó por regalarle la tienda, por considerar que le había hecho competencia desleal, Don Paco no tenía necesidad de ganar dinero, lo cual no pasaba con su competidor, que tenía que sostener cinco hijos. Doña Matilde sabía que era el gusto de Don Paco ayudar de esa forma a la gente, al mismo tiempo que se entretenía trabajando, aunque fuera solo cuatro días a la semana.
Se sentaban a tomar el café en el comedor, para platicar, le gustaba más el comedor que la sala, ahí, con las sillas de madera labrada. El comedor y la sala eran los cuartos con temperatura más agradable, orientados hacia el sur. Don Paco había construido la casa con techos altos, tres metros con cincuenta centímetros, las ventanas de las dos recámaras y el cuarto de servicio daban al oriente.
Muy rara vez comían en restaurantes, los sábados, un tequila de Arandas, en copita coñaquera.
Para acompañar el tequila don Paco trajo unos gajos de naranja partido por mitad con chile piquín espolvoreado.
—Se ve muy sabrosa la naranja—, dijo Jaime.
—Sí, ustedes los mexicanos tienen muy buenas costumbres, lo que pasa es que no las usan—, dijo sonriendo don Paco con tono irónico.
Un buen chicharrón y luego carnitas surtidas con salsa pico de gallo. Tortillas recién echadas, de nixtamal, chiles jalapeños con zanahorias.
Los domingos era paella o tapas surtidas, paninos de jamón serrano o algo más europeo. Un buen vino francés preparaba el terreno para una siesta con la sección dominical del Excélsior.
Lo primero que se veía al entrar a la casa era un patio, sin fuente, al frente el comedor y la sala con muros blancos, con techo inclinado y recubierto de teja roja. El techo tenía cuatro entradas de luz, que forzaban al sol a pasar por estrechas ranuras, tenían su razón de ser. También había otra entrada de luz en el techo, esta en forma de cono, que dejaba pasar solo un rayo de luz al comedor, Don Paco decía enigmáticamente que tenía que ver con la Catedral de Milán. En el comedor había salpicadas incrustaciones de piedras de distintos colores, verdes, amarillas, rojas y azules. “Todas tienen su razón de ser”, decía Don Paco.
—¿Tienen algo que ver con el Zodíaco?—, trató de adivinar Jaime.
Don Paco dirigió la mirada distraída hacia una esquina del techo, como solía hacerlo cuando meditaba algo que iba a decir.
—En cierta forma sí, pero nada de adivinar el futuro, ni tonterías como esas, esto es mucho más exacto―.
—¿Usted no cree en los horóscopos?—, preguntó Jaime.
—Mira, yo soy Piscis y los Piscis no creemos en esas cosas—, dijo divertido mientras levantaba las cejas.
Se quedaron platicando hasta las nueve de la noche.
—Tienes que ir a la Kenworth a ver si ya está tu camión, si no das un poco de lata, nunca te lo van a dar—, le dijo Don Paco a Jaime.
—Por cierto, diles que se los pagas de contado, ya te arreglé un crédito en Banamex—.
—¿En Banamex?—.
—Sí, los de Bancomer son unos desgraciados, por decir lo menos—.
—Nosotros nos vamos a España, tengo muchos años con una curiosidad, y quiero quitármela—.
A Don Paco le habían quedado muchas dudas de la muerte de su mamá y de su hermana, además del destino de todas las propiedades, había varias cosas que quería ver por sí mismo.
Al día siguiente estaba Jaime en la agencia Kenworth, preguntó a la secretaria por el Sr. Martos, quien le salió a recibir después de unos minutos. Se mostraba amable, le pidió que lo acompañara afuera, y en el lote baldío que estaba enfrente, le enseñó un camión con los colores de la línea, solo le faltaban las franjas. Un error, la distancia entre ejes no era la que estaba especificada. El Sr. Martos fingió ignorancia, después de consultar a Don Paco, Jaime aceptó el tractor tal y como estaba. No te dejes llevar por el enojo, analiza las circunstancias, no hay tractores, si ganas la discusión, pierdes el tractor.
Después de entregar el cheque y firmar los documentos recibió la factura firmada por Gustavo Vildosola. Una factura que significaba una experiencia totalmente nueva para Jaime, un camión nuevo era un camión nuevo, de eso no había duda.
El lunes siguiente ya estaba cargando en la planta con su tractor nuevo, quitaba los mosquitos de la malla cuando oyó la voz en tono alto de un tipo con peinado relamido que daba explicaciones a sus dos acompañantes, una de ellas, una muchacha rubia de pelo corto, no muy alta, con tipo distinguido, observaba a Jaime limpiar el trailer.
—A estos “quinwor” les cargan ciento veinte mil toneladas sin ningún problema—, Jaime volteó para ver quién había dicho ese disparate, los camiones cargaban treinta toneladas, ciento veinte ya era casi imposible, pero, —¡ciento veinte mil toneladas!—. La muchacha notó la expresión de Jaime.
—Sus frenos son de aire, el mismo aire lo aprovecha para el aire acondicionado—, Jaime evitó voltear pero recogió el cuello en señal de extrañamiento.
—Y estos no dan kilómetros por litro, sino litros por kilómetro, por cada kilómetro se gastan más de cuatro litros—.
Jaime miró nuevamente de soslayo encontrándose con la mirada de la güerita, hubo una sonrisa de entendimiento.
—Las llantas las inflan con gas para hacerlas más livianas—, en eso estaban cuando la persiana del radiador se cerró automáticamente al bajar la temperatura del agua.
—Tienen fotoceldas que defienden al radiador de los rayos de sol—, dijo.
Jaime no se aguantó y dejó escapar una pequeña risa, que fue notada por los tres; el sabio, al sentirse ofendido prosiguió.
—Y los choferes necesitan estar tronadísimos para poder dar las vueltas—, dijo mientras se disponía a caminar para dirigirse a la oficina, por último dejó caer el comentario:
—Este seguramente no es el chofer, debe ser su achichincle—, dijo en voz más baja, pero suficientemente fuerte para que lo oyera Jaime, quien volteó instintivamente, el tipo ya se había volteado pero encontró nuevamente la mirada de la rubia, quien levantó las cejas como queriendo expresar:
—Qué tipo, ¿eh?―.
Tres horas más tarde, esperaba, ya cargado, al vigilante, que, como no tenía placas el camión, no lo dejaba salir. Llamaba a las oficinas para pedir instrucciones, Jaime esperaba arriba del camión, paciente. El sonido insistente de un claxon rompió la tranquilidad. Era el mismo tipo sabelotodo que estaba ansioso por pasar. Jaime no le hizo caso. El sujeto siguió insistiendo con el claxon. Jaime, al ver que el vigilante hacía un gesto de “ya cállate” se atrevió a preguntarle que quién era ese tipo tan payaso, “es el nuevo gerente de la planta”. A Jaime le dieron ganas de marchar en reversa y estropear el frente de su lindo carro, pero se contuvo pensando en los viajes, que eran livianos y daban una propina al chofer; propina que también le tocaba a él. En ese entonces, era frecuente dar propinas a los operadores debido a la escasez de transporte. Furioso, el engreído salió de su auto y se dirigió a gritarle a Jaime, quedando al lado derecho del camión.
—Quítate de ahí, niño idiota, si no quieres que le hable a tu patrón para que te corra—.
—Estoy esperando que me den la salida, ahorita que me la den me quito—. Al ver la calma de Jaime el tipo perdió el control, y con una llave rayó la pintura de la salpicadera del camión.
Jaime se enfureció, apenas alcanzó a controlarse, cuando se le ocurrió algo: “No sigas el pleito, hay gente enferma, contra esa no puedes competir”, se acordó de lo que le dijo algún día Don Paco. Sin hacer caso del consejo apagó el camión, puso los frenos de estacionamiento, y cerró su camión con llave. El engreído ya estaba de vuelta arriba de su coche, por miedo a que Jaime lo fuera a agredir. No sucedió tal. Le pidió al vigilante su teléfono para hacer una llamada, a lo cual el vigilante se negó, pues no tenía autorización para ello. El engreído empezó a tocar el claxon nuevamente, para pedir el paso. Jaime con toda la calma se acercó a él y le dijo que si le autorizaba hacer una llamada.
—Quita tu camión de aquí, y después hablamos—, le dijo.
—No puedo, el del seguro me dijo que si me ocurría un accidente no podía mover el vehículo hasta que ellos vinieran—, viendo con gusto que a su interlocutor casi se le salían los ojos del coraje. Para entonces ya había una fila de coches esperando la salida, uno de los últimos era un Galaxie blanco impecable, el chofer de este se bajó a preguntar qué estaba pasando, al ser informado, no aguantó hacer una mueca que se parecía mucho a una sonrisa. A los dos minutos salió nuevamente el chofer del Galaxie, esta vez rumbo al Mustang, se devolvió al Galaxie acompañado del gerente, quien platicó con alguien que le abrió la ventanilla de atrás. Después de hacer varios aspavientos, se regresó a su coche. Pasaron otros dos minutos, sonó la extensión del vigilante, el cual, al saber quién hablaba se puso en una postura que denotaba claramente que estaba poniendo el máximo de atención. Parecía como si todos los que estaban en la fila se dieran cuenta de la situación, porque no se oía que alguien reclamara algo, reinando un silencio sepulcral. De la puerta izquierda del Galaxie bajó un señor de aspecto distinguido, un poco pasado de peso, con el pelo completamente blanco e impecablemente peinado, se dirigió hacia el camión, Jaime se bajó para atender, pues parecía que quería hablar con él, pero pasó un poco de largo hasta ver el rayón de la salpicadera.
—Una pregunta, joven, ¿cómo hizo para contenerse y no darle su merecido a este tipo?—, señalando al sorprendido gerente que escuchaba a dos metros de distancia.
Jaime no dijo nada, solo levantó los hombros.
—¿Estaría de acuerdo en que la compañía le pagara el daño, además de las estancias que le implique parar su camión por ese tiempo?—, dijo con aire calmado, como pidiendo de favor al muchacho.
—Sí, claro, aunque me conformo con que me sigan dando carga—.
—Le doy toda la carga que pueda sacar con una condición: que me deje manejar un poco su trailer—.
—Sí, claro—, respondió Jaime, abriéndole la puerta.
—Siempre tuve ganas, pero nunca tuve la oportunidad, ¿es difícil?—, preguntó cálidamente a Jaime.
—No, la verdad no—.
—¿Cómo se mete la reversa?—, dijo en voz baja mientras veía el diagrama, Jaime le notó una mirada divertida, y mientras el señor metía la velocidad, Jaime quitó el freno de estacionamiento y en menos de dos segundos estaba haciendo dos surcos en el cofre del Mustang que estaba atrás, con una sonrisa le dijo a Jaime:
—Es lo malo de no saber manejar cosas de estas—.
—Qué pena, licenciado, espero que esté asegurado su carro—, dijo asomándose por la ventanilla. El engreído no cabía en sí del coraje, pero dijo lambisconamente:
—No se apure, Sr. Swaine, son cosas que pasan, no creo que sea difícil de arreglar—.
—Soberbio con los humildes, humilde con los soberbios—, pensó.
—Mire usted, —continuó,
—Me apena tanto este hecho que no voy a poder mirarlo a la cara cada vez que lo encuentre en la oficina, y como yo no quiero apenarme, le pido a usted que pase mañana por su liquidación—.
El engreído miró incrédulo a Jaime, quien lo único que pudo hacer fue levantar una vez más los hombros. La gente que estaba alrededor no disimulaba su regocijo, se notaba que el licenciado no era muy popular en la compañía. Se dirigió a su coche con las otras personas con quién venía, ya adentro le dijo al que estaba al lado derecho.
—¿Oye, en verdad estoy despedido?—, a lo que le respondió con un gesto afirmativo un poco apesadumbrado.
Jaime siguió su camino, en adelante cada vez que entraba en la planta recibía saludos gratuitos por todas partes. Se quedó sorprendido de los buenos resultados que le había dado el no violentarse a las primeras de cambio.
A los pocos meses se encontró de nuevo con el director de la compañía, el Sr. Swaine, quien se bajó a saludarlo, le dijo de prisa que quería ver a su patrón para propo-nerle un negocio, no le dio tiempo a Jaime de decirle que no tenía patrón, a no ser que fuera el dueño de la línea de permisionarios. Se presentó llegando de regreso de su viaje. Pero le dijeron que no estaba, al otro viaje, lo mismo.
Después de cinco veces, y siguiendo los consejos de Don Paco, pidió una cita a través de su amiga de la Ford, quien hizo las veces de secretaria. Después de varias cancelaciones de última hora, y cuando ya se estaba dando por vencido, asistió a su cita, casi con la seguridad de que le iban a cancelar. Como iba vestido igual que siempre, tuvo problemas hasta para llegar a la oficina del Sr. Swaine, finalmente al llegar a su oficina, su secretaria, una señora mayor de edad, le preguntó con indiferencia que qué se le ofrecía. Un poco de mala gana, avisó y después de una espera innecesaria de tres minutos, le dijo que podía pasar.
Jaime encontró al Sr. Swaine leyendo tranquilamente el Times, frente a una tasa de café, la oficina era espaciosa, con grandes ventanas de piso a techo, que dejaban ver los jardines y los regadores automáticos de pasto; la credenza y el librero mostraban un poco de desorden.
—Siéntate, ¿en qué te puedo ayudar?—.
—Venía porque usted me dijo que quería hablar con mi patrón, pero la verdad es que el camión es mío, por eso estoy aquí, para que no crea que no le hice caso—.
Después de quedarse observando al muchacho le dijo:
—¿Cuántos años tienes?—.
—Voy a cumplir diecinueve—, le dieron ganas de aumentarse la edad.
—El camión, ¿te lo regaló tu padre?—.
—No, lo compré yo a crédito, y este es el segundo que compro—.
—¿Ya tienes dos?, déjame decirte que tienes más capital que casi todos de los que trabajan en esta planta. Mira, el negocio que te propongo es el siguiente: ―continuó―, hemos encontrado que los costos de transporte con nuestros camiones son más altos que lo que pagamos a fleteros; lo cual no es nada raro, ya que nuestro negocio no es el transporte, el único temor es que nos dejen sin servicio; si nos ponemos de acuerdo, te vendo los cuatro camiones que tenemos, tú te comprometes a usarlos para nuestro servicio, y nos vas pagando los camiones poco a poco; te los vendemos baratos, a valor en libros—.
Ese término de valor en libros no lo había escuchado nunca, pero no le hizo perder el entusiasmo para querer decir que sí en ese mismo momento, pero pidió un día de plazo para decidir.
A la semana siguiente, llegó acompañado de Don Paco.
El Sr. Swaine no los recibió, pero su secretaria les dijo que tenía instrucciones de pasarlos con el contralor. Un tipo de mediana estatura, un poco calvo, más barrigón que gordo, con cara de cargo y abono; los recibió en su despacho después de casi una hora de hacerlos esperar, los atendió casi sin voltear a verlos. Al traer los documentos se los dio a Don Paco para que los firmara, quien al no ver su nombre, se los pasó a Jaime, lo que desconcertó al contador, quien dijo que el que tenía que firmar era él, no su hijo.
—El nombre que está en los documentos es el del joven, quien por cierto no es mi hijo—.
Cerrando un poco los ojos con gesto de extrañeza, miró los documentos.
—¿Tiene una identificación, por favor?—, después de examinarla, extendió ocho paquetes de documentos.
—Cuatro trailers y cuatro remolques—, dijo el barrigoncito.
Jaime sonrió al escuchar una vez más el error muy común de decirle trailers a los tractores.
―Aquí están los documentos, los intereses están calculados a una tasa del doce por ciento anual—, dijo finalmente.
—¿Sobre saldos insolutos?—, preguntó Don Paco.
—No, globales―.
—¿No sería mucha molestia ver el precio?—.
Después de ver los precios con gesto inexpresivo de jugador de póker, dijo:
—Está bien —haciendo una mueca de indiferencia.
Jaime firmó todos los documentos, y tras recibir algunos papeles, referentes al pago del impuesto sobre uso de máquinas diesel, cartas facturas, tenencias, y documentos de importación de partes entre otros, salió de ahí un poco preocupado; ya a solas, le dijo a Don Paco:
—¿Que no deberíamos alegar que los intereses fueran sobre saldos, en lugar de globales?, la diferencia es mu-chísima—.
—A caballo dado no se le ve el diente—, dijo Don Paco.
—Te están vendiendo cuatro camiones casi nuevos a sesenta mil pesos cada uno, fiados a cinco años a una tasa normal de interés, no te hagas mucho del rogar, no vaya a ser que por ponerte digno se vaya a caer la operación. Aparte, la operación es en pesos, y acuérdate que por el Kenworth firmaste en dólares—.
Después notaría Jaime la diferencia de este pequeño detalle.
—¿Cuándo nos entregan los camiones?—.
Los camiones, que ya conocía Jaime, pues cargaban juntos, eran menos importantes que los papeles.
—Ahora tu principal problema son los choferes—.
—Averigua todo lo que puedas sobre los que traen ahorita los camiones, para ver a cuáles puedes contratar y a cuáles no—.
—Eso ya lo sé, dos de ellos son unos rateros, andaban ofreciendo turbos robados y llantas sin marcar—.
—Ya ves, portarse mal tiene sus consecuencias, esos nunca van a saber por qué no los contrataste, tal vez le echen la culpa a la mala suerte. Por eso procura no hacer cosas tontas. Nunca sabe uno cuando te cae la piedra que avientas para arriba—.
Esa noche Jaime no pudo dormir; pensaba en todos los papeles que había firmado... tal vez hubiera sido mejor quedarse como estaba, ya era suficiente con deber un camión, pero luego pensaba que le habían vendido cuatro por poco más de lo que costaba uno nuevo. A pesar de que a Don Paco no le gustaba nunca comprar usado, consideró que “no hay que devolver los favores a Dios”. Y aparte, lo hecho, hecho estaba.
Dale gracias a Dios, aquí, entre más viejos, más te conviene, para un trailer dos o tres años de uso no hacen mucha diferencia en uso, en cambio, en precio hacen toda la del mundo, un tractor con cuatro años casi te lo regalan, aprende que en la vida no te puedes basar en reglas fijas, ya ves, quien diría, entre más viejos, mejor; es como en la carretera, aunque vayas en la misma dirección no puedes escoger un solo carril y no salirte nunca de él, o chocas o tienes que ir al paso de los demás, no te salgas de la carretera, fíjate que dentro de la carretera hay carriles, y todavía más, dentro de los carriles te puedes cargar a la izquierda o a la derecha.
—Vas a tener que actuar un poco—, dijo Don Paco a Jaime.
―Eres una persona con buenos sentimientos, y la gente con buenos sentimientos es muy “adivinable”, y la gente tiende a no respetar a las personas que sabe cómo van a responder. Mira, pensar que te van a tratar bien solo porque tú crees que tienes buenos sentimientos es como creer que un toro no te va a embestir solo porque eres vegetariano. Vas a tener que dejar todo lo que te enseñaron de justicia y de dar a cada quien lo que se merece para otra ocasión; ese es un lujo que a tu edad no te puedes dar, te harían pedazos, y en menos de que te lo cuento perderías todo, y los choferes también. Lo primero que van a hacer es pedirte dinero, no vayas a decir que no tienes, porque mostrarías debilidad, respóndeles con algo que se acerque mucho a una respuesta grosera... o simplemente no les contestes, te van a tratar de medir; si notan que tienes sentimientos normales van a perderte el respeto, para ellos eres una persona misteriosa que ha conseguido en tres años lo que ellos no han pensado tener entre todos toda la vida; mantén ese misterio. Te respetarán si no te entienden, si te entienden pasas a ser uno como ellos. Olvídate de hacerte amigo de ellos. No eres su amigo, eres su jefe; tu obligación no consiste en hacerlos tus grandes camaradas, tu obligación es hacer dinero y que ellos ganen dinero. Es muy distinto. Haz tus sobres, aunque sea con cheques, haz tus sobres; presupuesta todo lo que puedas, y prepara un sobre para lo que no puedas presupuestar. Si no haces eso, tarde o temprano, te vas a quedar sin dinero y luego te vas a preguntar: “¿por qué quebré, si sólo gasté en lo necesario?”. Aunque pierdas viajes, no te salgas de tu presupuesto, el ingenio se agudiza cuando tienes la virtud de buscar otra salida. No te esperes a tener necesidad para medirte. Un avaro no es el que no quiere gastar su dinero, un avaro es el que no sabe para que sirve el dinero, y el dinero sirve para muchas cosas, entre otras, muy importante, para no quedarte sin dinero―.
Fue al día siguiente a recoger los camiones, estaban los cuatro formados en el terreno baldío de la planta. Se presentó con el contador para que le entregaran las llaves, su secretaria le dijo que esperara un rato; un rato que se convirtió en cuatro horas... cuando por fin salió, ni siquiera volteó a ver a Jaime, quien se fue detrás de él, casi parándolo a la fuerza.
—Oiga contador, solo quiero saber quién me puede entregar las llaves de los camiones—.
—Hay un error en los números, ven mañana, pero habla por teléfono antes—.
Jaime se quedó frío. Trató de ver al Sr. Swaine, pero le dijeron que estaba fuera del país. Al día siguiente no le recibió el contador la llamada, al otro tampoco, trató de hablar con el Sr. Swaine, pero seguía fuera. Así pasaron tres días. Al cuarto, ya un poco nervioso, fue a la planta a ver qué podía averiguar. No lo dejaron pasar. Iba en camino a la fondita que se encontraba enfrente a la planta, en eso estaba cuando miró extrañado que entraba a la planta el Mustang del engreído, después de lo que había ocurrido era claro que ya no iba a estar más en la compañía, aceleró el paso inconscientemente. En menos de veinte minutos ya estaba enterado de todas las nuevas de la planta. Las mujeres y la comida, juntas, son una fuente inagotable de información y la fondita no era la excepción.
La compañía estaba intervenida por el banco, tenía un embargo precautorio, el engreído estaba a cargo del grupo de contadores que fiscalizaban todas las operacio-nes. A pesar de que tenía los documentos que comprobaban que la operación que había realizado con los camiones era válida, sabía que estando el engreído inmiscuido en esto se le dificultaría mucho sacar los camiones de la planta.
Eran las cinco y quince de la mañana, Jaime, junto con otros tres choferes pasaron escondidos en un trailer, después de que quedara estacionado junto a los cuatro camiones, se bajaron y se dirigieron a encender los trac-tores, Jaime había localizado a los operadores que traían los camiones, los cuales, como ya sabían el movimiento de la planta, pasaban desapercibidos; se dirigieron a cargar, dado que Jaime traía las órdenes de carga ya llenas, nadie puso ninguna objeción a cargar los camiones que tantas veces habían visto, sobre todo cuando eran manejados por los mismos operadores. En todo caso, ellos estaban haciendo su trabajo y tenían orden de carga; era indispensable hacer ese movimiento, pues en vigilancia no los hubieran dejado salir si no estaban cargados.
Ya cerca de las nueve iba saliendo el último camión, cuando el engreído iba llegando a la planta, miró con extrañeza al camión... pero no pensó que fuera posible, todavía con calma, pero ya nervioso, fue al patio, cuando se dio cuenta de que los camiones ya no estaban, se fue furioso a vigilancia, el vigilante le dijo con calma, aunque espantado:
—Yo no vi nada raro—, dijo.
—¡Cómo no, si se estaban robando los camiones! Aquí están los papeles de salida, y todo está en orden—.
El engreído se subió al coche, derrapando llantas se dirigió a las oficinas, comprendía que le habían ganado la partida, y después lo confirmó con el contador.
Estaban nerviosos por todo lo que ocurría; los dos sabían que esa jugada de hablar con un banquero espantadizo, y luego hablar con el socio mayoritario para destituir a la fuerza al director tenía muchos riesgos; sobre todo, porque ya iban varios días y no se veía ningún movimiento por parte del Sr. Swaine.
Estaban los cuatro miembros principales del consejo de administración reunidos en el campo de golf con el Sr. Swaine. Salida del hoyo cuatro, era un par tres; ya para entonces se habían dado cuenta del engaño del que habían sido víctimas. Saliendo del hoyo dos ya estaba aclarado la situación. Si algo no se puede arreglar en una jugada de golf, es que ya no se puede arreglar.
No se volvió a tocar el tema en el resto del juego, ni siquiera en el hoyo 19, fue hasta el día siguiente, en la asamblea extraordinaria de socios cuando, después de media hora, dejaron pasar al engreído, quien se puso muy nervioso al ver que el socio mayoritario platicaba alegremente con el Sr. Swaine; de hecho, a ninguno de los dos pareció importarle el hecho de que entrara, pues lo voltearon a ver solo de reojo. Empezó a hablar el secretario del consejo, saludando primero a los socios, y luego, muy afectuosamente al Sr. Swaine. Después de una breve introducción, comenzó a decir solemnemente el mismo secretario:
—Los motivos por los que, equivocadamente, pedimos al gerente se sustituyera en funciones al director, fueron las siguientes: primero, el banco hizo un embargo precautorio por un crédito del que no se había cubierto ningún pago, ni a capital, ni a intereses, desde hace seis meses. Segundo, el gerente, de acuerdo con el contador, nos mostró elementos suficientes para demostrar que había suficiente dinero para cubrir dicho crédito, tercero, el ge-rente, lo mismo que el contador, alegó que el Sr. Swaine padecía una especie de locura temporal, puesto que había arremetido contra su automóvil sin razón alguna―.
―A lo que tenemos que decir lo siguiente—, continuó el secretario, —primero, el crédito por el cual se hizo el embargo precautorio, se encontraba retrasado a propó-sito, con el fin de que calificara como crédito moroso, circunstancia indispensable para aprovechar un fondo para la agro-industria, que es nuestro caso. El crédito está por cubrirse el día primero del mes que entra, aprovechando los beneficios del plan del fondo, que nos deja un beneficio del 45 % del total del crédito, y que aparte nos condona los intereses moratorios. El segundo elemento, en vez de ser un argumento en contra del Sr. Swaine, es un elemento de descargo, puesto que, lo único que hace es comprobarnos la situación, no solo estable, sino 100 % segura de nuestra liquidez a corto y a largo plazo. La tercera, después de recopilar declaraciones escritas, de las cuales tenemos copias, hacemos constar que la actitud del Lic. Cantú, dio fundadamente pie, no solo a esa, sino a otras sanciones más severas. De todo lo anterior pido una disculpa pública para el Sr. Swaine, y dejo la palabra al Lic. Cantú, como es costumbre de nuestra compañía, para escuchar su versión, en caso de que exista—.
Después de decir una serie de incoherencias Miguel salió de la sala, se votó para restituir al Sr. Swaine, lo cual terminó, no levantando la mano como era usual, sino con aplausos.
Jaime siguió haciendo todos los fletes de la compañía. Según Don Paco se había saltado el paso más duro que era el de los cuatro a los cinco camiones, Jaime a los veinte años ya tenía seis camiones. Para contratar a los cuatro choferes adicionales, no ocupó a los que traían antes los camiones, a pesar de que lo habían ayudado con la maniobra de sacar los camiones a escondidas. Contrató a dos, a los otros dos les pagó sobradamente el viaje que hicieron, pero nada más, siguió así una vez más las palabras de Don Paco: “no des los puestos de acuerdo a los méritos de la persona por alcanzarlo, dalos por la capacidad que tienen para llevarlo a cabo”.
—En todos los negocios y en todas las personas, hay una especie de topes naturales, en el caso de los camiones es el de los cuatro camiones, de que depende, no lo sé, para qué te digo mentiras, pero de que los hay, los hay... de que vuelan, vuelan—, decía sonriendo.
|